Los defensores, de Julio L. Bueno de Las Heras en La Nueva España
Uno se podría preguntar si ciertos órganos o ciertas funciones cooperantes de las instituciones -como las ONG o el Defensor del Pueblo- son una evidencia del fracaso de las estructuras ordinarias para encarar eficazmente situaciones peliagudas, o si, por el contrario, la existencia de tales vías de emergencia ha de apuntarse en el haber del propio sistema que, consciente de su esclerosis y de su impotencia para curarla, al menos es capaz de armarse de bastones con los que adecuar su motilidad paquidérmica al tránsito por cacharrerías.
Sin salir del mundo académico es bien sabido, por ejemplo, que las fundaciones universitarias son entidades creadas para llevar a cabo, casi con la flexibilidad de la gestión privada, operaciones destinadas a abortarse o a empantanarse en los meandros de la Administración pública. Entre otros inventos de la LOU (algún que otro estafermo ha sido crudamente analizado recientemente desde estas mismas páginas), llega ahora el momento de ensayar en la Universidad de Oviedo otra figura inédita: el Defensor de la Comunidad Universitaria.
Los defensores de las colectividades, sean éstas tan amplias como la llamada «ciudadanía», sean círculos más reducidos de empleados, socios, usuarios o clientes, son órganos benefactores que -como casi todo el mundo sabe a estas alturas- tienen raíces que van de fiordos cercanos a desiertos lejanos, exhiben cierta vitola calvinista, se sustentan en una historia multicentenaria y acreditan firme implantación y respetable ejecutoria, principalmente en el mundo anglosajón. Se trata de órganos independientes, ni reñidos ni dóciles con el poder, próximos y accesibles a quienes precisan sus servicios, con incuestionable autoridad moral que compensa su falta de capacidad ejecutiva, órganos, en fin, que orientan y guían a la gente hacia los cauces reglamentarios donde tramitar sus problemas, o que les ayudan directamente a defender sus intereses frente a las limitaciones, deficiencias, desviaciones, errores o abusos de dichos procedimientos reglados. Mediadores, pacificadores, intermediarios, catalizadores, tutores, árbitros, asesores, consejeros... síndicos, justicias, valedores, comisionados, «ombudsmen»... llámense como se llamen, sean individuales o colegiados, casi es más fácil enunciar lo que no son, o lo qué no deben ser los defensores, que lo que realmente puede llegar a configurar sus versátiles capacidades, y lo variopinto de las actuaciones en las que pueden verse implicados.
En lo que se refiere a bagaje, está claro que el defensor -cualquiera que sea su género, número y caso- ha de poseer currículo coherente en tres frentes: el institucional, el personal y el profesional. Ha de tener antecedentes que acrediten su conocimiento y servicios desinteresados y eficaces a la comunidad, ha de ser una persona que haya sabido pronunciarse y mojarse en la vida académica sin, por ello, exhibir o haber causado más cicatrices que las propias de los deportes de riesgo. Ha de ser una personalidad madura, equilibrada, sensata, intuitiva, paciente, hábil, discreta, de buena voluntad, valiente y fiable. Cualquiera que sea el estamento al que pertenezca, ha de ser un profesional solvente, con la vida y la carrera suficientemente hechas para no tener que demostrar nada, ni aprovecharse de nada (ni parecerlo), pudiendo sobrevolar con imparcialidad y buen rollito filias, fobias, ambiciones personales, directrices políticas, académicas, sindicales o grupales.
A decir de los propios defensores en ejercicio, el Defensor de la Comunidad Universitaria no ha de ser ni de la cuadra del mando, ni un incordio permanente, ni un tipo fácilmente encasillable y predecible por rojete confeso o por mahón recalcitrante No es ni un orientador curricular, ni un gabinete psicológico, jurídico, de salud o de calidad, ni una oficina de apoyo al estudiante, ni una ventanilla de atención al usuario, ni un chat de reclamaciones, ni una instancia paralela o sustitutoria, ni sus ansias infinitas de paz han de hacer de él un pactista pastelero; ni paladín de féminas, ni azote de tíos (o viceversa), ni un atajo populista, ni un agente de reforma, ni un suplantador de competencias, ni un conseguidor... Pero para lograr -como ellos dicen que logran- la satisfacción de los reclamantes en un 70-80 por ciento de los casos, digo yo que los defensores habrán de ser a veces un poco de casi todo esto... y algo más. Con estatutos, reglamento y retrato robot en la mano, parece que la presentación y designación de candidatos debiera merecer el amplio consenso de lo obvio.
Bueno, pues quien sea Defensor de la Comunidad Universitaria asturiana -que llega con bastante retraso (atribúyase a prudencia o a atonía) al grupo de los que ya han puesto los adoquines- se beneficiará desde el primer día de las ventajas de incorporarse a un activo y concienciado grupo de defensores, que no sólo mantiene abiertos cauces de comunicación e intercambio de criterios y experiencias, sino que ha producido ya interesante bibliografía sobre teoría y cultura de la defensa, documentación sobre estrategias, tácticas, técnicas, protocolos y herramientas de mediación, recomendaciones normativas y una cierta jurisprudencia «light» que irá permitiendo acometer consecuentemente situaciones que el tiempo y el ejercicio harán repetitivas. Sin duda alguna, y con la ayuda de todos, el Defensor de la Comunidad Universitaria asturiana tendrá la oportunidad de estar a la altura de las circunstancias.
¿Y qué mejor forma de ayudarle -cuando no decida actuar de oficio- , que dando contenido a su cargo, haciéndole partícipe de cuitas, agravios, preocupaciones y quejas varias sobre omisiones, incumplimientos de la normativa, actos impropios, desviaciones de poder y demás frutos de la cotidianidad?
Aunque, en lo que a mi experiencia reciente concierne, las ansiadas mangas verdes llegan a su habitual deshora, desde aquí me ofrezco a poner a prueba las capacidades de nuestro flamante defensor con algunos granos (de arena). Sólo voy a esperar lo justo a que tome posesión del cargo y se dote de anagrama, habitáculo, equipo y demás medios.
Bienvenido pues, y hasta pronto, señor Defensor Universitario.
Julio Bueno es miembro del claustro que elegirá al Defensor de la comunidad universitaria.
