El pleito Bush-Chávez amenaza con expandirse hacia América del Sur. Motivo: la pretensión de Hugo Chávez de incorporarse al Consejo de Seguridad de la ONU, que resulta absolutamente intragable para el presidente de EE.UU.

Visto el confuso panorama regional, la ofensiva de la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, ha comenzado por Chile. La presidenta Michelle Bachelet, en cuanto socialista y cabeza de un modelo eficiente de economía de mercado, cumple dos requisitos básicos: no provoca ningún escozor en la Casa Blanca y goza de simpatía personal en América Latina y la Unión Europea. Por cierto, George W. Bush no considera, para nada, la necesidad chilena de mejorar la relación con Venezuela, duramente trizada durante el Gobierno de Ricardo Lagos.

Sin embargo, si Bush no pudo cuadrar al tecnocrático Lagos para su guerra contra Iraq, ahora lo tiene más difícil con Bachelet. Entonces, el presidente norteamericano estaba en el apogeo de su poder y tenía la sartén de un tratado de Libre Comercio (TLC) con Chile por el mango. Además, tuvo apoyos en la oposición chilena, de derechas y en voces gobiernistas que clamaron por una subordinación realista:Chile no debía defender su soberanía, la paz y el multilateralismo, a costa de perder el TLC más apetecido y favoreciendo a Saddam Hussein.

Hoy, por el contrario, la popularidad de Bush está bajo mínimos, le quedan dos años de Gobierno, Iraq mutó en Vietnam, ha consolidado la antipatía mundial, carece de un recurso duro de presión y el issue Chávez es menos dramático que una guerra equivocada.

Por lo señalado, Bachelet no podría inaugurar su gestión internacional con un gesto claudicante, ante el mismo interlocutor. A mayor abundamiento, Washington no está en condiciones de saltar desde el elogio reiterado a Chile, a un repudio despechado. Los líderes de Europa, por su lado, aunque no se cortarían las venas por Chávez, tampoco aplaudirían un viraje chileno hacia la subordinación.

Entonces..., ¿está obligado, Chile, a mostrar su independencia votando por Venezuela, o a fingir que la mantiene, votando secretamente en contra? No, necesariamente. Si la Cancillería chilena elude las dicotomías y deja de creer que el secretismo es compatible con la democracia, podría sugerir a la presidenta posibilidades mucho más dignas. Así, asumiendo el ejemplo de los europeos comunitarios y aprovechando su buena imagen, Bachelet podría liderar la búsqueda de un consenso con sus homólogos de la región, comenzando por Brasil y Argentina, para seguir con México y Colombia. Esto la obligaría a levantar una propuesta equilibrada y condicionada, que sacara a la región de su triste opción actual: votar por Guatemala, para satisfacer a Bush, o votar por Venezuela, para contrariarlo. Esto podría inducir una tercera opción descompresora. Pero, incluso en el peor escenario para Bush - apoyo a Venezuela-, una buena porción de América Latina actuaría unida y, por tanto, con mejor blindaje antirrepresalias.

El problema es que políticas de ese tipo suponen una Cancillería chilena de alta profesionalidad, capaz de iniciativas audaces y de un cierto tipo de liderazgo conceptual. Esto es, de actitudes que la saquen de su arraigada diplomacia de administración, en lo regional y del low profile que le impuso una imagen poco simpática, entre sus vecinos.

Como éste es sólo el primer entrevero, podríamos esperar que la necesidad sostenida termine creando el órgano que necesitan los chilenos.

J. RODRÍGUEZ ELIZONDO, escritor chileno. Profesor de Relaciones Internacionales