El 7 de septiembre de 1973 recibí una carta que me agradecía el envío de mi primera novela, Harrouda, publicada en la editorial Denoël por Maurice Nadeau. No pude descifrar la firma. La dejé a un lado, olvidándome de ella. Por aquel entonces vivía como estudiante en la ciudad universitaria y me devané los sesos pensando en quién habría podido dirigirme esa carta casi ilegible. No recordaba haber enviado mi libro a muchas personas, excepto a algunos periodistas cuya lista me había facilitado el editor. En líneas generales, los críticos no remiten cartas de agradecimiento. Publican su crítica o pasan por alto la obra.
La verdad es que esa letra delgada e inclinada no me decía nada. Qué raro... Patitas de mosca disciplinada e inteligente. Una mosca venida de no sé dónde, aunque, en honor a la verdad, muy atenta y deferente.
Unos diez años después, al leer en Libération una encuesta que proponía a varios escritores la pregunta "¿Por qué escribe?", reparé en una firma que me recordó la de la carta que había recibido. La respuesta era espléndida: "No sé hacer otra cosa", y quien respondía era Samuel Beckett.
De modo que Beckett se había tomado el trabajo de escribirme y yo no lo sabía... De inmediato me embargó la sensación de formar parte de su compañía y ser uno de sus personajes inmersos en una quimera forjadora de historias y recuerdos. Es como si Godot me hubiera visitado y yo no le hubiera reconocido. Como si ni siquiera le hubiera esperado... Como si hubiera entrado en mi casa dejando su huella en la mesa de mi despacho y yo hubiera guardado su carta en un cajón, abrigando, no obstante, ciertas dudas sobre su identidad... Si hubiera sido Molly, por ejemplo, habría hecho ruido, mucho ruido. Y yo no habría comprendido sus frases.
Tal vez esa carta se debió a la mano de Malone, el que se confunde con su sombra en El innombrable.(Les Éditions de Minuit, 1953; Alianza / Lumen, 1966, 1971). Le oigo abrir la primera página de esta novela: "¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante. Puede que un día, venga el primer paso, simplemente haya permanecido, donde, en vez de salir, según una vieja costumbre, pasar días y noches lo más lejos posible de casa, lo que no era lejos. Esto pudo empezar así.
No me haré más preguntas".
Yo tampoco me haré más preguntas. Noto ahora que algunos personajes de Beckett han entrado en mi casa y están armando bulla... Vagan de un lado para otro como unos zánganos mientras les observo como si estuviera sentado en el teatro. Oigo a Malone decirme que "las palabras están ahí, en alguna parte, sin hacer el menor ruido..., las palabras que caen, no se sabe dónde, no se sabe de dónde, gotas de silencio a través del silencio...". Me pregunto, acto seguido, si Samuel Beckett habla como sus personajes. No, habla poco, muy poco. Sus ojos y su mirada dicen más y son más elocuentes que un discurso. Apenas habla. Se contenta con estar ahí, espigado por no decir flaco y enteco: seco, sin un gramo de grasa, nada en exceso, el mínimo vital... Es alto. Sus penetrantes ojos siguen clavándose en mí. Es un pájaro que no hay que molestar y que es menester respetar: no hacerle preguntas.
He encontrado la carta. La he leído y releído. Simple, directa, atenta y cortés. Lo más gracioso del asunto es que un día de invierno vi a Beckett en Tánger. Paseaba con quien supongo que era su esposa por la playa de la ciudad. No se requieren con Beckett tal tipo de precisiones... Vistos de lejos, parecían una escultura de Giacometti, El hombre que camina,una de ellas muy alta y delgada, como la de la escultura. Ambas bajo un cielo desapacible, un aire más bien fresco... La ciudad, distante, se divisa blanca, cubierta por la niebla, una especie de sábana extendida sobre las casas de la kasba, un velo que se cierne sobre la gran montaña. Se diría que la figura de Beckett mide la extensión de la playa... Es absurdo, pero no deja de recordar el tipo de cosas que era capaz de hacer (El despoblador,1970, Les Éditions de Minuit; Tusquets Editores, 1970). Pasé junto a ellos sin decir nada. Nome atreví a interrumpir su paseo. Señalo a este propósito una frase extraída de El despoblador:"Los cuerpos se acarician con un susurro de hojas secas".
En este libro aparece un cilindro donde se amontonan varios seres humanos. Es sofocante, angustioso: es el universo de Samuel Beckett que aspira aire anhelosamente para no morir asfixiado. Me digo que es lógico que Beckett mida la playa de Tánger para poder respirar. Lleva en su interior a sus personajes: habitan en su cuerpo, en sus pensamientos.
Días más tarde, vuelvo a ver a Beckett, esta vez sentado a la mesa en un salón de té, La Española, en la calle de la Libertad, justo en frente del consulado de Francia. Bebe té. Está sentado en un rincón con un diario marroquí publicado en francés. Me acerco, le saludo, levanta la cabeza y me dice: "Buenos días, ¿todo bien?". Observo que está enfrascado en el crucigrama. Parece tranquilo y a gusto. El crucigrama de ese diario de escaso interés no resulta muy atrayente. No tomo asiento. Le pregunto si su estancia discurre sin novedad. Me explica que el hotel es algo ruidoso. Se aloja en un establecimiento modesto que apenas tiene turistas. No lo he comprobado, pero me indican que a veces huéspedes acompañados solicitan una habitación para una o dos horas. No obstante, tampoco se trata de un hotel destartalado.
Me habría gustado charlar con él acerca del bilingüismo, esa hermosa facultad que en su caso le permitía pasar del inglés al francés con idéntica fuerza y exigencia; me habría gustado saber si ello le planteaba problemas. Tal vez me habría citado a Kafka, el checo que escribía en alemán, o bien a Ionesco o Cioran, los exiliados rumanos que eligieron el francés. No lo sé. Le habría dicho tal vez que los escritores francófonos nos vemos conminados permanentemente a explicarnos, a explicar las razones por las que no escribimos en nuestra lengua materna. Llegan a preguntárnoslo incluso a veces de forma agresiva, como si fuéramos responsables de los azares y vicisitudes de nuestros países.
También me habría complacido en grado sumo hacerle leer un pasaje de uno de sus textos, como por ejemplo estas líneas extraídas de Para acabar aún (Les Éditions de Minuit, 1976; Tusquets Editores, 1976): "Lugar de restos donde muy de tanto en tanto antaño relumbraba un resto. Resto de los días del día nunca luz tan débil como el resplandor tan pálido...". Me gusta esta frase porque es misteriosa. Es una poesía que habría podido escribir Antonin Artaud. Ese "restos de los días del día" me obsesiona. La repito en mi fuero interno como si de la plegaria en una lengua desconocida se tratara. Me gusta.
A Beckett no le gustaba aparecer en público. Escribía exactamente como sentía que le fluían las palabras. Creo que es tal vez el escritor absoluto, el que sólo obedece a su instinto, a su fuerza interior. El que ha expresado el dolor del hombre perdido en el dolor inmenso del mundo. Un poco como James Joyce. Logró vivir y ser respetado sin hacer la menor concesión, el menor gesto para facilitar las relaciones. Es un Jean Genet más discreto, menos provocador o, si es provocador, lo es sin saberlo. Lo que escribe nos inquieta, perturba y condiciona. Así es, estoy en deuda con Beckett en la medida en que le debo el hecho de encontrarme en la senda de la exigencia, nivel que - no obstante- disto de alcanzar. No le leo para saber lo que sucede en una narración, sino para saber cómo y con qué grado y nivel de proeza, sencillez y transparencia suele regalarnos no con historias, sino con el propio mundo y con las angustias y miedos humanos, como si el niño que hay en el hombre no hubiera desaparecido del todo. Le leo porque me gusta tratar de entrar en el laberinto de sus pensamientos. No es sencillo ni fácil. Da insomnio. Pero la literatura que hace frente a la facilidad es la única que abraza lo más fielmente posible la realidad. Porque la realidad es de una complejidad inimaginable. Él lo comprendió y vivió entre nosotros para demostrárnoslo. ¡Gracias, señor Beckett!
TAHAR BEN JELLOUN , escritor. Premio Goncourt 1987 Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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