Aviso. Hay cosas que están cambiando. Y todo gracias a la catarsis del Estatut. La intensidad de estos días ha abierto muchas cajas de Pandora cerradas durante años por miedo a ser considerados diferentes, emigrantes, extranjeros, fachas, franquistas, obtusos y retrógrados.
No hay nada más malo para una sociedad que se instale el temor a ser considerado algo en concreto, diferente a lo que se estila.No es una situación producto de ninguna dictadura intelectual.Es una situación provocada por el mismo individuo, que en un momento recela de sus propias ideas, de sus decisiones u opiniones, de sus planteamientos de base. Vacila de sí mismo. Las dudas sólo sirven para decidir el mejor camino. Siempre hay un momento para la opción. Pues bien: una parte de la sociedad catalana comienza a erradicar de su cabeza esa sensación imperante de ser mal catalán por tener ideas propias.
Y el atrevimiento ha llegado hasta un colectivo que se ha centrado en los últimos años en callar, trabajar y criticar poco. Un grupo caracterizado por un modelo propio de opinión: el del sí y el no. Un paso adelante y un paso atrás, pero siempre desde el convencimiento que todo era bueno para sus orígenes: Galicia.
Ese grupo, podemos llamarlos lobby, porque así se presentaron el pasado año sus integrantes, está preparando su encuentro anual, otra vez en Barcelona. Y ese encontro les hace reflexionar con valentía. Llegados a este punto, hay que decir que al empresario gallego catalán la convulsión política de estos tres años le ha resituado las ideas. Convicciones que no son nuevas, que formaban parte de sus conversaciones privadas, de grupo, pero que ahora florecen después de la agitación provocada gracias a tres años de un fenomenal festival repleto de torpezas.
Tres razonamientos concretos: uno, los empresarios gallegos catalanes dicen que menos intervención política y más trabajo real. La referencia es un ataque directo al Estatut que, como se ha denunciado desde muchos escenarios, interviene en el día a día de la gente de forma excesiva y preocupante; dos, consideran que las grandes familias catalanas han hecho mucho por el país y son la columna vertebral de Cataluña, pero deben seguir trabajando como en el pasado, con el mismo toque de universalidad que ha convertido la sociedad catalana en una de las más importantes de España.La referencia a la universalidad es un toque al nacionalismo catalán. Crítica precisa a ERC, a CiU y a los devaneos más patrióticos de los socialistas catalanes. Y tres, nadie puede negar la catalanidad de las personas que hace más de 30 años llegaron a tierras catalanas, forjaron de la nada sus empresas y a través del esfuerzo y la imaginación las han convertido en multinacionales. Grandes holdings catalanes, aunque Galicia siempre esté presente. En resumen, la primera reprobación suave y constructiva realizada desde un colectivo que cada día se siente más fuerte, más sólido y más solvente. Repleto de razones para opinar de forma crítica, pero sin faltar. Y con el sí y el no en la grupa del caballo.
Esta valentía me parece muy importante. O puede que sea osadía o atrevimiento, en definitiva una forma sincera de explicar que creerse el centro del mundo sólo sirve para perder el tiempo.Y ponen ejemplos concretos.
Los gallegos catalanes están muy orgullosos de cómo el sector textil de Galicia ha logrado, con originalidad y coraje, hacer frente a la crisis que se les avecinaba en los años 80 y buscar salidas para competir sin subvenciones. «La empresa que subsiste con dinero público es una empresa intervenida», la frase es de un empresario gallego, precursor del encuentro de los próximos 9 a 11 de junio.
Puede que la idea hiera a más de uno, pero no existe una visualización más cercana a la realidad. Porque el sector textil catalán, compuesto por las familias más situadas y arruinadas de Cataluña, se ha acostumbrado a dedicar sus esfuerzos en solicitar ayudas y llorar frente al gobierno de Pujol en su momento y ahora ante el de Maragall. Dejar que vencieran los plazos de la llegada de los productos asiáticos y, una vez estos ya en las fronteras, reclamar de la Administración catalana un esfuerzo público para no dejar a nadie en la calle. Mientras, entre campos y montañas, el sector textil gallego se ha buscado la vida para encontrar espacios alternativos, más en el diseño que en la producción, y así arrancar un colectivo que desfallecía.
Éste sólo es un ejemplo con el que los gallegos catalanes se sienten seguros para comenzar a criticar y decir que la obsesión patriótica no funciona y ralentiza los procesos de beneficio compartido, de bonanza económica.
A saber qué responderán las familias de siempre. A saber si les llegará el mensaje o seguirán en sus casas del Empordà o la Cerdanya.A saber si el Estatut servirá para relanzar alguna cosa, aunque las reglas que se dibujan en ese texto son de intervención de lo público en lo privado . A saber si los que callan hablarán con naturalidad por el bien de todos. A saber si los gallegos catalanes me retirarán la palabra por contar tantas verdades silenciadas.
alex.salmon@elmundo.es
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