Barcelona. Sobre los bulevares del Paseo de Gràcia echó Artur Mas ayer su primera carta en esta partida de póquer en la que pretende ganar en dos meses al mismo tiempo y con la misma baraja.Ante un escogido destilado de la burguesía y del poder económico catalán, el líder de CiU despejó las dudas que pudiera haber al respecto: va a intentar desesperadamente que gane el sí pero porque piensa apropiárselo en cuanto los paneles de la Conselleria de Governació emitan los resultados. Si son convenientes, el éxito no será más que suyo. No era mal público éste del hotel Majestic, tan lleno de evocaciones políticas para los convergentes: allí se sentaban señores que llevan una calculadora implantada en el cerebro, muy bien capacitados para deslindar un mensaje del otro. Voten sí porque yo, que soy el que va a gobernar, les ofrezco esto y esto otro, para dentro de muy poco tiempo. Puestas así las cosas, al oír a Mas decir que suprimirá el impuesto de sucesiones, la audiencia estalló en aplausos.
Pero como ni CiU ni nadie tiene seguro que los catalanes vayan de verdad a votar el domingo 18, y como no les llega la camisa al cuerpo ante la idea de fracasar en lo peor -en la participación- lo cual dejaría con las intimidades al aire el tan repetido clamor ciudadano por un nuevo Estatuto, los dirigentes nacionalistas se van a volcar en peinar pueblos y barrios.
Nou Barris es casi el extrarradio de Barcelona. Allí viven más de 200.000 almas, la aplastante mayoría llegada de Castilla, de Andalucía, de Extremadura. Todos los carteles de las tiendas, salvo escasísimas excepciones, están escritos en catalán. Pero lo que se habla es castellano. Y se vota, sobre todo, socialista.«Estamos ya muy cansados de esto del Estatuto» cuenta el taxista, zamorano, que me lleva hasta el local de Els Propis, una asociación cultural catalanista cuyos miembros son casi todos inmigrantes.Una sala grande, de techos altos. Estandartes de los grupos corales colgados de las paredes y flanqueados por la cuatribarrada. Sillas de tijera y cabezas blancas. O rubias, que son las nuevas canas de las mujeres españolas. Pero Francesc Homs, miembros de la joven cúpula de CiU, está allí, en territorio comanche, explicando las bondades del Estatuto. La campaña electoral y su intervención, heredera directa de la escuela Pujol, tiene aquí otro tono. La educación, la sanidad pública, los inmigrantes... Ay los inmigrantes, que son ellos mismos, pero que ya no lo son porque los inmigrantes ahora son «los inmigrantes de fuera». Así, llamándoles de esta manera reiterativa, todo se distingue mejor. Por eso asienten con silenciosa vehemencia cuando Homs reconoce ante ellos que eso «es un problema». Las nuevas competencias de la Generalitat para dar permisos de trabajo. «Y a los ilegales, habrá que sacarlos fuera». Ninguno de los presentes va a preguntarse, ni tiene por qué, qué quiere decir con eso de «fuera». A lo de nación no reaccionan apasionadamente. Pero cuando Homs explica que un estatuto es un reparto de poder y que «ahora somos paritarios nosotros y el Estado», al público no puede parecerle más que de perlas.«Yo soy de Salamanca. Y voy a ir a votar y voy a votar sí, si eso es bueno para Cataluña. Ahora que si fuera por separarse de España, eso ya sí que no». Los demás asienten. Por la calle pasan los romeros de Barcelona junto a sus carretas, detrás de la Virgen del Rocío.
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