Uno de los aspectos más decepcionantes de la prensa consiste en su incapacidad de urdir relatos coherentes con los retazos de las noticias de actualidad. Ante el poder deslumbrante del titular -convertido en fetiche- retroceden todas las demandas de prosecución y búsqueda. El argumento nunca acaba de formarse.
¿Qué pasa hoy en Chechenia? ¿Cómo siguió la trama de la guerra en Afganistán contra los talibán? ¿Qué sucedió y sucede en Sudán? ¿Cómo han ido cicatrizando las trágicas heridas de la castigada sociedad africana tras los terribles genocidios de Ruanda y Burundi? ¿En qué situación se halla hoy la provincia mexicana de Chiapas, en la que ejerce su poderosa influencia la figura del Comandante Marcos? Preguntas a las que los medios de comunicación de masas responden apenas, o de manera insuficiente. Hay que esperar, como sucede con el río Guadiana, a que una nueva noticia nos ponga al día respecto a la elipsis temporal -o a las páginas en blanco- entre una y otra emergencia.
Expresiones que durante un tiempo parecen designar un consenso aceptado comienzan, de pronto, a escasear. Términos que en un momento dado se vuelven obsesivos, generalizados, dominantes, de pronto desaparecen del vocabulario de reporteros y comentaristas, o de columnistas y articulistas de opinión.
Hace ahora tres años, en los tiempos del gran ejercicio aéreo de Estados Unidos contra el régimen iraquí de Sadam Husein, todo el mundo hablaba de El Imperio. Hoy nadie parece acordarse de esa expresión. Parecía entonces que todos habían quedado convencidos y deslumbrados por el título de un libro de Antonio Negri titulado Imperio. No fueron seguramente muchos los que se aventuraron a leerlo. Algunos más, quizás, los que consultaron la solapa del volumen, o que simplemente se dejaron convencer por su impactante título.
El libro giraba sobre el nuevo capitalismo de la era postmoderna, marcado por la hegemonía de la revolución informática, y por lo que ha venido en llamarse globalización. Pero con el fin de revelar las miserias y debilidades de la vieja Europa se peraltaba de manera poco disimulada la naturaleza imperial de Estados Unidos.
Culminaba ese libro un encadenamiento de fascinaciones intelectuales europeas (especialmente francesas) de la pasada década sobre ese mundo americano, asumido y alabado sin ningún sentido crítico.Como por ejemplo el texto titulado América de Baudrillard, o productos postmodernos semejantes.
En todas partes se comenzó a hablar del Gran Imperio. Se ponderaba de manera unánime la fortaleza extraordinaria y la salud de un Imperio capaz de aunar un vigor económico sin competencia posible con una incalculable trama militar, más una tecnología avanzadísima y una tremenda cohesión territorial; y sobre todo con una forma política de probada tradición democrática que podía dar lecciones al resto de los países, e imponerse como modelo en todo el mundo con plena legitimidad, y con la impunidad que ésta pudiera proporcionarle.
Se llegó a comparar su situación única, sin competencia, en puro monopolio de poder, a la que gozó el Imperio Romano durante algunos siglos. Y se solía señalar, como gran contraste, su marcada diferencia con los imperios de la modernidad, del renacimiento a nuestros días, que siempre fueron de vida breve, flor de un día. O que tuvieron sus vertiginosos auges y sus irremediables derrumbamientos en lapsos de apenas uno o dos siglos. Así se pudieron suceder el imperio español, el otomano, el austrohúngaro, el francés, el británico, o el efímero imperio pangermánico de Hitler, o la Rusia zarista y la soviética. Este Gran Imperio Norteamericano era algo distinto, superior, incomparable.
Hoy nadie abunda en esas expresiones admirativas. Ha bastado que el conflicto bélico iraquí, que parecía un paseo militar, descendiese del cielo a la tierra, o trocase el combate aéreo por la ocupación del territorio, para que una vez más se convalidaran las consideraciones de Carl Schmitt respecto al nomos de la tierra, o la necesidad de apropiarse, palmo a palmo, de ésta con el fin de cantar victoria en el mundo de la guerra.
El Gran Imperio, de pronto, se empantanaba en donde menos podía imaginarlo, por más que algunos preveíamos ese final poco feliz de manera inexorable. Ni la más poderosa tecnología de la guerra aérea exime -hoy por hoy- de una ocupación de ese nomos de la tierra que es la que termina por marcar, por lo que puede verse, su férrea ley.
Estados Unidos no superó la prueba, la única prueba: la misma que le condujo a una ominosa derrota en Vietnam. En el desierto iraquí y en sus ciudades, o entre las comunidades siempre en conflicto que configuran el peor zurcido de todos los estados nación existentes (puro remiendo chapucero del más estrepitoso escarnio de la descolonización británica), Estados Unidos enterraba, al parecer de manera definitiva, sus pretensiones de encarnar en solitario la forma imperial, o su anhelo de constituirse, en singular, como El Imperio.
A partir de ese tremendo fracaso -tan previsible como ganado a pulso por una administración incompetente y aquejada de hybris- ya no habría esquema imperial mundial. El mundo de la globalización, según se le llamaba a nuestro mundo en los petulantes diagnósticos de los años 90, a los que hoy hemos de introducir rebajas, ya no iba a proclamar un único estado-nación (Estados Unidos) como el que encarna en solitario la voz de mando del Imperio. Se revelaba la contradicción existente entre el concepto de estado-nación y el de Imperio. Un estado-nación de tan marcado carácter como Estados Unidos no podía ser adalid imperial de ningún tipo. Era, simplemente, una potencia nacional preponderante. Nada más.
Se ha ido dibujando, en consecuencia, lo que desde principios de los 90 muchos señalábamos: la emergencia, después del esquema bipolar (Terra y Anti-terra, en términos de Vladimir Nobokov), de un mundo de múltiples centros de poder o de importantes focos de dominación: Europa, Rusia, China, India, el complejo mundo islámico, Brasil, México, Estados Unidos. Estos podían aspirar, como máximo, a la condición indiscutible de primum inter pares.
Después de la ominosa derrota de Irak debe decirse que ese mundo policéntrico es la regla, no la excepción. Dentro de sus límites europeos también fue policéntrico el mundo que surgió tras la Paz de Westfalia, sobre todo durante el siglo XVIII (el de la Guerra de los Siete Años, por ejemplo). O el propio del siglo XIX, pasada la fugaz invasión napoleónica, semejante en su extensión de dominio por toda Europa a la que siglo y medio después consumaría también in ictu oculis, en un abrir y cerrar los ojos, el más efímero de todos los grandes imperios: el hitleriano.
No era, por lo tanto, comparable ese pretendido Imperio Americano, del que con tanta admiración se hablaba hace ahora muy pocos años, con la situación casi solitaria del Imperio Romano de los primeros siglos de nuestra era (y dentro de los límites del mundo mediterráneo y del Oriente Próximo).
Hoy el mundo se ha vuelto terráqueo, global. Con frecuencia, hace algunos años, era de rigor comparar lo que Roma significaba en la Antigüedad Tardía a lo que Estados Unidos protagonizaba en nuestro tiempo. Norteamérica era el indiscutible líder de ese mundo de la globalización del que tanto se hablaba (generalmente sin excesiva reflexión).
En algo se asemeja, sin embargo, aquel mundo imperial romano al que tiene en EEUU su potencia hegemónica. También ha sido y es su destino hallar, frente a sí, el mismo enemigo declarado.Idéntico hostis imperial. Ambos se hallan -o se hallaron- frente al mismo poder alternativo: el mundo persa, iraní.
El imperio sasánida iraní fue el único núcleo de poder que se permitió desafiar, de manera continuada, al Imperio Romano a partir del siglo segundo. Y a su prolongación oriental en Bizancio hasta la invasión del Islam.
Irán mantuvo en toda circunstancia una personalidad acusada.Desde sus orígenes, al establecer su propio marco de revelación religiosa (a partir de un común fondo cultural próximo al mundo de los Vedas), a través de la religión mazdeísta, de la reforma zaratustrana, de sus revisiones zervanistas, o de religiones gnósticas universales como el emergente maniqueísmo. Quizás fuese en Irán donde por vez primera surgió un verdadero monoteísmo (cierto que con latentes tendencias dualistas). Sólo con el único y ambiguo precedente de la efímera revolución de Akenakhton en Egipto.
O en el plano político, ya desde la antigüedad, a través de la instalación del primer gran imperio universal de la zona mediterránea y del Oriente Próximo, con los grandes emperadores Ciro, Cambises, Darío, Jerjes, hasta los arsácidas de comienzos de nuestra era, o los sasánidas entre los siglos tercero y sexto (los Artajerjes, los Cosroes). Y lo mismo en la época renacentista, en que una revolución chiíta se hizo con el poder del país. O en la reciente revolución islámica, también chiíta, que todavía domina este país siempre influyente, poco conocido en Occidente, de una acusadísima personalidad política, religiosa y cultural.
Dentro del Islam generó una cultura filosófica, científica y literaria extraordinariamente rica, con figuras excepcionales en el terreno de la filosofía como Avicena o Shorawardi. Y sobre todo marcó sus distancias con las metrópolis islámicas al orientarse en el ámbito religioso, desde muy temprano, hacia la disidencia herética del chiísmo duodecimal, que llegó a constituirse en poder gobernante a partir del Renacimiento (a través del Renacimiento Safawí), y que desde entonces hasta hoy mismo ha tenido una importancia extraordinaria en la vida social, política, cultural y religiosa de Irán.
Hace algunas semanas pareció que el apremio militar norteamericano, no escarmentado de sus fracasos iraquíes, podía albergar ideas bélicas en relación al actual régimen iraní, polarizado cada vez más hacia posiciones intransigentes de involución religiosa y política (en una sociedad con verdaderos deseos de apertura y de secularización). Podía parecer que Estados Unidos no estuviera interesado en ningún sentido en facilitar esa demanda generalizada de la sociedad iraní de tolerancia, apertura y derrota de un poder afincado en bases teocráticas sacerdotales. O que prefiriese mantener ese régimen intransigente, que por supuesto un ataque norteamericano únicamente contribuiría a reforzar.
Parece que los anhelos bélicos de una administración norteamericana obsesionada por la guerra y por el petróleo han sido provisionalmente aparcados. Cualquier iniciativa en esa dirección, tendente a dar la razón a quienes más interesados se hallan en suscitar ese conflicto, provocaría, sin duda alguna, un gigantesco paso hacia un mundo cada vez más frágil y vulnerable.
La dialéctica de la seguridad está guiada por una ciega ironía trágica. Cuanto más se endurece la política policial y militar, hay más riesgo de que los conflictos se hallen prestos a estallar, especialmente en esa parte del mundo en la que el petróleo -y los monoteísmos más radicalizados- son preponderantes. La obsesión política por la seguridad termina generando al final un marasmo de desprotección, violencia y horror generalizados.
Por esa razón, es de alabar que las urgencias belicistas de la gran potencia norteamericana se hallen -de momento- apaciguadas.Esperemos que, por una vez, venza la sensatez sobre ese gran vicio de todos los políticos que consiste siempre en lanzarse hacia aventuras imprevisibles con el fin de esconder, mediante avances ciegos hacia lo ignoto, la precariedad de su situación.
Eugenio Trías es filósofo y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.
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