El Debate sobre el Estado de la Nación en su apartado central, el cuerpo a cuerpo entre quien gobierna y quien aspira a gobernar, resultó pesado e innecesariamente exhaustivo. Rodríguez Zapatero enterró a Mariano Rajoy con paladas de datos y Rajoy no encontró la forma de salir de la encerrona, salvo en cinco minutos de tardía lucidez. Los últimos de su debate bilateral con el presidente del Gobierno.

Además, el cruce más esperado del día resultó poco lucido, desde el punto de vista dialéctico. Esto no es nuevo. Si Zapatero y Rajoy fueran dos genios de la oratoria parlamentaria ya se sabría. En este tipo de esgrima el caché del líder del PP siempre estuvo más alto, pero ayer no tuvo su día.

Rajoy empezó fuerte en el espinoso asunto de los eventuales tratos del Gobierno con ETA, en los que maneja una argumentación muy sólida y muy cercana al sentir de los ciudadanos. Pero Zapatero no entró al trapo y él no quiso volver a soltar el toro. Fue una reacción deliberada. Por no inducir en su adversario una nueva acusación contra el PP sobre uso partidista de la política antiterrorista. Total, que dejó a su gente con la miel en los labios y las ganas de sacarle los colores al Gobierno.

En todo lo demás, la impresión es que durante toda la tarde el presidente fue por delante, salvo en momentos muy puntuales. Como cuando Zapatero incurrió en el imperdonable patinazo de insinuar que CiU gobernará en Cataluña después de las próximas elecciones autonómicas.

Hubo otro momento con brusca y ocasional inclinación de la balanza del lado de Rajoy. Fue en su última intervención, en turno de dúplica, al filo de las siete de la tarde, cuando ya habíamos levantado acta de su derrota a los puntos. Después de una anterior intervención en la que estuvo inesperadamente torpe y a punto del KO -su destemplada discusión con el presidente de la Cámara, Manuel Marín, sobre el uso de los tiempos-, Rajoy se vino arriba y estuvo brioso, torrencial y brillante.

El líder del PP, probablemente consciente de que se le estaba escapando entre las manos una excelente oportunidad de afianzar su liderazgo en el partido, con un vigor no exhibido hasta ese lance de la sesión, ametralló a Zapatero con una interminable sarta de preguntas certeras sobre los no pocos asuntos por donde hace aguas la embarcación del Estado. Preguntas directas que daban en el clavo y no la enésima pedrada contra la falta de "una idea de España" y de "un proyecto político", que se rompieron ayer de tanto usarlas.

Pero, ya digo, era la última intervención de Rajoy y la fatiga empezaba a reinar en el hemiciclo y en las tribunas. Ya estaba todo el pescado. Por tanto, el subidón de Rajoy pareció el canto del cisne. El balance ya era inamovible. A favor de Zapatero. En mi opinión, claro.