Juan Ramón Jiménez -ese inmenso poeta al parecer tan hosco, atacado con festiva jocosidad por sus discípulos del 27 y con feroz desprecio por la generación siguiente- fue fundador en España también de cierta reflexión sobre la ética del lenguaje, al insistir en poner en relación los ámbitos de la ética con los de la estética y afirmar que no existía ni coma ni adjetivo inocente. Volvamos pues a los «grandes temas», los políticos, que quizá no sean tan grandes, pero que, desde aquella perspectiva de reflexión juanramoniana resultan como mínimo merecedores de análisis.
Así, todos comprendemos que las razones de la diplomacia, sobre todo internacional, obligan a meandros lingüísticos de los que a veces no es fácil sacar agua clara. No podemos saber, pues, hasta qué punto son interesadas (para los intereses que en su cargo defiende y representa) o sinceras las simpatías de nuestro Ministro de Asuntos Exteriores y su petición de comprensión por las políticas de Chávez, Morales y Castro. Sorprenden en todo caso sus palabras, recogidas habrá que suponer que con fidelidad por los periodistas, calificando de «pretendido eje» a la alianza política entre La Habana, Caracas y La Paz. ¿Pretendido? ¿Pretendido quiere decir inexistente? ¿O alude nuestro Ministro a la expresa y decidida pretensión, sistemáticamente aireada con palabras y hechos por Castro, Chávez y Morales, de establecer en el ejercicio de su soberanía nacional una alianza política? ¿O quizá lo que le molesta a Moratinos es la carga histórica de la palabra «eje»?
Más adjetivos escasamente inocentes: el escritor Xavier Bru de Sala, siempre atento analista de los entresijos del poder, calificó en la prensa al nuevo director del Ramon Llull como «enemigo declarado de la cultura catalana». Al punto, Joan de Sagarra se preguntaba dónde estaban los escritores y editores en lengua catalana promocionados en el espacio televisivo de Emilio Manzano que no habían salido en su defensa. ¿Y quién, sin ser a su vez estigmatizado, va a salir en defensa de un estigmatizado?
El mecanismo psicológico de pavor ante un sambenito público es muy antiguo y se remonta, por cierto, al tiempo de los sambenitos.Pero yo no venía a tomar partido sobre la afirmación de Bru de Sala, sino a llamar la atención sobre su utilización de un inocente adjetivo: declarado. Es obvio que algo declarado es obvio. No necesita ser argumentado ni justificado (una tarea por cierto escasamente grata sobre todo en este terreno). Pocos días después, en una carta al director de la misma publicación, Andreu J. Enseñat, un lector, centraba brillante y atinadamente el tema de la denuncia de Bru de Sala en su exacto contexto semántico: al afirmar el articulista que el estigmatizado era un «declarado enemigo» de lo que sea, lo que estaba diciendo en realidad es que, en virtud precisamente de su denuncia, el denunciado «quedaba declarado enemigo», es decir: quedaba declarado enemigo declarado de que lo que sea. Ahí es nada.
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