A menos poder, más metáforas. Esto es Catalunya. Tantas metáforas que uno anda algo agotado y aturdido. El día después de que el Barça ganara la Champions parecía que todo el país era capaz de pedir la luna. Poco después, un encuentro entre las selecciones de Catalunya y de Costa Rica no movió a mucha gente a acudir al estadio olímpico de Terrassa. Depende del día somos dioses o somos una caquita. Se han dejado el termómetro colectivo dentro de la ducha escocesa y así andamos. Sigamos. El 18 de febrero, según algunos, empezó a emerger la gran ola soberanista gracias a una numerosa manifestación; se elaboraron muchas teorías a partir de esa fecha, pero anteayer los mismos convocantes sólo lograron reunir unas 2.000 personas en un mitin a favor del no al Estatut en la plaza de Catalunya. El día antes, los empresarios, reunidos en Sitges se cabrearon por igual con un Maragall que propugnaba la reedición de su Govern de las maravillas y con un Rajoy que vino a pregonar la llegada del Apocalipsis. Parece que ni el president ni el líder de la derecha española acaban de enfocar bien la realidad catalana. El primero, porque va a su bola y no sabe si será mejor para su posteridad enciclopédica quedarse o largarse. El segundo, porque ha decidido que hay que reventar Catalunya como sea para poder ocupar el sitio de Zapatero.
Las metáforas al bromuro o a la viagra nos han de matar. Un teórico del independentismo más puro, que hace medio año anunciaba el fin irremediable de la conciencia nacional catalana, me asegura, a fecha de hoy, que estamos más cerca de la autodeterminación. No entiendo nada. Otro personaje que justificaba en el 2003 el acuerdo del Tinell "para nacionalizar el mundo socialista y crear una masa social favorable a la soberanía" dice ahora pestes de Zapatero y brama que "los del PSC no son de fiar y nadie cree en la España federal". Sigo flipando. Un antiguo émulo sucesivo de los nacionalismos irlandés, palestino, esloveno, lituano, eslovaco, quebequés, flamenco y padano me advierte muy serio que "ahora toca Montenegro", pero calla cuando le recuerdo que allí vienen de una guerra cruel que aquí, por suerte, nadie quiere. A menos poder, más frivolidad.
Y también más irresponsabilidad. Braun, Merck y Volkswagen están en otra ola, que no es la soberanista, ni la centralista, ni la federalista asimétrica, sino la de largarse lejos, mientras algunos deshojan la margarita. Por otro lado, el ministro de Interior envía efectivos de la Guardia Civil a Catalunya y parece que nos hace un gran favor, como si usted y yo no pagáramos a este personal con nuestros impuestos. A menos poder, más cara de tontos. Se repite ahora, a propósito de los robos en chalets, esa estampa grotesca de los días del hundimiento del túnel del Carmel, cuando el único político no abucheado en el barrio fue Zapatero. Quizás al preámbulo del nuevo Estatut debiera consistir en una sola frase: "Los catalanes confiarán más en ellos mismos".
¿Dónde está la realidad? Me acuerdo de Vicente Cacho Viu, preclaro estudioso madrileño de la historia cultural y política, a quien debemos los trabajos más serios sobre el nacionalismo catalán como factor de modernización. Se lo deberían leer por igual quienes dicen que el nuevo Estatut cierra el pleito catalán para siempre, quienes dicen que traerá el rompimiento de España y quienes dicen que no servirá para elevar el autogobierno y que nos atará de pies y manos. He aquí tres formas de eludir tozudamente la realidad. Respetables, pero destinadas a chocar contra los datos más elementales.

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