En cierta ocasión, y después de aquel durísimo Debate del Estado de la Nación en el que Aznar solto aquello de “¡váyase, señor González, váyase!”, un destacado dirigente socialista me dijo algo así –no es literal-: “Los Debates del Estado de la Nación están hechos para que los gane el Gobierno, haga lo que haga. El líder de la oposición sólo lo puede ganar por ko, por una derrota total del adversario. Aznar ha ganado este debate”. No le faltaba razón. La estructura del Debate no considera igual al líder de la oposición que al presidente del Gobierno, y desde ese punto de partida con el que se margina a quien ostenta la condición de alternativa –y esto vale igual esté quien esté en el poder-, sólo caben dos opciones: o bien el que oposita se lanza a la yugular del adversario, o bien el adversario se revuelve y, en condiciones normales, hace justo lo contrario. No hay victorias por puntos, ni gloriosas remontadas: sólo vale la derrota sin paliativos del que se examina. Dicho así, suena duro, dramático, pero es la política que no deja de ser otra cosa que el arte de lo imposible. Y debe ser así porque luego entran en juego las subjetividades que hacen que incluso quien yace en el suelo herido por la dialéctica del contrario, aparezca a los ojos de los suyos como un gladiador triunfante.

Rajoy no venció por ko a Rodríguez en el debate del martes. Es verdad que él mismo se metió en un charco complicado discutiendo con el inefable Marín sobre los tiempos, y que eso alteró su primera réplica, y que, como bien escribía ayer mi compañero Antonio Casado, se creció en la segunda, pero ya daba igual. Y daba igual porque la estocada de muerte hay que darla en la intervención inicial: es ahí donde el líder de la oposición tiene no solo que demostrar su superioridad, sino arrinconar al jefe del Gobierno para impedir que pueda revolverse en la réplica. No lo hizo Rajoy, es cierto. Pero no hacía falta. Me explico. Ayer cundía un notable desconcierto en las filas del PP. Son muchos, entre los dirigentes de segunda fila del partido, los que no ocultan una cierta desazón después de ver cómo Rajoy, en palabras de alguno de ellos, dejaba “escapar vivo” a Rodríguez del debate, dejando pasar la oportunidad de hundirlo con asuntos como el de la negociación con ETA, el 11-M, o entrando a saco en todos esos temas en los que la deriva del país es incierta y peligrosa. No les faltaba razón y, sin embargo, precisamente por ello la intervención de Rajoy tenía un sentido de superioridad, de hombre de Estado llamado a gobernar el desastre que deja Rodríguez, y que en aras de esa necesaria victoria electoral está obligado a ser generoso y no hundir a su contrario en la miseria de sus propias veleidades.

La primera intervención de Mariano Rajoy podía haber sido demoledora -y lo fue, de hecho, en el trasfondo de su discurso-, pero es verdad que Rajoy dejó a un lado la ironía con la que, en otras ocasiones, ha descalificado la política errática de Rodríguez, las enormes estupideces con las que ha llenado de carcajadas las legaciones diplomáticas extranjeras, sus excesos, sus frasecitas sacadas de un cocktail de sentencias de Tagore y Mr. Bean, su, en fin, política basada en la nada más absoluta y el desmoronamiento moral de la sociedad. Por el contrario, Rajoy incidió allí donde Rodríguez puede ser más vulnerable de cara a una opinión pública sumida en un notable escepticismo y, sobre todo, de cara al propio electorado socialista: la quiebra absoluta del modelo de sociedad, el retroceso de las libertades y de la igualdad, la siembra de cizaña e incertidumbres sobre el futuro de todos. El problema de una situación como la actual, en la que el país navega sin rumbo bajo la dirección de un presidente del Gobierno que a cada gesto y a cada paso que da muestras de una creciente ambición totalitaria y un absoluto desprecio por los derechos y las libertades de los ciudadanos, es decir, por el Estado de Derecho y por la Democracia, es que exige que la gestión de la misma se lleve a cabo con una enorme prudencia, con una elevada altura de miras, con visión de Estado y con generosidad, porque en el momento en el que Rajoy tenga que asumir la responsabilidad de Gobierno, debe concitar el mayor grado de apoyo social posible.

Probablemente Rajoy podía haber machacado, dicho en términos coloquiales, a Rodríguez en el debate del martes. No le faltaban razones para hacerlo. No hay ni un solo tema de política general en el que camine por la dirección correcta. El declive es brutal y el desmoronamiento moral y ético, imparable. En esas circunstancias, y es algo que ya he repetido en anteriores ocasiones, la sociedad necesita un liderazgo diferente, muy firme, pero muy generoso, y capaz de lograr ese contrato social que le permita afrontar las reformas necesarias para regenerar la Democracia y evitar, en el futuro, que se puedan a volver a dar pasos en la dirección de los que estamos dando ahora. Rajoy hilvanó el martes un discurso idealista, un llamamiento a la cordura, un grito de libertad dirigido allí donde él quería que se escuchara. Si la situación fuera normal, Rajoy sólo debería sumar votos para ganar las elecciones, pero en una sitación en la que peligran los fundamentos de nuestra convivencia en libertad, Rajoy debe sumar voluntades a un proyecto de salvaguarda de la Democracia y el Estado de Derecho. Y, es verdad, eludió discutir sobre ETA: no hay mayor humillación democrática que la negociación con los terroristas y los enemigos de la libertad... y, sin embargo, Rajoy debe esperar el momento adecuado para enfrentar a Rodríguez ante su propio destino y ante la Historia, como el hombre, el político, que conduce de nuevo la nave de España hacia la peor de sus pesadillas al tiempo que estrecha las manos ensangrentadas de los asesinos. Y ese momento no era el pasado martes.