Ayer se cumplió un año desde que el no ganó en el referendo francés de la la Constitución Europea. Y, como era de esperar, los diarios galos han tratado de valorar si en estos 12 meses la opinión de sus conciudadanos ha variado en alguna medida, sin olvidar que el crucial futuro de la bloqueada Europa política depende de que, algún día, el veredicto de los franceses sea distinto del que emitieron el 29 de mayo del 2005. Y las lecturas no han sido coincidentes.

El conservador LE FIGARO, que en su día batalló sin ambages por el sí, se ha mostrado claramente esperanzado: "Un año después del 'no' de una Francia imprevistamente euroescéptica, la Unión patina, pero reflexiona. ... El 29 de mayo figurará en los anales como un viraje hacia el realismo: la construcción europea y la ampliación al Este han dejado de avanzar por su propio peso. Ahora la Unión ha de negociar duramente y, muchas veces, también ha de hacerlo con sus opiniones públicas. A eso se le llama democracia. ... Si dentro de 12 meses, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, se enfrentan por el Elíseo dos partidarios del 'sí', los optimistas habrán de deducir que el espejismo del referendo se ha disipado".

Muy distinta ha sido la visión de LIBÉRATION: "Un año después de la victoria del 'no', no se ve perspectiva política alguna. ... Los electores tienen en sus manos una parte de la respuesta. En Europa, todo el mundo sabe que nada se moverá antes de las elecciones presidenciales. ... Pero aunque tienen la suerte de Europa en sus manos, la paradoja es que a los franceses ni les preocupa ni son conscientes de ello. ... Dejar la cuestión europea en el baúl de los cadáveres molestos hasta el día siguiente a la elección presidencial sería catastrófico: Europa necesita una Francia que decida conscientemente".

Tampoco los análisis de LE MONDE han visto mucha luz en el asunto. Pero el último editorial de este diario se ha ocupado de otra cuestión: las palabras que Benedicto XVI pronunció el domingo en Auschwitz. "Esa visita es un acto de memoria y también una advertencia frente al peligro, que recorre Europa y el mundo, de la vuelta a una 'época tenebrosa'. Sin embargo, su discurso provoca un malestar. Y es que si para los judíos el nombre de Auschwitz es el símbolo de la 'solución final', para los polacos evoca una guerra que se tragó a 6 millones de ellos. Una cifra que ha utilizado sin matices Benedicto XVI, sin recordar, como tampoco lo hizo su predecesor, que tres millones de esas víctimas eran judíos. Colocando el proyecto de exterminio únicamente en el debe de un 'grupo de criminales' nazis, el Papa también ha dado la sensación de que estaba exonerando a todo el pueblo alemán, lo cual es algo que ningún historiador puede tolerar".

Tampoco Peter Schneider ha ahorrado críticas al Papa en LA REPUBBLICA: "Si, como creyente, se ha preguntado por qué Dios no estaba en Auschwitz, por coherencia lógica también debía de haberse preguntado por qué tampoco estaba la voz de la Iglesia. Porque lo que hubo fue el silencio de la Iglesia de Pío XII. Aún más: interrogarse con dolor sobre el silencio de Dios en Auschwitz también habría de suscitar el gran asunto del antisemitismo católico. ... Desgraciadamente, el concepto y el término antisemitismo han estado ausentes de su discurso".