Cecilia Rodrigo tiene, sin duda entre otras incontables virtudes que aún desconozco, dos conmovedoras. La primera: es una mujer en la que no se sabe qué puede o pesa más: si su sabiduría, su tenacidad, su sentido del humor, su delicada hermosura –anda por los sesenta y es una de las mujeres más armoniosas que he visto en mi vida– o su impresionante cortesía, bien escaso en estos tiempos. La segunda virtud de esta inolvidable señora es que es hija de Joaquín Rodrigo, uno de los más grandes compositores de la historia de la música española (murió hace siete años), y que encima preside la Fundación Victoria y Joaquín Rodrigo, que ha creado un concurso musical sobre suya solvencia y seriedad no cabe ya la menor duda.
La final de esta tercera edición del Concurso Internacional Joaquín Rodrigo se acaba de celebrar en el nuevo Auditorio del museo Reina Sofía. Fui amablemente invitado a asistir, vía correo electrónico, por la propia Cecilia, a quien no conocía. Acudí, claro. Estaba aquello hasta arriba, muy a pesar del inenarrable espectáculo del féretro de Rocío Jurado en la plaza de Colón. Fui a verlo, pero prefiero no hablar de eso hoy. La desaforada necrofilia hispana (en Chipiona estaban rezando a la tonadillera como si fuera una santa, pidiéndole intercesiones para esto y lo otro) me pone nerviosísimo.
El concurso Joaquín Rodrigo se celebra cada dos años y en él participan jóvenes intérpretes de todo el mundo. En unas ediciones, son violinistas y pianistas. En las otras, alternas (fue la de esta semana), guitarristas y cantantes. El jurado también se parte en dos. Preside una sola persona, en este caso en director de orquesta Miguel Ángel Gómez Martínez, pero luego mi querido Manuel Cid coordina el jurado de Canto y Ernesto Bitetti el de Guitarra. Los nombres son de primerísima línea: Ana Higueras, Josef Hussek, Hubert Käppel, Ricardo Jesús Gallén, por ahí seguido. Entre el público estaban la infanta Margarita de Borbón, hermana del Rey, y su marido; medio cuerpo diplomático y numerosísimos músicos. Yo tragué saliva cuando vi nada menos que a Pepe Romero, uno de los más grandes guitarristas clásicos de todos los tiempos, sentarse en su butaca, ojo avizor.
También vi que la orquesta que había de acompañar a los cantantes era la de la Comunidad de Madrid, y que a la batuta estaba Miguel Roa. Suspiré.
A la final de Guitarra llegaron, de entre 22 elegidos, sólo tres: el chileno Carlos Pérez González, el ruso Andréi Parfinóvich y la española Anabel Montesinos Aragón. El primero la emprendió con el Concierto de Aranjuez. Yo lo pasé mal. El chico, que apenas tiene treinta años, estaba como un flan. ¿Ustedes saben lo que es tocar sucio? Sí, hombre: las notas se apelotonan en el breve espacio del compás, unas suenan nítidas y otras se agobian o apenas se oyen, el dedo pulsa mal la cuerda y suena lo que no tiene que ser. Eso son los nervios, dirán ustedes, lo que importa es la musicalidad, ya lo hará mejor cuando esté tranquilo. Sí, diré yo, claro, la musicalidad. Muy cierto. Me gustaría haberla visto. El chileno Pérez González, a mi modo de ver, no interpretó el Concierto de Aranjuez: logró terminar el Concierto de Aranjuez, que no es lo mismo. Las pasó canutas con las dificultades terribles de la partitura y, cómo no decirlo, con el maestro Roa, que iba a su bola, se ocupaba de la orquesta, de que las notas entrasen todas en su sitio, como ovejas en un vagón (¿y la música? ¿Dónde coño estaba la música, la emoción, la sensibilidad?), y hasta ahí sabe y puede hacer el maestro Roa.
El ruso Parfinóvich, 23 añitos, se atrevió con la celestial Fantasía para un Gentilhombre, sobre melodías de Gaspar Sanz (siglo XVII). A mi humilde criterio, es la más alta y noble partitura de Rodrigo para guitarra y orquesta, muy superior al bellísimo pero irregular Aranjuez. Rodrigo, que era muy listo, usó las más hermosas melodías que había producido España en dos siglos: las reconstruyó con una sabiduría y una ternura que nadie más, en el XX, ha tenido o se ha atrevido a tener. Esa obra hace saltar las lágrimas… si se toca con el alma. Ya sé que eso es muy difícil.
Parfinóvich, hijo: cuando, después de la breve insinuación orquestal del segundo movimiento, entras tú con la traspasante, emocionantísima melodía de la Españoleta, y la punteas con el bordón y con la segunda, ahí mandas tú. Capullito. Esa es tu aria, ahí tienes que echarlo todo. Haz como en los toros: para, templa y manda. Tú pones el tempo, chaval, y tienes que hacer estallar toda tu alma en ese punteo. Al batuta, que le den mucha morcilla: ahí mandas sólo tú. Si lo haces bien, eso mata, te lo juro.
Rodrigo, ahí, se salió, subió a lo más alto de los cielos. Tú tienes que hacer lo mismo. Es tu guitarra sola, grave, sobre un lecho de cuerdas obedientes que están ahí para que tú disfrutes, para que tú nos asesines con esa belleza absoluta que luego has de repetir una octava más alta, y luego otra más. Pero si tú, ¡hijo de la Santa Madre Rusia!, pasas por ese fragmento arcangélico sin entenderlo en absoluto, como si estuvieras tocando Kalinka en un pub; o sea, dando todas las notas en su sitio muy aplicadamente, pero con el mismo sentimiento de quien escribe a máquina, pues no, hijo. Pues no. Andrei, ¡que estabas tocando eso delante de Pepe Romero, coño! ¡El número uno, el genio que mejor lo ha tocado en toda la historia! Tienes muchos dedos y muy seguros, Andrei, no como el chileno; vas a tocar francamente bien. Pero te falta el alma, muchachín. No perdiste el concurso cuando se te fueron los nervios, y la digitación, y hasta la memoria, en los Canarios, la última parte de la obra, que todo el mundo se echó las manos a la cabeza ante tus errores como si hubieses profanado el sepulcro de Felipe II. Eso le pasa a cualquiera (aunque no debe ocurrir nunca en un concurso). Lo perdiste en esa Españoleta que, o se hace como quería, como soñaba Joaquín Rodrigo, o mejor te quedas en casa, o tocas otra cosa menos lancinante.
Anabel Montesinos hizo un Aranjuez soberbio. En todos los sentidos: soberbio en los tempi y en los rubati; en las dos cadencias, donde mandaba ella y se exhibía con un salero admirable. Y soberbio también, casi despectivo, en la frialdad reservona de los pasajes de agilidades, en los que la chica se “acochinaba en tablas” –es frase de Marta, mi cuñada– para no equivocarse. Pero tuvo momentos de verdadera maestría, técnica y espiritual. Yo creo que fue la mejor de los tres.
Pues ganó el chileno. Vamos, mejor sería decir que le dieron el premio. Quizá algún día sepamos por qué. Hoy, desde luego, no lo sabemos.
En Canto compitieron dos bellísimas voces. Una fue la de Ana Lucrecia García Tellería, una soprano lírica venezolana de hermosísimo timbre que acometió los Cuatro madrigales amatorios (nunca dejaré de amarte, Victoria de los Ángeles, aunque sólo fuera por aquellos diez minutos en que cantamos juntos De los álamos vengo, madre, en un balcón del Palacio Real; fue el Rey quien quebró aquel momento mágico); Ana Lucrecia, decía, cantó esas cuatro maravillas a pie enjuto, ocupada de acertar en todas las notas. Muy bonita voz. Pero le pasó lo que al ruso: se dejó el alma en el camerino. Y el Vos me matasteis, o el Con qué la lavaré, o los mismos Álamos, sin el alma vehemente de Rodrigo, no son más que notas. Dorremifasoles puestos uno detrás de otros. No es eso.
Pero llegó una chica de nombre impronunciable, Gudrún Ólafsdòttir. Islandesa, como Björk (además, hasta se le parece). La gente no tenía la menor esperanza: islandesa, cantando a Rodrigo…
Coñoooo, la que armó la nórdica. En el Cántico de la esposa, sobre textos de San Juan de la Cruz, ya dejó claro que se había estudiado a fondo no sólo las notas de la partitura y la pronunciación, sino también a Juan de la Cruz… y la obra de Rodrigo. Se lo sabía todo. Esta, por fin, sí entendía, sí sentía lo que estaba interpretando. Una voz de soprano dramática con un bellísimo color oscuro, una expresividad tremenda, sincera, españolísima. Lo mismo con el difícil Tríptico de mosén Cinto, el maestro Rodrigo inspirado en textos de Jacinto Verdaguer y cantado en un impecable catalán. Daba gloria oír aquello. Si el maestro Roa llega a dejarla cantar, a acompañarla un poco al menos, a poner la orquesta a su servicio (que no lo hizo ni una sola vez, ¡y estábamos en un concurso!), el resultado hubiera sido asombroso. Aquella remota islandesa, absolutamente profesional, se llevó –con toda justicia– los dos premios grandes del concurso, aunque le birlasen molt malament el número uno en canto, que el jurado dejó desierto.
No se enfade nadie, no, por estos comentarios. Los concursos, sobre todo los importantes –y éste lo es– se caracterizan porque el público jamás está de acuerdo con las decisiones del Jurado. Es ley de vida.
Lo importante es que concursos espléndidos como este sigan teniendo lugar en España. Para bien de la herencia musical, importantísima de Joaquín Rodrigo, para estímulo de los buenos intérpretes (hay que viajar a Islandia, seguro que allí están pasando cosas interesantísimas) y para echar leña a la aún escuálida hoguera de la cultura musical española.
A la que le va haciendo falta mover, sanamente, el banquillo. Hay espléndidos posibles “titulares” del equipo. Seguro que Miguel Roa puede ser relevado, en la siguiente edición de este concurso, por alguien que sepa cómo se acompaña a un intérprete en una interpretación. No es tan difícil, de verdad, si uno sabe dirección de orquesta.

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