Lo que nunca cambia es el ánimo de lucro. El dinero parece ser un bien eterno y esencial
Tiempo de pocos secretos y, sin embargo, cada vez más conmovedoramente proclive a la indagación de insospechados misterios. Así es nuestra época. Al menos de esta forma la percibe la imaginación popular, consciente de que todo se sabe menos las huellas de un pequeño dios esencial cuyos pasos no ve aunque intuye su rastro.
La tecnología es implacable con la privacidad de las personas, apenas deja resquicios en los que pueda refugiarse su intimidad. Hablamos al cielo con una provocadora interjección -¡oh cielos, dadnos un castillo de oscuro vidrio donde guarecernos y no una precaria casa de cristal!- y sólo oímos el eco de nuestras palabras. Desnudos en la sociedad de la información, vulnerables a las miradas extrañas, a los ladrones electrónicos, al banco, la Policía o el inspector de Hacienda, nuestra piel ya no transmite sudor (o fervor) sino imperceptibles vaharadas de angustia. Demasiada adrenalina. Como para calmarla ya no contamos con las pócimas tradicionales -la religión o la ciencia que aspira al progreso continuo- ni con los taumaturgos apropiados que nos descubran lo oculto -unos sacerdotes que han perdido los carismas, unos científicos que ya no son taciturnos y renuentes a la fama, unos socialistas que no son hijos de Pablo Iglesias, o los eficaces narradores de cuentos de terror que hace mucho tiempo se fueron de este mundo-, nos abrazamos a cualquier historieta sobre los templarios, a las películas de cine negro o a novelillas de intriga como El Código Da Vinci. Aunque otros, es cierto, prefieren leer a Carlos Rodríguez Braun.
La inversión radical de esta perspectiva ontológica -el viaje del secreto hacia el ansiado misterio- no podía ser neutra tampoco al proyectarse en la pantalla de las imágenes éticas. Lo que era bueno ya no lo es, y también ocurre lo mismo al revés: los malvados históricos hallan ahora reivindicación y consuelo. Todo anda manga por hombro. Pero los humanos seguimos siendo los mismos gracias a nuestro eterno principio de conservación y sustento.Lo que nunca cambia es el ánimo de lucro. Menos mal, porque necesitamos una seña de identidad y ¿qué mejor seña de identidad, inmutable y permanente, que la identidad que nos presta el dinero? Bendito dinero.
La revista National Geographic quiere hacer caja con la publicación del Evangelio de Judas. Perfecto: nada se ajusta mejor al orden del día que un relato gnóstico de la vida de Jesús, un texto que cuando se escribió no pudo entrar en el canon y, precisamente por eso, constituye ahora el emblema ideal de convención religiosa.National Geographic se va a forrar, pero al lector creo que le van a dar más raciones de angustia. Caminemos paso por paso.
El Evangelio de Judas nos presenta al Iscariote como víctima de una sublime conspiración. Jesús pacta con el Padre las circunstancias de su entrega y muerte por Roma, espoleada por el aguijón que le clava la Sinagoga movida por su odio a Jesús, mientras éste reserva a Judas, pérfido judío al fin y al cabo, el poco honorable papel de marioneta que no ve los hilos que le llevan a su destrucción.La versión gnóstica despoja a Judas de su túnica de traidor voluntario, mientras su epopeya se disuelve entre acusaciones de ser un trilero de poca monta.
Juan (13, 26) ya nos había anunciado las enigmáticas intenciones de Jesús: «Y mojando un bocado, lo tomó y se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Después del bocado, en el mismo instante, entró en él Satanás. Jesús le dijo: lo que has de hacer, hazlo pronto. Ninguno de los que estaban a la mesa conoció a qué propósito decía aquello». Hasta aquí todo parodia a la actualidad: el bueno es un poco siniestro, y el malo un pardillo solemne. No obstante, los textos desmienten nuestra confianza en el dinero. Sabemos que Judas, antes de ahorcarse, tuvo el detalle de devolver a la Sinagoga los 30 denarios de plata. Pero también llevaba la bolsa apostólica. Ni los sinópticos, ni el Evangelio de Juan, ni ahora el de Judas, vuelven a mencionar la bolsa común de los hermanos en la fe. Y éste es precisamente el verdadero problema: ¿cómo podemos tener fe en alguien, incluso en un traidor, sin contar el dinero que nos cuesta?
Félix Bornstein es abogado.
© Mundinteractivos, S.A.

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