Génova ha decidido otorgar a Ovidio Sánchez una nueva oportunidad, aunque el entusiasmo no sea de los de a la tercera va la vencida. La tramoya asturiana, no es ningún misterio, ofrece un panorama de reconstrucción compleja en el partido de la gaviota. Abiertamente denostado por los críticos que lidera Juan Morales -el novio de la boda a la que no pudo asistir Sánchez por tener casualmente otra el mismo día--, y sibilinamente criticado por el alcalde más votado de Asturias, quien lanzó a un extraño salto circense a Jaime Reinares en uno de los curiosos sanedrines que celebra el PP para plantear sus listas que, al final, plantean sus deseos más íntimos, la candidatura popular vuelve a salir mal parada en las apuestas si uno no es jugador.

El PP asturiano empieza a estar acostumbrado al rol de perdedor. Tal vez mejor expresado, con más educación, al de eterno aspirante. Un hombre de la capacidad -quizás por la experiencia- de Isidro Fernández Rozada conoce bien lo de tropezar en la misma piedra. Es de muchos conocido que un ganador nato -cuando menos en los últimos lustros-- como Gabino de Lorenzo suele sacar el ábaco cuando se acercan las autonómicas. Nunca le salen las cuentas porque Gijón, por donde seguramente aún pulula con peso el fantasma de Alvarez Cascos, todavía tiene fuerza y porque las agrupaciones locales poseen una disciplina de voto selvática, quizás por la juventud de la formación, si se compara, por ejemplo, con la del PSOE. Asturias ha sido socialista desde la noche de los tiempos y, por supuesto, desde el retorno a la democracia y tras el gobierno de concentración de Rafael Fernández, el último atisbo de consenso químicamente puro conocido en el Principado. Sólo las malas compañías de Felipe González, la cal viva y el desliz doméstico del denominado petromocho dieron la posibilidad a Cascos de llevar en volandas, con un puerta a puerta tan impecable como agotador, a Sergio Marqués a la presidencia. Histórico hito, sin duda. Tan histórico como efímero. La célebre predilección de Cascos por el partido en detrimento del gobierno devolvió al PP a su condición habitual en Asturias: un puzzle. Marqués se inventó un faro regionalista que apenas alumbró una legislatura a su particular santa compaña, que regresó paulatinamente a las faldas de Cascos, y que ahora ha pactado con el nacionalismo tradicional de Sánchez Vicente que posee más sinceridad que posibilidades.

La experiencia del pacto de izquierdas puede calificarse de positiva a un año de su eventual finalización. Sin duda ha aportado más luces que sombras, las diferencias han surgido en torno a temas que pueden calificarse de nimios, o mejor, de escaso peso específico, mientras el logro más fundamental ha sido precisamente la inexistencia de ruidos estridentes. Hay razones para pensar que puede reeditarse en una mesa coherente, sin exigencias insalvables. También en contra del dudoso entusiasmo popular juega, evidentemente, el cambio de marchas que ha propiciado la victoria de Zapatero en beneficio de la gestión de Alvarez Areces. Frente a la pueril crítica de que no hay ministros asturianos, el presidente de la comunidad ha procurado que pase por Asturias el gabinete Zapatero al completo, dejando un reguero de promesas y respaldos que para sí quisieran, como bagaje político, muchos candidatos.

A DE LORENZO no le causa mayor preocupación la candidatura de Sánchez, a quien por supuesto se ha apresurado a respaldar: "Es mi candidato", como quien dice lo contrario. La maledicencia apunta a que el alcalde de Oviedo, como siempre, llamó a consulta a sus colegas en la sotrabia del palacio municipal. Y, como siempre, no le salieron las cuentas, así que llamó a sus arietes y puso a Reinares en una posición que conoce de sobra el fiel escudero del burgomaestre. La jugada, más de tute que de póker, de Ovidio Sánchez siguió el patrón habitual de sus maestros: tres conversaciones de aquí te doy lo que de allí quito y avanti popolo.
Hasta consiguió que el ínclito Zaplana le apoyara en una visita a Asturias cuyo motivo ya nadie recuerda, por lo menos quien suscribe y un par de colegas que tengo al lado. La sal gorda de José Blanco felicitándose porque el PP insista en Sánchez como candidato no está, desgraciadamente para los hombres de Manuel Pedregal, muy descaminada. La oposición desarrollada por el presidente popular en Asturias en esta legislatura sólo presenta pundonor y trabajo en su haber, cosas ambas dignas de admiración pero de escasa rentabilidad política a la vista de los frutos conseguidos que, ojo, saldrán a la luz precisamente el próximo mes de mayo, aproximadamente, con el recuento de los votos. De cualquier modo, no hay que apelar a Sibila para poner la cruz en la casilla de una quiniela que, si no se empeñan las circunstancias, los gafes o una impensable metedura de pata de última hora, va a tener pocos millonarios. Pese a las dificultades y pese a la realidad de habitar una Europa que cada vez tiene más bocas que alimentar con las consiguientes consecuencias para las ventajas asturianas, en este caso desventajas, el camino hacia la convergencia necesaria se ha comenzado a recorrer y, paulatinamente, se aprecian los resultados. Las urgencias son malas consejeras, y el discurso popular de los últimos años ha estado presidido por las prisas y la descalificación gratuita. El esplín de Cascos, todavía colgado en la pared de las nostalgias, aún pasará factura entre las desordenadas filas populares, carentes de un líder sólido que agrupe los deseos de la militancia. Al fondo, muy al fondo, se aprecia la estrechez de miras que imprime el localismo mal entendido.

Luis Mugueta. Director de LA VOZ DE ASTURIAS.