Si la importancia de un poeta extranjero se midiera por la nombradía de sus traductores, pocos podrían disputarle a Catulo el puesto de honor de esa clasificación. Uno lo descubrió en un tomo amarillo de la benemérita colección Los Poetas que imprimía la editorial Júcar: era un ensayo de Luis Antonio de Villena al que seguía una antología del poeta de Verona. Pero también lo tradujeron Cadalso -mal- y Juan Valera -mejor-, pero era poco Catulo y más la época en la que lo traducían. Y más cerca, Aníbal Núñez, y Mariano Roldán, y sobre todo Rubén Bonifaz Nuño, que le dedicó un estudio biográfico apasionante, y Ernesto Cardenal, haciendo pareja de hecho con Marcial.
En fin, una lista admirable como se ve. Pero es inevitable que para uno un poeta sea siempre el poeta del libro en el que lo descubrió, así que aquel tomito amarillo sigue siendo para mí el libro indispensable de Catulo, aunque he ido buscándolo en otras voces, hallándolo a veces y otras no tanto.

Coinciden ahora dos nuevas traducciones del gran Catulo, el gran poeta moderno, el más joven de todos por mucho que pasen los años. Una de ellas es fácil de conseguir, porque la publica Cátedra en admirable versión de Juan Antonio González Iglesias, con multitud de hallazgos memorables, por ejemplo éste directamente genial: Endecasílabos del mundo, uníos. Para llegar a ella, recomiendo saltarse el ensayo introductorio, un poco pegajoso, excepcionalmente informado, desde luego, pero sólo para especialistas.

González Iglesias convierte a Catulo en lo que es: un poeta de ahora mismo, irreverente, atrevido, directo, vigoroso, sobre todo, claro, en los poemas breves, en los que le dieron fama de avispado y lo sometieron en las jerarquías de los filólogos a la condición de menor. La otra versión que acaba de ser publicada quizá no sea fácil de encontrar, pero igualmente merece la pena: es de Ana Pérez Vega y la publican la Fundación El Monte y la Universidad de Huelva.

Catulo redivivo pues, puesto en versos de ahora por dos traductores competentes y fieles. Catulo otra vez en las calles, fresco como el primer día, diciéndonos con su osadía de entonces -y por primera vez- eso que tan complicado es de glosar (tesis enteras se han escrito): Odi et amo, nada menos. En la versión de Pérez Vega, que lleva comentarios y edición de Ramírez de Verger, se hace notar la especial maestría de esos dos versos memorables que son los más famosos de Catulo.

Se nos dice que en 14 palabras hay ocho verbos y no hay sustantivos, y que los verbos se enfrentan unos a otros como combatientes.La perfección estética de esos dos versos obtiene su recompensa vigorosa: procuran aquello a lo que según frase de Gabriel Ferrater debía aspirar todo poema: a ser memorable. Es una frase peligrosa, desde luego, porque parece que nuestra memoria está más dotada para quedarse con los versos directamente ridículos que para retener los que nos susurran alguna verdad (por cada verso profundo que me sé, creo que me debo acordar de 10 o 12 ridículos).

Pero, en cualquier caso, Catulo sigue siendo memorable gracias a que tiene la suerte de que sus traductores consiguen alcanzárnoslo, ofrecérnoslo íntegro, potente y melodioso como era.

Un canto de celebración a veces, una ira furibunda otras, un melancólico que sabe de las derrotas del amar. El poeta más joven de nuestro tiempo, sin duda, Catulo, nuestro contemporáneo.

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