Dionisio Ridruejo ajustó su conducta, y sus actos, a una honestidad intelectual que gobernó su pensamiento en los convulsos años de la II República. Este impulso no vio mermada su razón de ser con el triunfo del bando nacional en la contienda del 36, ya que el triunfo de los suyos no significó, para él, una claudicación de los preceptos falangistas en beneficio de las premisas del Movimiento. Ridruejo se mantuvo leal a los planteamientos dictados por José Antonio Primo de Rivera, una doctrina fundada en el anticapitalismo y el antimarxismo, en una apuesta por un régimen sindicalista frente a un parlamentarismo de partidos electos y en una moral católica tradicionalista con la que se pretendía alcanzar un ideal de justicia social. Los falangistas proclamaban consignas como: «¡Que desaparezcan los caciques de la industria, del campo y de la banca». Sin embargo, el final de la guerra civil supuso, para Ridruejo, el comienzo de una angustiosa travesía por las dudas y sobresaltos ideológicos que la actuación de los vencedores sembró entre quienes, como era su caso, habían apoyado y forzado la implantación de un nuevo estado dirigido a recomponer el rumbo nacional, pero que terminaría convirtiéndose en una autarquía cesarista, de culto fascista al líder, una dictadura violenta que tendía a las prácticas represoras y de aniquilación del contrario y del disidente. Ello no cuadraba con la voluntad conciliadora de un hombre de honda fe religiosa como Ridruejo, que no evidenció en sus poemas de combate ansias revanchistas ni rencores insalvables.

Criado en un hogar humilde de Soria, Ridruejo se formó con los agustinos de la Universidad de El Escorial mientras estudiaba la carrera de Derecho y publicaba sus creaciones juveniles en «Ensayos», la revista estudiantil de dicho centro de la que llegó a ser redactor jefe. Con todo, la forja del carácter político de Ridruejo acabaría por fraguarse completamente en Segovia, ya que en esa ciudad castellana, en la que desarrolló una intensa actividad cultural y publicó su primer poemario el año antes de estallar la guerra civil, va a trabar relación sentimental con una mujer de familia aristocrática, que será la que le introduzca en el círculo dirigente de Falange Española, una formación creada en octubre de 1933 en la que Ridruejo había ingresado ese mismo año con 21 años, y cuya ligazón con el mismo se verá acentuada y potenciada por la fascinación hipnótica que ejerció sobre él la personalidad de su artífice, José Antonio Primo de Rivera, al que conocerá en 1935 en la Granja de San Ildefonso. Tras este encuentro, su carrera dentro de la nueva organización va a crecer como la espuma: Ridruejo será nombrado jefe de Falange en Segovia primero, y en Valladolid después, una vez iniciada la contienda bélica. Cuando la guerra se encuentre en pleno apogeo, el gobierno paralelo de Burgos va a hacerle director general de Prensa y Propaganda.

Nada más terminar la guerra, en la que no luchó en primera línea, Ridruejo encabezará, desde su alto cargo, la botadura de la revista más emblemática de los primeros tiempos de la dictadura: «Escorial», y con su fundación se intentaba la integración más que el exterminio del contrario. En el editorial del primer número de «Escorial», probablemente escrito por su director, Dionisio Ridruejo, se buscaba la reconstrucción espiritual e intelectual de España, se aspiraba a una integración más que al exterminio o ninguneo del adversario. Se hacía un llamamiento para que, en torno a la revista, «pudieran congregarse y mostrarse algunas muestras de la obra del espíritu español no dimitido de las tareas del arte y la cultura a pesar de las muchas aflicciones y rupturas que en años y años le han impedido vivir como conciencia y actuar como empresa». En el editorial se hablaba constantemente de revolución y de unidad de la patria, y se abogaba muy claramente por huir del maniqueísmo y los ditirambos: «No pensamos solicitar de nadie que venga a hacer aquí apologías líricas del régimen o justificaciones del mismo». Los objetivos de «Escorial» no podían ser más conciliadores, teniendo en cuenta la fecha en la que nos encontramos, noviembre de 1940, porque se quería poner a investigadores, creadores y eruditos «en comunicación con su propio pueblo y con los pueblos anchísimos de la España universal y del mundo que quieran reparar en nosotros». Se indicaba que «Escorial» quería «ser un arma más en el propósito unificador y potenciador de la Revolución y empujar en la parte que nos sea dado a la obra cultural española hacia una intención única, larga y trascendente, por el camino del enraizamiento, de su andadura cohonestada». E iba más lejos, porque apuntaba también que entre sus finalidades estaba la de «traer al ámbito nacional -porque en una sola cultura universal creemos- los aires del mundo tan escasamente respirados por los pulmones españoles, y respirados sobre todo a través de filtros tan aprovechados, parciales y poco escrupulosos». Con semejantes mimbres, donde es fácil rastrear un aperturismo en el que se reunieran las distintas concepciones latentes en la sociedad, no es de extrañar que Ridruejo y los falangistas puros acabaran chocando con la carcundia más obsoleta del Régimen, y que terminara sucumbiendo el empeño inicial de Ridruejo, pasando éste de poeta oficial del nuevo sistema a escritor depurado y hombre bajo sospecha, lo que le llevará primero al confinamiento, luego al destierro y, por último, a la cárcel, la persecución y el ostracismo. Casi parecía una maldición que el escritor llevaba en su nombre, pues el apellido Ridruejo procede del término «redrojo», que es el racimo pequeño al que los vendimiadores no prestan atención y que, en consecuencia, dejan de recolectar.

No creo que sea irrelevante, sino todo lo contrario, recordar que en ese primer número de «Escorial» Ridruejo hace una reivindicación nada menos que de Antonio Machado, el poeta protegido por el Frente Popular que acababa de morir en Colliure el año anterior y que tan duras recriminaciones había dirigido al bando en el que durante la contienda militó Ridruejo. Éste declara en un momento dado del rescate que lleva a cabo de Machado que, aunque «en la misma guerra escribía sus artículos o sus versos contra nuestra causa, nosotros, obstinadamente, le hemos querido, le hemos considerado (É) nuestro y sólo nuestro, porque de nuestra causa era España y sólo de España podía ser el poeta que tan tiernamente descubrió (É) su geografía y su paisaje real y que cantó su angustia y su náusea, su alma elevada, trascendente, amorosa y desnudamente severa». No procede, pues, catalogar a Ridruejo de intransigente o revanchista.

José Luis Campal es filólogo y miembro del RIDEA.