El objetivo de la oposición a mitad de la legislatura es aplastar al Gobierno en los debates parlamentarios y el del Gobierno salir airoso de cualquier emboscada. No estoy seguro de que el Gobierno Zapatero esté más débil hoy que ayer, ni de que el liderazgo de Mariano Rajoy se haya reforzado después del Debate sobre el estado de la Nación. Algunos testigos del match me dijeron que vieron a Rajoy nervioso, quejumbroso y repetitivo y observaron cómo Zapatero empieza a acertar con el verduguillo en las réplicas.
La política no es una escuela de gentileza; en este sentido, Mariano Rajoy se negó a utilizar las pequeñas miserias. Por el contrario, Zapatero, que parecía un niño el día de la primera comunión hace unos años, ha aprendido a dar zancadillas y golpes bajos, ha fortalecido su maldad e intuición políticas. Recordó el tenebroso pasado de la derecha española, su aversión a los cambios, el título VIII, y acusó a los del PP de mendigar un puesto en el Gobierno de Cataluña. Mariano estuvo muy bien en la dúplica; en la réplica perdió los nervios, y aunque siguió demostrando su enorme altura como parlamentario no fue una de sus mejores tardes.

Ninguno de los dos políticos aniquiló al otro, pero el presidente era consciente de que hablaba para la inmensa muchedumbre y se sacaba de los bolsillos becas y promesas, mientras Rajoy reestrenaba una vez más la conocida película España se rompe. Después de las primeras intervenciones entraron en el cuerpo a cuerpo, pero nunca con la bayoneta calada; evitaron el toro en puntas de ETA.Se insultaron con urbanidad de los casinos de provincia, con pellizcos de registradores. Zapatero llamó a Rajoy profeta del desastre, de no tener ni idea de lo que hoy es España, y Rajoy acusó a Zapatero de demócrata de nuevo cuño y de expulsar de la vida política a medio país.

Al entrar al Congreso, entre un relámpago de flashes, le pregunté al presidente del Gobierno: «¿Trae el estoque de madera o el de verdad?», y Zapatero me contestó: «Lo mío es la ironía». En los pasillos le hice a Mariano la misma pregunta, y el dirigente de la oposición comentó: «Ya sabes que yo soy un tipo equilibrado».

El debate se centró en las dos cuestiones que preocupan a los españoles, además del terrorismo: la inseguridad y la inmigración.Se acercan las elecciones, ya tenemos gánsteres, ahora hay que crear Los Intocables; la derecha y la izquierda compitieron en sus promesas de ley y orden. Se echaban en cara unos a otros los picoletos.

Como siempre, llevaba ventaja el presidente en el tiempo y en poseer la última palabra; a pesar de ello, Mariano pidió más tiempo e incluso amenazó con marcharse. Lo vi acelerado, y a pesar de ser tan aficionado al fútbol empezó a discutir con el árbitro. «Esto no es un autoservicio», dijo Manuel Marín cuando Mariano Rajoy le recordó que el presidente del Gobierno tuvo dos horas y cuarto mientras a él le dejaban 36 minutos.

José Luis Rodríguez Zapatero dejó a Petit, volvió a Keynes, se olvidó de Richard Florida, de los izquierdistas de caviar que le hacen perrerías líricas, de las clases creativas y de las greguerías identitarias de Souso; adoptó el tono Solbes, el de la socialdemocracia europea y el Estado de Bienestar. Ante 420 periodistas y los telespectadores que esperaban el desenlace de la agonía de La Más Grande, aquel cándido, candoroso, incierto, inescrutable, imprevisible político de otros tiempos, «padre de todas las incertidumbres», según le definió ayer mismo Rajoy, salió airoso del debate. Ya saben la historia de Bambi, primero se hizo con el liderazgo del PSOE. Me dijo un compañero: «Jamás traicionó a la izquierda, como sus anteriores compañeros». Ahora, si no le estalla ETA en las manos, a lo tonto me lo bailo, se dirige a la mayoría absoluta. Ya tenemos presidente, comentó uno de los suyos. Otros dijeron que el discurso del presidente fue triunfalista e irreal, sectario e inconsistente, pero hay gente que le vio más presidente que nunca o por fin presidente.Habló a la España real, no a las musas de la progresía. Ya no imita en el espejo a Felipe González. Cuenta Abad que cuando el anterior presidente fue a visitarle a Doñana encontró a Zapatero rodeado de sus paisanos, vecinos, tíos y primos de León, y ante la visita intempestiva de Felipe y sus quejas, ZP tuvo que recordarle que el presidente era él. Al irse Felipe, comentó: «Sólo faltaba el guardabosques».

Lo vimos como a un político seguro de sí mismo. Fue cantando los milagros de su gestión, más de 2.000 empleos al día, una renta per cápita que avanza mejor en estos dos años que en la última etapa de su Gobierno. «Crecemos más que nunca en la Historia».«Tenemos una economía más sólida, con más bienestar social, que cuando llegamos al Gobierno». Y a continuación empezó a castigar el hígado de Mariano: que España se rompe no era verdad, su partido mendiga en Cataluña, anunció catástrofes que luego no han sucedido, pronosticaron que volvía el paro, el despilfarro y la corrupción y no se han cumplido las predicciones. «Se le ha desmoronado el discurso, aquí no manda Carod-Rovira como usted anunciaba».En algunos momentos estuvo cruel, como cuando calificó como cantinela su denuncia del Pacto del Tinell. «¿Quién le ha hecho ese discurso?», preguntó en plan sobrado. Se vengó dialécticamente de las campañas organizadas para convencer a los ciudadanos de la España rota.«La mentira cae por sí sola, señor Rajoy».

Luis de Grandes resumió así la actuación de Zapatero: «Es el mundo feliz de Huxley».

Mariano Rajoy estuvo como siempre solvente, cartesiano, racional, pero tal vez olvidó que después del diluvio universal a los hombres no les gustan los profetas de la catástrofe, ni los que anuncian cataclismos. Es muy fácil ensanchar el partido de los descontentos y Mariano Rajoy ofreció datos pavorosos sobre la inmigración: por cada inmigrante que se juega la vida en un cayuco, entran 100 por el Pirineo; el año pasado llegaron unos 7.000 inmigrantes a las costas canarias y entraron 700.000 por la frontera francesa; en este momento hay en España más de 1.300.000 personas en situación irregular. «Ante ese problema usted sólo pone parches». Estuvo contundente en una enmienda a la totalidad cuando dijo: «Expresiones como no saber a qué atenerse, a dónde vamos, en qué manos estamos, qué va a pasar en este país son ya moneda corriente en España y expresan incertidumbre. Así está la Nación, señorías. Los españoles no saben a qué atenerse. Éste es el resultado de la gestión del señor Rodríguez Zapatero: incertidumbre sobre nuestra situación, incertidumbre sobre nuestro futuro político y económico».

Después del mano a mano, Mariano pidió, ya tarde, el sobrero, un nuevo debate monográfico sobre inmigración, inseguridad y política exterior, a lo que el imprevisible Zapatero contestó con engañosa humildad: «Yo siempre he aceptado las reglas sin quejarme de nada».

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