Recuerdo a Angel Vázquez en el madrileño Oliver de los años 70, que nada tenía que ver con el actual. Me lo presentó Emilio Sanz de Soto, que fue mi iniciador en tantas cosas tangerinas. Emilio sabe tratar a las personas difíciles, y Angel Vázquez, estupendo escritor perdido, lo era.
Permanecía muy callado en aquellas reuniones divertidas, fumando y bebiendo, protegido por sus gafas de muchas dioptrías. Era Premio Planeta de 1962, con una novela (también ambientada en Tánger, su ciudad natal) titulada Se enciende y se apaga una luz, pero vivía en una humilde pensión. Un día -al final de 1976- me regaló un ejemplar de su recién aparecida La vida perra de Juanita Narboni, una magnífica novela que (mea culpa) yo no leí entonces, pues pese a los buenos consejos de Emilio, el silencioso Vázquez no me cautivó en vida. Como suele ocurrir tan a menudo, y tristemente, lo valoré cuando ya había muerto. Con mala conciencia, leí La vida perra... También Eduardo Haro Ibars -que en Tánger había sido adolescente- quería mucho a Vázquez, autor de una gran novela sobre un mundo y un habla (el español mixto de los tangerinos, jaquetía, me parece que lo llamaba Emilio) que, como aquel mundo plural y abierto, se ha perdido.

Ya muerto Vázquez (que poco o nada gozó de su éxito) en 1981, Javier Aguirre llevó por vez primera al cine La vida perra de Juanita Narboni -la tangerina española, con pasaporte británico, hija de gibraltareño y andaluza- con una estupenda Esperanza Roy bordando los monólogos intimistas de la solterona. Ahora, la marroquí Farida Benlyazid ha vuelto a llevar la novela al cine, de muy distinta manera. La actriz (que yo no conocía) Mariola Fuentes también está soberbia en el papel, pero la película -de bajo presupuesto- retrata bastante más la vida y la calle de aquel Tánger, donde no sólo vivía Paul Bowles y pasaban tantos escritores y pintores buscando el pecado grato, sino que también lo habitaba una burguesía media, que con absoluta naturalidad mezclaba lenguas y culturas: español, francés, inglés, árabe coloquial, y, desde luego, las tres religiones -hubo muchos judíos, aún hay una sinagoga- además de la ausencia de religión.

Cuando dejé de ir a Tánger -iba a menudo entonces-, de aquel mundo apenas quedaba nada. La marroquización había dado sus frutos.El internacionalismo -parece- se lleva mal con el nacionalismo.

La película de Farida es muy digna, pero se nota la baratura del proyecto. Mariola Fuentes, en cambio, es la perfecta levantina de una clase media que se hunde. Ella (Juanita) es, al fin, el viejo Tánger. Arrastrando sus tacones rotos y su miseria digna por la antaño glamourosa ciudad, es una mujer que ya no tiene patria en su patria misma. Drama muy siglo XX, su mundo se ha perdido, no tiene dónde. (Como Celan, como Sándor Márai, como Rilke). ¿Porqué no vuelven las ciudades internacionales? Yo viviría en una de ellas. Angel Vázquez fue español de Tánger, no español a secas. Y Cioran el filósofo nunca se hizo francés, pese a vivir en París y escribir en esa lengua. Consiguió de la ONU el pasaporte de apátrida. Todo un lujo. ¿Qué hay que hacer para conseguirlo?

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