La Coctelera

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1 Junio 2006

El Debate sobre el Estado de la Nación y el estado del presidente que nos gobierna, de Jesús Cacho en El Confidencial

En algunos pasajes de su discurso, José Luis Rodríguez Zapatero recordó ayer al Borrell de aquel memorable Debate sobre el Estado de la Nación, 12 de mayo de 1998, que dio con sus huesos en tierra, enredado en el uso y abuso de cifras y datos macroeconómicos. Y no deja de tener gracia que el que quizá sea el presidente menos versado en la materia de los habidos en democracia, se refugie en la economía para solventar el trance, aunque naturalmente no es una casualidad. Muy al contrario, se trata de algo que pone en evidencia lo poco que puede presumir Zapatero en otros campos alejados de los números, asunto llamativo de nuevo, puesto que la Economía transita por el sendero del crecimiento en que la dejó instalada el Gobierno Aznar.

El señor Zapatero es un tipo con suerte. La España ideal, el mundo feliz que ayer volvió a vender a los españoles desde la tribuna del Congreso sigue contando con el viento a favor de una situación económica boyante, cuyo ciclo puede alargarse cómodamente hasta el momento en que comiencen a manifestarse los primeros síntomas de agotamiento del modelo, seguramente para el otoño de 2007, que es cuando ZP podría estar pensando en disolver las Cámaras, como el pasado lunes informaba este diario.

De momento, el Estado terminó el mes de abril con un superávit de cerca de 17.900 millones de euros, es decir, el equivalente al 1,86% del PIB. Una cifra realmente espectacular, envidia de media Europa o quizá también de la otra media, que va a permitir a Zapatero regar adecuadamente con subvenciones, desgravaciones y dádivas de todo tipo a jóvenes y mayores, músicos y filósofos, bomberos y tractoristas. El dinero le sale al Fisco por las orejas, y el Gobierno ZP va a aprovechar la coyuntura para macerar adecuadamente al votante y recoger la cosecha en las próximas generales.

El de Zapatero de ayer fue un discurso triunfalista hasta la extenuación, que lógicamente ignoró el hecho de que su Gobierno no ha tomado ninguna medida importante destinada a mitigar los desequilibrios sobre los que se asienta nuestro modelo de crecimiento y que, más pronto o más tarde, con Gobierno socialista o popular, terminarán por salir a flote con las consecuencias que son de prever.

La situación de abundancia está permitiendo a ZP abordar los movimientos orquestales en la deconstrucción de España sin tener que preocuparse del impacto que una crisis económica, o su simple barrunto, tendría sobre el plácido sueño de la anestesiada sociedad española. Discurso, pues, plena y básicamente de cifras y porcentajes, cuando el problema de España no es económico, no es de números, y no lo es desde hace 10 o 12 años, que el problema es simple y llanamente político, lo cual es todo un indicio de la falsedad, de la ambigüedad calculada en la que se mueven los objetivos finalistas de la política de Zapatero.

De deshacer el engaño se encargó Mariano Rajoy, cuando en un momento de su discurso dejó a un lado los abalorios para “situar el debate en lo que a mí me parece que es el genuino estado de la Nación”, es decir, para entrar a matar: “Sea porque el señor Zapatero vive cautivo de los nacionalistas, sea porque piense que así perjudica más al PP, sea por lo que fuere, lleva dos años intentado desbordar el dique de la Constitución y desfigurar eso de lo que ahora estamos hablando: la Nación”.

Desbordar la Constitución y desfigurar la Nación. Las dos ideas que resumen mejor que un grueso tratado la acción de Gobierno de un presidente que, ante la sorpresa y consternación de los viejos barones del PSOE, empezando por el mismísimo Felipe González, ha decidido ponerse al frente del batallón de derribos de la España consagrada en la Constitución de 1978, para sustituirla por algo tan distinto como difuso, tan incierto como arriesgado.

Lo escandaloso de la situación y, si me apuran, lo antidemocrático, es que Zapatero “no nos ha explicado qué se propone, no sé si porque no lo tiene claro o porque lo tiene tan claro que no se atreve a confesarlo”, como ayer aseguró Rajoy. Que se sepa, el señor Presidente no ha sometido a consulta de los españoles su plan de desguace disimulado de la Constitución del 78, porque en ese caso, en caso de que una mayoría de españoles hubiese dado su visto bueno a tal propuesta, el resto no tendría más remedio que resignarse y aguantarse.

Esta es la clave del arco que hace particularmente odiosa la situación para millones de españoles que contemplan impotentes la acción de un Gobierno decidido a primar la España de las nacionalidades, la España de las lenguas, la España las etnias, la España de las Historias inventadas, la España nacionalista, en suma, sobre la España de los ciudadanos libres e iguales ante una misma Ley. Millones de españoles que ven cómo el sistema de valores, de fidelidades, de sentimientos, de afectos colectivos, por el que se ha regido esta sociedad en las últimas décadas, incluso en siglos, es de pronto arrojado al cubo de la basura como un yogur pasado de fecha.

Es evidente que el gran logro de Zapatero es el de haber sembrado la discordia entre los españoles, cosa de la que ayer le acusó Rajoy. Discordia, incertidumbre y ausencia de certezas. Aquí y ahora no se discute si un Gobierno de izquierdas gasta más o menos en educación y sanidad que uno de derechas; aquí, caso insólito en Europa, se discute si la España que hemos conocido va a quedar convertida en una antigualla en los libros de Historia.

Ayer, el líder del PSOE acusó a Rajoy de no haberle planteado “ni una sola propuesta”. Acertó en lo que a él respecta, pero erró en la mayor, porque el líder del PP realizó una propuesta, tan simple como luminosa, dirigida a los españoles: la propuesta de cambiar de Gobierno mediante el voto, para elegir a otro “que haga las cosas como es debido, que encierre la discordia, se tome en serio las cosas serias y nos haga recuperar la confianza”.

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