El momento en que, sentados en la butaca del cine, percibimos al espectador que está mirando en la pantalla de su televisor el programa titulado El show de Truman, el de mayor audiencia de la cadena, el gran éxito desde hace la friolera de 38 años, se activa un guiño, el principal guiño de la película que con ese mismo título y enorme impacto en la opinión pública mundial, Peter Weir realizó en 1998. Otras muchas obras cinematográficas han simbolizado mejor buena parte de los temas que ésta aborda en tono alegórico y con escenografía buscadamente artificial: la soberbia del humano que juega a ser Dios, la abulia fagocitadora de un público indolente ante la aberración televisiva, o la esclavitud creciente de los medios a la audiencia. Pero aquí se acomete de forma contemporánea y a mi juicio magistral otra cuestión no menor.
Para empezar ese juego de ser nosotros el espectador del público del show es una hermosa formulación fílmica de una angustia existencial del ser humano. Eso que Unamuno llamaba «el sentimiento trágico de la vida» sería su dimensión más filosófica. En los museos de la ciencia se suele visualizar su versión científica en el ir y venir de imágenes simuladas o reales de macro y microcosmos.Simbólicamente más de una generación de europeos podría resumirlo en aquella granjera que, dibujada en un bote de leche condensada, cargaba a su vez con otro bote de la misma marca de leche, en el que, ni que decir tiene, volvía a reproducirse la lechera con su bote de la lechera. Un juego de espejos infinito en el que cabe preguntarse, como hacen los niños, sobre el sostenedor último del universo. Ya se sabe que los niños son los únicos que se plantean los temas de la filosofía fundamental en estado puro, o sea, aquí ¿quién manda? Luego, para Occidente, llegó Platón y elevó el asunto al elevarle el nombre.
Estamos ante el reverso de la deriva adoptada por los medios de comunicación, que incorporan supuestas verdades esperpénticas, cuando lo cierto es que han comprado interpretaciones de actores de segunda o de tercera. En la película, en cambio, una comunidad es fascinada por una serie de televisión que alcanza el mayor grado de fraude contemplado en la telerrealidad, aquel en el que el protagonista no se entera, pero el público sí, del gran engaño. En la televisión del presente, el espectador no sabe que le venden ficción por realidad. En El show el único que no sabe que todo es mentira es Truman.
Pero la grandeza de Weir es acabar su particular vuelta de tuerca al mito de la caverna aunando la esperanza y la ironía: el ser humano como individuo libre, capaz de la proeza de decidir abandonar la vida muelle si en una nueva puede ser consciente, es la esperanza, pues significa apostar por la posibilidad de romper el velo de Maya. Sin embargo, el final plantea una duda, porque la rotura del velo se produce a la occidental: tras el último telón del megaescenario en el que Truman ha desarrollado su postiza vida, está la ciudad verdadera. El demiurgo-director del programa televisivo le tienta a quedarse al advertirle que la vida cotidiana también es sueño y, como diría Calderón, un sueño mucho más amargo que el saneado y comprado que abandona. Una toma en negro cierra el cuento en el que una persona supo, pudo y quiso marchar, incluso sin saber adónde.
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