Entramos, prácticamente hoy, en periodo de campaña para el referéndum del próximo día 18. No sólo porque la actualidad manda, sino porque el interés suscitado por el Estatut hace que hoy me ocupe de él, como antaño hice con los dos anteriores. No es fácil hallar, por razones de edad, otro comentarista que se haya ocupado del Estatut de 1932, también - y eso es más fácil- el de 1979 y que, finalmente, hoy tome la pluma para tratar del actual Estatut. Del primero tengo de mi interés constancia escrita porque guardo el recorte de un artículo que publiqué en La Publicitat.En este periódico, que entonces encabezaba los escritos en catalán, me encargaron de la sección Universitaria, siendo yo estudiante en la facultad de Derecho. En ella publicaba noticias y comentarios, y en más de uno de ellos me referí a la aprobación popular o referéndum de un Estatut que pasó muy difícilmente por el Congreso de los Diputados. Recomendaba yo a los estudiantes en general no sólo que votaran el Estatut - los que tuvieran la edad-, sino que, además, practicaran un cierto proselitismo en sus ambientes familiares o sociales. No habían noes en aquella circunstancia. Únicamente voto afirmativo o abstención. Preocupaba esta última porque el Estatut de entonces había sido preconizado por ERC, lo cual conllevaba cierto recelo por parte de sectores más o menos conservadores.

En el segundo Estatut, el de 1979, lo recomendé en actos públicos organizados por UCD de Catalunya, de la cual en aquellos momentos era secretario general. Además de diputado era conseller de la Generalitat de Tarradellas. Justamente la existencia de la Generalitat restaurada, gracias al pacto Suárez-Tarradellas, evitó en el Congreso los ataques que, de otra manera, se hubieran producido. No hay que olvidar que la restauración de la Generalitat fue una de las piedras angulares en las que se basó la transición. Respecto al Estatut de 1979, que debía sustentar la sucesión de Tarradellas, hubo poca oposición. Se trataba de ajustarse a un modelo que había complacido a una gran mayoría política. El día de la aprobación del Estatut en las Cortes intervine desde la tribuna para la explicación de voto en nombre de mi partido, después de que lo hiciera el añorado Joan Reventós por parte de los socialistas.

Volviendo al Estatut de 1932, hay que recordar que fue muy prolijo y difícil. Los debates coincidieron con la intentona del general Sanjurjo y no acabaron hasta el famoso discurso de Azaña, en pleno verano de aquel año. Estatut difícil, pues, el de 1932, más fácil el de 1979 y más difícil que ninguno el actual. Después de una salida excesivamente eufórica del Parlament de Catalunya, se topó con los parlamentarios de Madrid opuestos a un Estatut que también ha sido objeto de paralelos ataques por parte de múltiples medios de comunicación. El presidente Zapatero, ante el alud de la oposición y de un sector de su propio partido, tuvo que arriar velas y mucho ya fue poder llegar al nivel que pactó con Artur Mas. Justamente ERC empezó sus disconformidades a raíz de su ausencia del pacto Zapatero-Mas. Sin embargo, no tuvieron en cuenta que ellos, pregonando su separatismo, se invalidaban para un acuerdo que hubiera sido condenado y machacado por parte de una oposición que debía reconocer, en cambio, que Artur Mas representaba a unas fuerzas catalanas colaboradoras con sucesivos gobiernos de Madrid. Salió finalmente de Madrid un Estatut, como dijo el mismo Alfonso Guerra ante la televisión, "cepillado", acompañando a la palabra el gesto de pasar el cepillo por su antebrazo.

De todas maneras, el Estatut, pasado por las horcas parlamentarias de Madrid, no ha llegado a Catalunya desfallecido. Es mejor que el de 1979 y ello es ya bastante para que le demos el sí. En definitiva, semejantes textos deben ser considerados en su conjunto, porque nunca son un traje hecho a la medida del votante. Una vez más hay que recordar que la política es el arte de lo posible y otro Estatut era imposible. Y no tener ninguno era caer en el pozo de la inanidad. Semejantes vicisitudes han provocado el no de ERC y su salida del Gobierno de la Generalitat. Una última crisis que no sólo ha acabado con el tripartito, sino que ha volcado mucha confusión sobre el referéndum. El presente es el único de los tres Estatuts con votos del no. Mejor dicho, de noes, puesto que, para acabar de complicarlo todo, hay dos no: el del PP y el de ERC, que pueden ser uno, porque los extremos se tocan.

El ciudadano catalán tendría que prescindir de tantos dimes y diretes y atenerse a lo sustantivo, que es el Estatut del 2006, sin adjetivos que lo confundan. Necesitamos la aprobación del Estatut, al que seguirán unas elecciones autonómicas que aclararán con buena luz la confusión política actual. Tanto como el Estatut será importante elegir, un poco más tarde, a quienes lo vayan a regir y administrar. El Estatut es el mejor instrumento para un buen Gobierno.