El síntoma más agresivo de la globalización no son las transacciones de capitales, de bienes y de movimientos financieros sin rostro y sin localización. Es la inmigración la que golpea la conciencia europea con un flujo masivo de gentes que quieren alcanzar nuestros sistemas de vida.

Sabemos lo que nos pasa a los que vemos la llegada de ciudadanos desde el Este, desde el Sur y desde América Latina. Pero no sabemos lo que les pasa a ellos, lo que piensan, cuánto han arriesgado para llegar aquí, qué les ha empujado a abandonar sus tierras.

El debate ha ocupado el centro de la política en Holanda y en Francia. También en Estados Unidos. En España las soluciones pasan por pedir la coordinación policial de la Unión Europea y enviar a nuestros diplomáticos a que convenzan a los países de origen que controlen la salida de sus ciudadanos.

Me recrimina el ex president Pujol que pongo más atención en los derechos que en los deberes de los recién llegados. Le digo que son personas y que, lógicamente, tienen que compartir los mismos deberes que los que estamos aquí. Le sugiero que los deberes son imprescindibles para el buen funcionamiento de la sociedad pero si no tienen derechos no va a servir de nada.

Leo en la columna semanal de Charlemagne en el 'The Economist' de hoy que hay una diferencia sustancial entre la forma de tratar al inmigrante en Estados Unidos y en Europa. La diferencia está en que en Estados Unidos protegen su mediocre sistema de bienestar social pero dejan abiertas las puertas del mercado de trabajo a todos los que llegan. Mientras que en Europa se protege el mercado laboral autóctono dando acceso al estado del bienestar a todos los que llegan.

La diferencia no es menor. Al margen de controlar con más eficacia las fronteras para frenar la llegada masiva de inmigrantes, Europa debe dar todas las oportunidades a los recién venidos y permitirles que se suban al ascensor social de la meritocracia y puedan llegar a ser como nosotros, a tener los mismos derechos e iguales deberes.

Hay muchas poblaciones catalanas y españolas con más del quince por ciento de inmigrantes sin contar las bolsas de ilegales que no sabemos cuántos son ni dónde y cómo viven. Gestionar política y socialmente esta masa crítica de personas que viven, trabajan y se mueven entre nosotros, es muy difícil y complejo.

No se puede trabajar a corto plazo. Hay que pensar que nuestra sociedad será distinta, muy distinta, en pocos años. Es preciso preparar este inmediato futuro que pasa por la integración, por otorgar derechos y exigir deberes, por darles las mismas oportunidades que tenemos nosotros.

La política municipal, autonómica y estatal es apresurada y corta de vistas. Pienso que la inmigración no es un problema sino una solución que ayuda, en buena parte, a mantener el crecimiento económico de nuestro país. Pero es también un instrumento imprescindible para evitar el envejecimiento y el declive de unas sociedades que no han encendido las señales de alarma sobre el crecimiento demográfico.

La demógrafa Ana Cabré tiene una tesis muy interesantes en el sentido de señalar que en una generación ya no habrá inmigrantes porque el índice de crecimiento, también en los países de origen, habrá decrecido. Ya ocurre en Marruecos y en otros países que han suministrado buena parte de los inmigrantes.

La tarea principal está en la escuela. En este sentido se hace lo que hay que hacer a pesar de la ausencia masiva de jóvenes que no acuden a las aulas de primaria. Luego hay que abrirles la posibilidad de gozar también de los derechos sociales, que ya disfrutan, y, finalmente, de los derechos políticos.

Si en el próximo Parlamento catalán no hay más diputados de procedencia inmigratoria no habremos avanzado mucho. De los treinta y seis mil alcaldes de Francia el número de inmigrantes es insignificante. Esto es un problema. La integración no es solamente otorgar algunos derechos y pedirles todos los deberes. Es homologar su situación con la nuestra.

Ya sé que este comentario no es políticamente correcto. Pero no podemos vivir en una sociedad virtual en la que casi un veinte por ciento de la población sólo existe para trabajar y para malvivir. Tenemos un serio problema.

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