Voltaire fue un espadachín de la palabra, que retó, peleó, o descabelló a múltiples enemigos: el fanatismo, la pedantería, la ignorancia, el dogmatismo o la injusticia. Fue un gran escritor que utilizó su ingenio para defender sus ideas. Supo, como su antecesor Erasmo, que la risa es un arma mortal, un argumento afectivo aniquilador, y la utilizó contundentemente.
Dominó la ironía, la burla, la parodia, el arte de poner en ridículo.Como era de esperar, tuvo un talento especial para ganarse enemigos, que se empeñaron en marginarle o condenarlo. En mi adolescencia, se hablaba de los volterianos como de una raza perversa y peligrosa.

Las ideas de Voltaire no suelen ser originales. No es un gran filósofo, es un agitador intelectual, un crítico, un luchador que entra de cabeza en todos los debates del siglo. Movilizó la opinión de Europa en un momento en que se estaba constituyendo el «espacio público», el «uso público de la razón», que fue la gran propuesta ilustrada. Quiso ser muy visible, lo que siempre es un peligro y puede tacharse de soberbia, pero estaba convencido de que «si algo puede detener en los hombres el furor del fanatismo es la publicidad». En una carta que escribió a D'Alambert decía: «La revolución no la harán veinte volúmenes tamaño folio, sino pequeños libros de bolsillo. Estos son los que hay que escribir.Si el evangelio hubiera costado mil doscientos sextercios, la religión cristiana no se habría extendido». A pesar de su incansable actividad, Voltaire no se hacía ilusiones. Nunca se liberó de su pesimismo: «Dejaremos este mundo tan tonto y perverso como lo encontramos al llegar». La suya fue una tenacidad desencantada, el «por mí que no quede» de muchos pedagogos más honestos que entusiastas.

«El optimismo no es sino el empeño en sostener que todo es magnífico cuando todo es pésimo». Sin embargo, la Revolución Francesa -que aspiraba a rehacer el mundo- le glorificó como un precursor, y en 1791 sus restos fueron trasladados al Panteón, en una ceremonia espectacular, una de esas monumentales liturgias laicas que fascinaban a los revolucionarios. En su sarcófago figuran dos inscripciones.En un costado: «Combatió a los ateos y fanáticos. Inspiró la tolerancia. Defendió los derechos del hombre contra la servidumbre feudal». En el otro: «Poeta, historiador, filósofo, engrandeció el espiritu humano y le enseñó que debe ser libre».

Estas dos inscripciones resumen bien lo permanente de la obra de Voltaire. Fue, ante todo un gran escritor, un hombre ingenioso, que defendió con brillantez buenas causas. Sartre decía, con razón, que el gran estilo literario francés es obra de sus moralistas.

Voltaire fue uno de ellos. Un espíritu crítico que no se escondió en un despacho, una biblioteca o una cátedra. Creyó que la filosofía es un servicio público, y salió a la calle. Estuvo en todas las trincheras de su siglo, y de ellas salió muchas veces triunfante y algunas trasquilado. Así es la vida del luchador.

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