Hace unos días, se materializó en la pantalla de mi televisor el presidente del Parlament, Ernest Benach, y le oí un comentario acerca de los enemigos de Catalunya. Como la cosa parecía ser una rueda de prensa, esperé unos segundos a ver si alguien le preguntaba quienes eran los enemigos de Catalunya, pero viendo que nadie decía nada deduje que ese concepto debía estar asumido por la sociedad desde hacía tiempo sin que yo me hubiera enterado. Será como lo del Estado español, me dije, que a fuerza de oírlo ya no nos sorprende ver los partes meteorológicos de TV-3 y enterarnos de que ha llovido sobre una figura jurídica.
Unos días después, José Montilla decía en el mitin de inicio de la campaña del referendo del Estatut que el PP era enemigo de Catalunya, ajustándose al guión marcado para la publicidad del PSC. Todo parecía indicar que ERC, PSC y el país en su conjunto había asumido que Catalunya tiene enemigos y que casi todos ellos militan en el PP. O sea, que los catalanes ya teníamos un enemigo común al que detestar porque siempre nos desea lo peor. Más o menos, la variante catalana de los famosos enemigos de España de los que hablaba Franco en sus delirantes discursos. La única diferencia que veo es que mientras todo el mundo se reía, y con razón, de lo de los enemigos de España, nadie suelta la carcajada cuando se habla de los enemigos de Catalunya. Aunque ni unos ni otros existen. Los enemigos de España de los que hablaba el Caudillo lo eran, en realidad, de su asqueroso régimen. Y a este paso, va a ser tildado de enemigo de Catalunya cualquiera que no se adhiera a la búlgara a todas las ideas, propuestas y chaladuras de los partidos locales.
¿Es el PP un enemigo de Catalunya? Para mí el PP solo es un partido de derechas, reaccionario y trufado de energúmenos, al que no he votado jamás. Su idea regionalista de Catalunya, heredera de aquella unidad en la diversidad de la que hablaba Franco, es una más de las que se pueden tener sobre el país, tan respetable como las de ERC (¡independencia ya!), CiU (autonomía en constante expansión, pero sin llegar a la autodeterminación porque con las cosas de comer no se juega) o PSC (ni se sabe, aunque igual tiene algo que ver con la brillante teoría de la interdependencia del inefable Rubert de Ventós). En todo caso, el PP no puede ser enemigo de Catalunya porque ni Catalunya ni ningún país tienen enemigos: son las ideas y las personas las que los soportan. Y el hecho de que a alguien le caigan mal los catalanes o los franceses solo es una muestra de cerrilismo achacable al cerebro averiado de quien alberga ese sentimiento.
Otra cosa es que a nuestros políticos les convenga la siempre útil figura del enemigo común al que echarle la culpa de todo lo que nos pasa. A Franco le fue muy bien con ese contubernio judeo-masónico que se sacó de la manga y que tanta risa nos daba a todos. Tampoco le fueron mal las cosas a Pujol con la ciudad de Madrid, donde, según él, se originaban todos los ataques contra su persona (ataques que él, de manera admirable, convertía ipso facto en agresiones a Catalunya). Como lo de los judíos y los masones suena rancio y en Madrid vive su (supuesto) jefe, Maragall ha optado por demonizar al PP.
Así hemos llegado a esa situación en la que un político habla de los enemigos de Catalunya y todo el mundo asiente en silencio como si creyera en su existencia. Todo el mundo menos aquéllos a los que nos da la risa porque aún nos acordamos de las tonterías que decía Franco.

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