El próximo año se cumple el centenario de la concesión del premio Nobel de Literatura al escritor británico Rudyard Kipling. Nacido en la populosa ciudad de Bombay, en la multicultural India, y educado en la metrópoli, Kipling fue el primer inglés que obtuvo tan preciado galardón. Una de sus obras más conocidas, «El libro de la selva» -en España y en Latinoamérica, «El libro de las tierras vírgenes»-, popularizada por Walt Disney en una deliciosa cinta de dibujos animados, inspiró a sir Robert Baden-Powell el diseño del método de aprendizaje de los más jóvenes integrantes de la organización universal de los boy-scouts, creada por él en 1908.
Como quizá el lector recuerde, esta narración se refiere a un tema muy popular en la India, el mito de los niños lobo -bebés perdidos en la jungla que son recogidos y educados en el seno de una manada de lobos-, y en el libro aparecen todo un conjunto de animales que son descritos con virtudes y vicios humanos y que son fundamentales en la educación de Mowgli, el niño indefenso recogido en la manada que dirige sabiamente un viejo lobo, Akela.
Pero, ¿a qué vienen estas líneas? Muy sencillo, en los últimos tiempos hay una inflación de noticias relacionadas con la fauna asturiana y, a mi entender, es necesaria una reflexión colectiva antes de que se llegue demasiado lejos. La noticia, publicada hace unos días, de que un tigre de Bengala sería la estrella de la IX Edición de la feria Narcenatur, eso sí, atado y sin rejas, accionó los resortes de mi conciencia.
Hace ya esos largos 9 años, el Ayuntamiento de Cangas del Narcea, que preside mi querido amigo José Manuel Cuervo, tuvo el acierto de convocar este certamen dedicado a la caza, la pesca y la naturaleza, para promocionar un concejo en el que los recursos naturales renovables constituyen uno de sus mejores tesoros y en el que las actividades relacionadas con ellos son un recurso económico nada desdeñable. Es posible que algunas de las materias que se exhiben en la feria no sean del agrado de todo el mundo -la fauna naturalizada y las armas chocan con muchas personas-, pero esta muestra anual constituye un éxito indudable. No obstante, ¿es necesario llegar a mostrar a los 25.000 visitantes que se calcula acudirán un pobre animal indefenso y encadenado? ¿Es esto imprescindible para algo o para alguien?
Aunque en la narración de Kipling el tigre, Shere-Khan, es la representación del mal, de la delación, de la cizaña y de la envidia -no hay que olvidar a los devorahombres de la India-, estamos ante una de las especies animales más bellas del mundo y más amenazadas de extinción. Por ello, los individuos cautivos deberían estar formando parte de programas internacionales de cría en cautividad para garantizar la pervivencia de este magnífico y gigantesco gato y no formando parte de espectáculos circenses.
Sé que el tema no es fácil de entender y que seguramente algunas personas intentarán tacharme de fundamentalista por estas manifestaciones, pero, ¿qué pensaría cualquier cazador responsable -que haberlos en Cangas del Narcea hay más de los que se piensa- si en uno de los stands de caza se promoviesen cacerías de leones y tigres como aquellas que hace algunos meses se descubrió que se celebraban en fincas de Extremadura? Yo diría que esta exhibición del tigre es fácilmente prescindible, al menos para futuras ediciones.
Y hablando de fauna autóctona, cuando aún no se han disipado del todo las últimas nieblas de la propuesta de la explotación turística de los osos asturianos, mediante la visualización de los mismos en excursiones guiadas -y de pago, supongo-, el bonachón y literario Baloo vuelve a estar de moda con el tímido anuncio de que sus congéneres reales y asturianas, Paca y Tola, nunca podrán concebir herederos genéticamente cantábricos, por la sencilla razón de que los responsables de la toma de decisiones parecen inclinarse por lo más fácil, es decir, por traer un oso manso de tradición cautiva e intentar que las preñe para así perpetuar la parte más circense de la estirpe. Eso sí, bajo el paraguas de la palabra experto -cada día la entiendo menos- sin ningún pudor, para desviar cualquier crítica posible. Tal vez fuera más apropiado seguir los consejos que Pepe «El Ferreiro» publicaba hace unos días en estas mismas páginas.
Pero el asunto más escabroso, en lo que se refiere a la fauna silvestre asturiana, saltó hace unos días a los medios de comunicación en forma de proyecto sometido a información pública. Todo un complejo entramado de equipamientos, eso sí con diseño de arquitecto, van a ser construidos en los próximos años en el Parque Natural de Redes, para que los visitantes puedan recrearse con la fauna silvestre.
Lo que «a priori» podría ser interpretado como una buena idea, deja de serlo con la lectura de las motivaciones y contenidos del proyecto. Si es loable que Asturias posea un centro de recuperación de fauna e incluso que participe y lidere un proyecto de cría en cautividad del urogallo cantábrico, no es de recibo confinar fauna en un parque natural para simple disfrute visual por los visitantes.
Cuando falleció el tristemente célebre urogallo de nombre «Picoteru» (¡vaya, otra vez aquí!), Pedro de Silva, en uno de sus más que acertados comentarios, apostilló que con él moría Somiedo como concepto. ¿No estaremos ante algo parecido en Redes? ¿Hacen falta construcciones para ver la fauna que se deja ver por todas partes a poco sigilo y silencio que guardemos? ¿Va a visitar alguien un parque natural para ver jabalíes y ciervos encerrados en un jaulón? Para eso están los zoológicos y las zonas periurbanas degradadas. ¿Alguien se puede creer que aves cinegéticas confinadas en una jaula de 30 x 30 m no se van a matar contra las verjas cuando en su interior penetren los turistas? Un parque natural como Redes se merece una gestión protectora de sus recursos y una explotación sostenible, no requiere para nada su transformación en un parque temático.
Confiemos en el bien hacer de Vicente Álvarez, alcalde de Sobrescobio y admirado amigo, para reconducir el proyecto a sus límites correctos. Esperemos, pues, que la inteligencia y astucia de Bagheera -la pantera negra- se imponga a las ínfulas de los superficiales monos Bandar-log.
Rudyard Kipling, narrador y poeta, llamaba a los lobos «el pueblo libre» y en la «roca del consejo» les hacía dirimir sus diferencias. Mientras, Mowgli, el desamparado niño rana, crecía en talento y sensatez. La astucia de la serpiente Kaa, la bondadosa naturalidad de Baloo y la inteligente sagacidad de Bagheera, unidas al amor de los lobos, la protección de la manada y el amparo de Akela, volvieron a hacer de él un hombre. Dejemos a los animales en su sitio y respetemos a la fauna silvestre en la medida que se merece.
Víctor M. Vázquez es miembro de número del Real Instituto de Estudios Asturianos.

Escribe un comentario