No sabríamos decir qué nos ha impresionado más en las últimas horas: si el lirismo de la alcaldesa Felgueroso en el bautizo y entrega de un buque de Naval Gijón al armador Knutsen o la calentura que alcanza el aplausómetro que mide el entusiasmo de los sindicalistas Lito y Donaire (UGT) con la fusión de Arcelor y el ruso Severstal, o con el futuro del sector naval español.
El metal está en la picota. Manuel Fernández, «Lito», da palmas con lo del soviético, al tiempo que sectores de accionistas de Arcelor consideran disparatada la operación al conjeturar que el grupo timoneado por Dollé y Kinsch ha dejado al empresario Alexei Mordashov hinchar el valor de su empresa para cuadrar los números de la fusión. De hecho, la alegre operación provocó de inmediato que Arcelor cayera en Bolsa un 2,76 por ciento y que Severstal subiera un 16,7. Habrá que ver cómo evoluciona esto en los parqués financieros. Pero volvamos a El Musel, donde ayer se bautizó un quimiquero con el nombre de «Gijón Knutsen» y Felgueroso habló de «tristeza y alegría» porque un buque es como un «hijo al que has visto crecer y que ahora inicia su singladura en solitario». Enternecedor, sobre todo porque la Alcaldesa no se arrima mucho últimamente a un barco o al sector naval agonizante, donde cada vez crecerán menos hijos de Gijón. Que el mercado tira lo prueba que Naval Gijón tiene varios contratos con la naviera Komrowski. Sin embargo, el otro astillero gijonés, Izar-La Constructora, se enfrenta a un futuro incierto con su privatización a Vulcano y con el acuerdo entre sindicatos y SEPI que marca los plazos precisos para la extinción del sector. Donaire lo aplaude y Felgueroso asiente con maternales declaraciones elusivas. En lugar de sindicalistas de metal blando y alcaldesas balnearias, lo que aquí haría falta es un Villa que dijera aquello de que «hace tiempo ya que los coj... me pegan en el suelo», y con ello se enderezase el sector naval mediante un plan de futuro.

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