Lleida.
El asunto que más tensión política ha generado estos días lo despachó el presidente del Gobierno con dos frases, exactamente dos, justo al comienzo de su intervención; y los presentes, que eran militantes en su inmensa mayoría y también simpatizantes, aplaudieron muy conformes. No consideró oportuno el presidente extenderse en explicarles, ya que estaba allí y los tenía delante, por qué razón había roto sus compromisos públicos, por qué estaba dispuesto a saltarse la legalidad y por qué estaba permitiendo que los proetarras adviertan ahora a los estupefactos ciudadanos que cuidadito con lo que se hace.
El caso es que el público tampoco le pedía más, porque había conformidad en la sala, pero pasión ninguna. La gente escuchaba, aplaudía con moderación y, a la señal convenida, agitaba durante el tiempo indicado sus banderas. Muchas banderas, eso sí. Las había rojas con las siglas del PSC; otras con el SI; las había con las barras catalanas; y había incluso una de la Segunda República. La otra, la bandera española, no estaba. Nunca está, en realidad.Se lamentan los políticos de que la ultraderecha está patrimonializando otra vez nuestra bandera hasta llegar a desacreditarla. De las direcciones de los partidos es la responsabilidad, porque no llevan a sus intervenciones públicas ni una sola enseña nacional, no vaya a ser que les afeen la conducta los demócratas que ya no se reconocen en la bandera que la Constitución describe como la de todos los españoles.
Y aunque entusiasmo tampoco hubo en el mitin de ayer, sí hubo algo más de calor que el percibido en los primeros actos de esta campaña. Pero, con ese poco de calor moral y ese muchísimo de calor físico, era imposible ocultar que las muy reducidas dimensiones del aforo habían sido elegidas expresamente porque los organizadores no tenían la menor seguridad de que un recinto mayor fuera a llenarse. Y eso que Zapatero es aquí, como sostiene un directivo del PSC, el verdadero candidato socialista a la Presidencia de la Generalitat.
Pues ni con eso. El presidente hizo un leve repaso a las bondades del Estatuto eligiendo los elementos que nadie discutiría e ignorando los que están siendo objeto de seria confrontación por parte del PP, partido al que atacó directamente como generador de crispaciones y enemigo «de todas las lenguas, de todas las identidades». Pero hubo una novedad: aunque el líder socialista lanzó al partido de Rajoy todos los disparos, aunque volvió a acusarle de anticatalanismo y aunque regresó, una vez más, a los años 70 para identificar al PP con Alianza Popular, como si UCD nunca hubiera existido ni hubiera nutrido las filas populares, el mensaje contra el PP se había caído de los carteles. El PSC ya sólo defiende el sí porque «gana Cataluña».
Hizo referencias incluso afectuosas a ERC, por cuyo no pasó de puntillas. La explicación es sencilla: ni él mismo sabe qué va a hacer Maragall después del referéndum, pero sí sabe que los capitanes del PSC van a defender la Presidencia y el propio Gobierno con uñas y dientes a poco que las elecciones se lo permitan.Y nadie puede decir que ERC no va a volver a pisar las alfombras del Palau de la mano de un Maragall reelegido.
Su salida fue todo menos apoteósica. Los pájaros se caían del calor y la ciudad estaba desierta. No había un alma.
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