No existen mecanismos administrativos o cambiarios que impidan la volatilidad de los capitales. Los países deben implementar políticas internas anticíclicas para atenuar el impacto. Noruega y Chile son buenos ejemplos.

La caída de los precios de las acciones y bonos en numerosos países durante las últimas dos semanas no solo provocó pérdidas a inversores sino que también acentuó los temores de que la bonanza económica que benefició al mundo durante los últimos cuatro años se atenúe o se revierta. Este temor se origina en el debilitamiento de la expansión económica en los EE.UU. y el incremento en la tasa de inflación mundial. Los analistas debaten acerca de si la economía de los EE.UU. está ingresando en un período de stagflation (estancamiento con inflación) o si los recientes indicadores sólo reflejan la demora que siempre existe entre la implementación de medidas monetarias restrictivas y la disminución en los índices de precios.

La respuesta a este interrogante no es clara y la información disponible es aún confusa. En su último comunicado, la Comisión Federal de Mercados Abiertos (FOMC) de la Reserva Federal de los EE.UU. advirtió a los inversores que su política en materia de tasas de interés estará determinada por la información disponible en el futuro, y que si la información era buena podría detener (¿temporalmente?) el incremento de las tasas de interés. El optimismo que acompañó a este comunicado mostró que los inversores confiaban en el éxito de la política antiinflacionaria. Eventos posteriores revirtieron este optimismo y los mercados reaccionaron negativamente.

La incertidumbre continúa y sus efectos sobre la economía son importantes. Ante la incertidumbre los mercados optaron por disminuir sus riesgos. Programas automatizados de disminución de riesgos acentuaron las ventas y las caídas de los precios, ya que, en el caso que los indicadores muestren una mayor inflación, la Reserva Federal se vería obligada a optar entre impulsar el crecimiento o combatir la inflación. Ambas alternativas son negativas para los mercados en el corto plazo.

Las caídas en los mercados fueron particularmente importantes en los países emergentes, especialmente en Brasil y Turquía, y llegó también a la Argentina.

Los ciclos económicos de los países emergentes generalmente amplifican los de los países desarrollados. En ciclos de bonanza las tasas de expansión de las economías emergentes son mucho más elevadas que las de los países desarrollados, al mismo tiempo que las caídas son también mayores en períodos recesivos. Durante las últimas décadas, las economías del conjunto de los países desarrollados no han experimentado ningún año de caída de producción, por lo que la palabra "recesión" es interpretada como una disminución de la tasa de crecimiento. Por el contrario, en los países emergentes el concepto de recesión está asociado al de disminución de los niveles de producción, de ingresos y de empleo.

La amplificación de los ciclos económicos en los países emergentes se debe a su mayor dependencia de la evolución de los precios de las materias primas y de los movimientos de capitales. Las variaciones bruscas en los movimientos internacionales de capitales constituyen el principal factor explicativo de los ciclos de corto plazo y de la mayoría de las crisis (y de las burbujas) económicas en la casi totalidad de los países. Un dólar de ingreso de capitales incrementa la capacidad de gasto dentro del país que lo recibe, lo que se reflejará en incrementos en la demanda de la casi totalidad de los bienes y servicios, lo que eleva la producción y los precios de algunos bienes y deteriora las cuentas externas. Los efectos de este "círculo virtuoso" no se detienen allí.

Al mejorar el ingreso nacional se incrementa la recaudación de impuestos y mejoran las cuentas fiscales, lo que favorece mayores ingresos de capitales. La mayor demanda permite un uso más intenso de la capacidad instalada, lo que mejora la productividad de los factores de producción y los beneficios empresariales y crece la tasa de inversión. Esta descripción coincide plenamente con los eventos de los últimos tres años en la mayoría de los países emergentes.

Un cambio de expectativas que genere liquidación de posiciones y salidas de capitales podría reflejarse en un ciclo económico exactamente opuesto al descrito. De allí el temor de los inversores.

La volatilidad de los capitales es una realidad con la que debemos convivir. No existen mecanismos administrativos o cambiarios que la impidan. Los países deben implementar políticas internas anticíclicas para atenuar sus impactos.

Noruega y Chile evaluaron correctamente esta volatilidad e implementaron medidas para confrontarla. Noruega fue favorecida por los elevados precios del petróleo y decidió acumular el equivalente a 3,5% del PIB por año en un fondo anticíclico (en el exterior) destinado a cubrir los gastos futuros de su sistema de seguridad social. Chile fue favorecido por el aumento en el precio del cobre y decidió limitar su tasa de crecimiento económico al 6% por año (consistente con el crecimiento de su capacidad productiva), destinando el equivalente a 2,5% del PIB de sus mayores ingresos por la venta de cobre a la cancelación de deuda pública. Nuestro país debe copiar estos ejemplos. La incipiente formación de un fondo fiscal anticíclico es una buena noticia. Es necesario fomentar la inversión (para incrementar la capacidad productiva) y contener el crecimiento de la demanda a niveles compatibles con dicho crecimiento de la capacidad productiva.