Han pasado dos meses desde que ETA anunciara su alto el fuego y ya se aprecian signos de que el denominado proceso de paz tiene tantas posibilidades de culminar con éxito como España de ganar el Mundial de fútbol. A las dificultades inherentes se han añadido las urgencias del Gobierno en hablar con Batasuna, saltándose a la torera el protocolo acordado con el PP, que está que trina y con razón. No se puede dar un martillazo a una copa de cristal de Bohemia como parte de un experimento para comprobar la dureza de los materiales y pretender luego brindar con ella durante la fiesta.

Las prisas del Gobierno son inconcebibles. Es más, si alguien hubiera tenido que estar preocupado por el paso del tiempo es Otegui y sus secuaces, para quienes resulta vital poder concurrir a las elecciones municipales de mayo de 2007. Como la fórmula mágica para hacer eso posible es sobradamente conocida por los dirigentes abertzales –condena de la violencia y del terrorismo-, que Zapatero argumente ahora que los socialistas vascos quieren reunirse con Batasuna para atraerla a la legalidad suena a milonga y de las buenas.

Sólo puede haber tres explicaciones para semejante movimiento. La primera es que Batasuna haya aceptado escenificar ante Patxi López su arrepentimiento por tantos años de pecados, algo tan insólito como una película de indios en la que gane Toro Sentado y se case con la protagonista. La segunda es que el Gobierno se haya plegado a la amenaza de Batasuna de iniciar ya diálogo político o dar por liquidado el proceso, un gesto suicida impropio de quien tiene la sartén por el mango. La tercera es que se haya querido colocar una venda en la temida herida de que Otegi diera el pasado jueves con sus huesos en la cárcel a instancias del juez Grande-Marlaska, lo que finalmente no se ha producido. Esta última opción es la más razonable, aunque no por ello dejaría de ser inaceptable.

En los difíciles equilibrios que corresponde hacer al presidente del Gobierno, el único plato que no tendría que dejar caer al suelo en ningún momento es el del PP, que es la clave del arco. Más aún, la principal interesada en que los populares sigan manteniendo su apoyo al Ejecutivo debiera ser la organización terrorista, ya que un eventual acuerdo sobre el destino de sus presos sería papel mojado sin el aval de quien, antes o después, alcanzará el poder. El concurso del PP es, por tanto, imprescindible.

Así las cosas, sabiendo además que Rajoy se enfrenta a un importante sector de su partido opuesto al diálogo con ETA, no parece muy inteligente permitir que el líder de la oposición haga el ridículo en la tribuna del Congreso y se abstenga de polemizar sobre terrorismo en el debate sobre el Estado de la Nación, para darle cuenta después de que aquello de primero la paz y luego el diálogo era sólo una frase hecha sin valor alguno. Zapatero tendría que ser capaz de cumplir las reglas del juego, especialmente cuando es él mismo quien las ha redactado.

Todo el mundo, incluidos los terroristas, son conscientes de cuáles son los márgenes de la negociación. Por un lado, el Estado puede ser generoso con los presos de la banda si el propósito de ETA de abandonar las armas es definitivo; por otro, es posible discutir sobre un nuevo modelo de autogobierno en un Parlamento en el que puedan sentarse los representantes de Batasuna, sabiendo de antemano que tanto la autodeterminación como la inclusión de Navarra en el País Vasco son dos imposibles metafísicos. No hay más cera que la que arde, aunque Otegi prometa a sus feligreses que muy pronto entrarán a un paraíso que se llama República Socialista de Euskadi.

Esa ciudadanía a la que tanto invocan unos y otros no entendería un arreglo distinto porque la percepción general es que es ETA quien se ha rendido tras constatar que jamás podrá ganar la partida. Y con la misma naturalidad asumiría el ya familiar “no pudo ser” que ha acompañado a los intentos de todos los Gobiernos de acabar con esta pesadilla. Cualquier observador concluirá que los terroristas han medido mal sus tiempos y que lo que hubiera sido posible en Argel o incluso en Suiza no lo es ahora.

A Zapatero le corresponde dirigir el proceso pero eso no le da patente de corso. Lo deseable sería que un contacto fluido y discreto entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición permitiera allanar los obstáculos que surgirán en el camino. Ello exige confianza, justamente el ingrediente más escaso del cóctel. Para el PP las cosas tampoco son sencillas. Rajoy puede sentirse legitimado para dar un portazo pero quizás no sea lo que más convenga a sus intereses. Si ETA rompe el alto el fuego no tardaría en ser acusado de propiciar el fracaso por espurios intereses electorales; si no lo hace y la paz se consolida tendría que resignarse a ver cómo la cabeza de Zapatero se llena de laureles.

Rajoy ha anunciado que si los socialistas vascos se reúnen con Batasuna en las circunstancias actuales se considerará desligado de cualquier compromiso. Ha llegado a sugerir que el encuentro podría constituir un delito en la medida en que la formación abertzale está considerada una organización terrorista. A falta de un mes para que Garzón vuelva a su juzgado, aún tendríamos tiempo de presenciar una citación de Grande-Marlaska a Patxi López para que declare como imputado por colaboración con banda armada. ¿Ciencia-ficción? Es posible, pero no habría nada que hiciera más feliz al bueno de Acebes.

escudier@elconfidencial.com