Los tebeos pueden servir para muchas cosas: entre otras, para moldear el carácter y formarse una visión del mundo capaz de prescindir de lo superfluo para ahondar en la médula misma de la realidad. Quien haya leído en su infancia tebeos de Bruguera está, lo quiera o no, destinado a contemplar la vida con lo que un racionalista llamaría «distorsión astracanesca», pero que quizás convendría mejor denominar «precisión brugueriana». Para ese lector -que, muy probablemente, siga leyendo tebeos en su vida adulta- es inevitable ver a un Superlópez debajo de cada superhéroe unidimensional que se presente ante sus ojos, entender la infancia como el equilibrio entre el yin Zipi y el yan Zape o asumir que el CESID no son más que las siglas en clave de la TIA. La Escuela Bruguera ha alimentado una mirada descreída y antiépica capaz de ver con total precisión las fracturas que se esconden bajo las fachadas de grandilocuencia, ternura o eficacia de nuestra realidad.
Era inevitable que el Universo Bruguera acabase intoxicando de manera muy saludable la blogosfera: desde hace unos meses, un par de bruguerófilos irredentos que responden por el nombre de guerra de Los Burgomaestres -Javier Pérez AndUjar y Juan Carlos Alquezar- alimentan el blog Lady Filstrup, subtitulado «Un homenaje a Bruguera», demostrando que las más viejas viñetas de la factoría son un faro preciso para iluminar el presente.
Bruguera fue visionaria. Por poner un ejemplo, en una historieta de Zipi y Zape del 49 se profetizaba la gripe aviar. En otras entradas, Lady Filstrup alude al escándalo del Fórum Filatélico exculpando a un catedrático en Filatelia y Colombofilia tan irreprochable -y libre de toda sospecha de corruptela- como don Pantuflo Zapatilla, padre de Zipi y Zape. Y el día de San Rigoberto se apunta como una ocasión oportuna para reivindicar, cómo no, a don Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte. Los Burgomaestres analizan en su página virtual personajes de la factoría que han sido relegados al olvido por la caótica política de reediciones de ese fondo inagotable: el Agamenón de Nené Estivill, el Morfeo Pérez de Conti, el Don Tary de Pineda Bono o el Trufo Pitorrete de Cifré, entre muchos otros.
«Bruguera es, de por sí, un universo inabarcable», apunta Pérez Andújar, «y con nuestro blog queremos devolver a los autores de esos tebeos todo el placer que nos dieron. En el fondo, hemos encontrado un pretexto para seguir comprando tebeos». Fanáticos del Pulgarcito de los años 40, los Burgomaestres realizan una inapreciable labor de arqueología pop, reivindicando unos años «en que los tebeos no eran autoreferenciales, sino que aludían a lo que pasaba en la vida y, por tanto, vibraban».
En otro país -Francia, sin ir más lejos- el legado Bruguera sería objeto de cuidadosas ediciones críticas y figuraría en todas las bibliotecas públicas y privadas que quisiesen presumir de buena memoria histórica. Para los Burgomaestres, la primera escuela Bruguera, que hoy permanece olvidada -la de los Cifré, Peñarroya, Jorge y el primer Vázquez- «se atrevió a hacer cosas que nadie ha vuelto a hacer». Mortadelo y Filemón, Superlópez y Zipi y Zape sobrevivieron al envite de las modas y siguen siendo nuestros contemporáneos, pero son sólo la punta de un iceberg que, sin duda, alguien debería sacar a la luz para revelar lo que, aquí y ahora, nos estamos perdiendo. Todos somos hijos de la Escuela Bruguera, esa factoría de artesanos que creó un ingente arsenal de arquetipos de perpetua vigencia.
© Mundinteractivos, S.A.

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