Hace unos años, cuando publicaba mis crónicas dominicales en la edición catalana de El País, escribí una que empezaba así: "Soy fetichista. Lo mío son las bragas". Aquella crónica, que indignó a más de una de mis compañeras de redacción - y alegró a más de uno de mis compañeros de redacción-, era una crónica sobre la mercería que la señora María Rodó Oller tenía, y sigue teniendo, a dos pasos de mi domicilio. En aquella crónica contaba que la devoción que siento por las bragas femeninas es algo que me venía de crío. Tendría poco más de cinco años cuando llegó al piso de mis padres una criada, Benita - era de un pueblo de la provincia de Burgos y tenía unas piernas preciosas-, a la cual solía acompañar a la mercería que había entonces en la plaza de la Bonanova - a cal jeperut:el dueño era jorobado- a comprar sus braguitas, como así las llamaba. Benita, 18 años, morena, ojazos verdes, me mostró como estaban hechas las mujeres, me dejó jugar inocentemente con sus pechos y besarle el culo. Y en más de una ocasión me puse sus braguitas por sombrero. Aquel pedazo de algodón sin otro encanto que lo que ocultaba fue mi primer Borsalino.
Dicho esto, ya se pueden imaginar ustedes, mis queridos lectores y lectoras, la impresión que me produjo ver en una vitrina del Palau Robert, el pasado miércoles, unas calcetes de seda, de color présec,amb unes floretes;unas calcetes que pertenecieron, sin ningún lugar a dudas a Marilyn, a Marilyn Monroe. Hubiese querido tocarlas, besarlas, pero como ya se pueden ustedes imaginar, me lo impidió el cristal que protegía aquel pequeño tesoro de la codicia de los fetichistas como yo.
Esas calcetes color melocotón - de cuando los melocotones eran melocotones, olían y sabían a melocotones, a melocotones de viña-, forman parte, junto a un largo centenar de objetos más, de la exposición Una estrella sense Olimp que se exhibe, hasta el próximo 3 de septiembre, en el Palau Robert. El material expuesto pertenece a la colección Maite Minguez Ricart, considerada por los especialistas como la colección más importante del mundo en lo referente a la vida de Marilyn. En el catálogo de la exposición leo que la señora Maite Minguez Ricart solía frecuentar los domingos el Mercat de Sant Antoni donde compraba e intercambiaba cromos y fotografías de películas y de artistas cinematográficos. Allí conoció a su marido, Lluís de Val, propietario de la productora y distribuidora Manga Films, y juntos iniciaron esa sorprendente colección sobre el mundo de Marilyn, recorriendo el planeta a la caza de los objetos más representativos de las diferentes etapas de su vida y de aquellos que reflejasen de forma más fiel las facetas de su personalidad.
La exposición es una maravilla - desde su primera fotografía de bebé hasta el cenicero, un cisne, donde depositó las pastillas que le ocasionaron la muerte, pasando por las medias de rejilla que lució en Bus stop y su agenda personal con el teléfono privado de Frank Sinatra, anotado por la propia Marilyn-, y por sí sola merecería que nuestras fuerzas políticas se dignasen conceder la Creu de Sant Jordi a ese matrimonio de cinéfilos por su iniciativa personal y privada (las mejores colecciones son fruto de la pasión y de la iniciativa privadas), y para expresar el contento, la alegría de los miles de fetichistas y amantes de Marilyn que vamos a disfrutar con esa exposición. Sólo le pondré un reparo. Que los organizadores de la misma no hayan colocado una fotografía de Marilyn en la fachada o en la puerta del Palau Robert.
Dada la situación del Palau Robert, en el paseo de Gràcia esquina avenida Diagonal, una foto espectacular, como todas las suyas, a buen seguro que atraería un gran público (aunque, a decir verdad, el pasado miércoles las salas de la exposición estaban llenas de gente, incluidos no pocos turistas). La exposición coincide, me dicen, con el ochenta aniversario del nacimiento de Marilyn, en 1926. La verdad, se me hace muy difícil imaginarme a una Marilyn octogenaria, cenando en Il Giardinetto, en la mesa del señor Oriol Bohigas, otro espléndido octogenario. Para mí, y para millones de cinéfilos y fetichistas como yo, Marilyn tiene la edad de sus películas, como Anna-Maria Pierangeli, que fue mi primer amor, mi primera novia cinematográfica, tendrá siempre los diecisiete años que tenía en Domani è troppo tardi,la película, de 1949, en la que me enamoré de ella.
Por esa misma razón, me parece de perlas que la exposición finalice con una vitrina en la que, junto a los titulares y crónicas periodísticas que daban cuenta de su trágica muerte, en el mes de agosto de 1962, se haya colocado un ejemplar de El día que va morir Marilyn,la celebérrima novela de Terenci Moix. En aquella novela, de 1969, que yo debía presentar en La Cucafera (ya no existe) ante la crema y nata de la intelectualidad local, y que no presenté porque aquel día hubo una huelga en Edicions 62; en aquella novela, que puede leerse como un manifiesto generacional de los que tenían veinte años cuando murió Marilyn, Terenci convertía a la actriz, la actriz de Niagara,en un icono carnal, explosivo, y a la vez sumamente frágil, de las ansias de libertad y de placer de una generación que había crecido bajo la tutela de las víctimas o no del franquismo, bajo la tutela de una sociedad dominada por el miedo y el fracaso, a la que, por aquel mismo tiempo, yo califiqué como la del flit,el cilicio y la alabarda. Para aquella generación, el día que murió Marilyn - precioso título- era el fin de la adolescencia.
Coincidiendo con la exposición, el viernes pasaron por La Cuatro Con faldas y a lo loco (Some like it hot),el filme de Billy Wilder con Jack Lemmon, Tony Curtis y Marilyn Monroe en el papel de Sugar Kane. Una película que vi, como siempre la suelo ver, con sumo placer, y que me recordó la frase de Wilder para resumir los quebraderos de cabeza que le había ocasionado la actriz durante el rodaje "Dado que soy el único director que ha rodado dos películas con ella, dijo Wilder, el gremio de directores debería concederme un Corazón Púrpura".
La otra película a la que se refiere Wilder es La tentación vive arriba (The seven year itch,1955), en la que se muestra uno de los planos más famosos de la historia del cine. Me refiero a la escena nocturna en una rejilla del metro cerca de la esquina de Lexington Avenue con la calle Cincuenta y uno. "Había más de cinco mil personas esperando ver las piernas de Marilyn", afirmó Wilder, "y bajo la rejilla, los eléctricos que manejaban el ventilador se dejaban sobornar con jarras de vino que les ofrecían algunos memos que querían ver a Marilyn desde abajo". El plano que quería Wilder era uno de Marilyn de pie sobre la rejilla del metro dejando que el aire subiera su falda y le refrescase las piernas (se rodó en verano). Hicieron falta quince tomas antes de que Wilder se mostrase satisfecho. "¡Más alto, más alto!", gritaba la multitud. Y así es como todos, un buen día, le vimos las piernas - y las bragas- a Marilyn Monroe. El vestido que lucía Marilyn cuando se rodó, un vestido de verano de color crudo, sin mangas, con la espalda descubierta, el vestido que diseñó para ella William Travilla, el responsable del vestuario de la Fox, se encuentra entre las piezas que se exhiben en el Palau Robert, junto a la invitación para asistir a la fiesta del presidente Kennedy en el Madison Square Garden, la noche del 19 de mayo de 1962, aquella noche en que Marilyn cantó el "Happy Birthday, mister President..." a uno de sus amantes. Yo sólo he conocido a uno de ellos: A Yves Montand. Lo conocí en Valencia, durante un almuerzo en el que compartimos mesa con el cantante y actor francés Muñoz Suay, Berlanga, Semprún, Juan Marsé y un servidor. Después de estrecharle la mano a Yves Montand, mi amigo Marsé me confesó que estaba la mar de impresionado. "¿Porque has estrechado la mano del hombre que cantó Le chant des partisans?",le dije. "No, porque he estrechado la mano que acarició el culo de Marilyn", me dijo Marsé. La frase no es, ya lo sé, políticamente correcta, y más de uno la encontrará incluso grosera. Pero no hay que olvidar el mundo del que veníamos, los cines de barrio en los que nos educamos, o nos maleducamos, según algunos. No hay que olvidar que el día en que murió Marilyn todos teníamos veinte o veintitantos años.

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