Lo recordaba este periódico en un reportaje el 27 de mayo. Gabino de Lorenzo lleva quince años al frente de la Alcaldía ovetense. Tras dos mandatos de Masip, el ingeniero de minas que procedía de la empresa pública alcanzaba el puesto de primer edil en el Consistorio ovetense. Nadie podía figurarse entonces que su etapa como primera autoridad política de la capital asturiana llegara a ser tan larga. Tanto es así, que se puede dar por seguro que seguirá en el mismo puesto tras las elecciones que se celebren el próximo año.
Si pensamos en las elecciones de aquel mismo año para el Gobierno de Asturias, recordemos que resultó ganador, tras la retirada de la política de Pedro de Silva, el señor Rodríguez Vigil. Planes de choque de Gabino y «petromocho» de don Juan Luis. El primero transformó una ciudad, el segundo protagonizó un suceso que supuso uno de los mayores mazazos políticos que se sufrieron en esta tierra. Gabino transformó Oviedo de manera óptima para la mayor parte del electorado de la heroica ciudad, al tiempo que su estilo distaba y dista mucho de las buenas maneras y de la etiqueta vestustense, lo que no le hace perder votos entre las muy sensatas gentes del conservadurismo más militante. Así son las cosas. Se encontró Gabino las arcas municipales en muy buen estado y se encontró también con un callejero por cuyo nombre no había pasado la democracia. Y jugó muy bien sus bazas. Tuvo la suerte de que Masip apenas le inquietó en su primer mandato. Cuatro años después, don Álvaro Cuesta (creerlo), hombre muy ocupado con otras tareas políticas, aparte de haber alcanzado pactos difícilmente explicables y justificables, se fue de Vetusta sin que tras su marcha nadie se lamentase. Entonces llegó Tolivar, una esperanza para muchos, un hombre al que se le pusieron continuas zancadillas desde su propio partido, que tuvo en su momento la elegancia de dimitir y que, dígase lo que se quiera, fue un lujo desaprovechado en la política astur. Dimite el catedrático de Derecho Administrativo y el muy monárquico señor Bustillo lidera la oposición, que se debilita aún más por el hecho de que el señor Mortera se pone a sueldo de Gabino como defensor de los ciudadanos de Vetusta. Y el tal don Alberto, si la memoria no me falla, fue incluido en la lista gracias al calzador que usó en los madriles nuestro don Álvaro Cuesta (creerlo). Gabino salió reforzado en los últimos comicios. De 1999 a 2003 fue, además de otras cosas, el hombre que susurraba a los caballos.
Pensemos ahora en el año que viene. Lo más probable es que Areces repita como candidato, dado el miedo que parece tener don Javier Fernández ante la posible pérdida de su virginidad política. Parece seguro que don Ovidio Sánchez, el carisma político con gafas y flequillo, se presente por tercera vez al puesto que ahora ocupa el ex alcalde de Gijón. O sea, Gabino seguirá en Oviedo. En el Gobierno asturiano, o bien sigue Areces, o bien se pone al frente -lo que no parece previsible, pero nunca se sabe- don Ovidio, un personaje sin más discurso que una serie de topicazos rancios que no desmerecen ni a Zaplana ni a Acebes. Un hombre para quien el Gobierno socialista de Madrid es el mismo demonio. Un hombre que sólo ve en nuestra tierra un solar en el que han de edificar las buenas gentes del PP cuando vuelvan a gobernar España.
¿Qué discurso tiene Areces, además de glosar un sinfín de logros gracias a su buen hacer? ¿Qué discurso tiene Javier Fernández, además de estar en contra del Estatuto de Cataluña y de todo lo que suponga guiños a mayores parcelas de autogobierno en Asturias? ¿Qué discurso tiene el muy viajero señor Valledor, más allá de lo que son ornamentos folclóricos? ¿Qué discurso tiene nuestra doña Laura, además de su apasionado amor a la monarquía borbónica?
Asturias envejecida. Recuerdo un brillante artículo de José Manuel Ponte en este mismo periódico en el que, a propósito de una cumbre entre Touriño y Areces, decía que parecían dos presidentes de dos antiguas repúblicas soviéticas.
Asturias de la gerontocracia política. Ni se renuevan los dirigentes políticos, ni tomamos el tren de reformas estatutarias. Ni nos apuntamos a nada esperanzador.
Asturias que hace de su espacio político el recinto de una feria de ganado en la que el discurso y las formas cada vez recuerdan más al «tratu» de ganados.
Mes de mayo, fuerza primaveral, en el que comprobamos que aquí todo se enquista y nada rejuvenece, al menos en lo que a la vida pública se refiere.
Sólo nos toca apagar velas. Y sentirnos tentados, muy tentados, al voto en blanco masivo como propugnaba no hace mucho en estas mismas páginas Plácido Menéndez Arango.

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