LO peor es el cachondeo. Esa pátina de guasa maliciosa -«qué, ¿vienes de tu realidad nacional?»- con que se nos vuelve a mirar a los andaluces, de nuevo víctimas de un cruel estereotipo surgido esta vez de nuestras propias entrañas, acuñado desde nuestra teórica emancipación de los tópicos y las trivialidades. Siempre el mito de Sísifo, la condena perpetua a subir la roca de los clichés por una montaña de prejuicios, pero ahora con el lastre añadido de un empeño arrogante, de un vacuo delirio de soberbia engendrado en el corazón de nuestra sociedad política. No les bastaba con el régimen de dependencia, con la aniquilación del espíritu crítico, con la hegemónica y displicente instauración de un caciquismo moderno de subvenciones y clientelas; ni con resucitar en Canal Sur el peor folklorismo autosatisfecho, la más zafia autoafirmación de una mentalidad enquistada en la procacidad, la aculturalidad y el populismo. Necesitaban una vuelta de tuerca, el orteguiano rizo de la complacencia en el espectáculo de la peculiaridad, pero esta vez envuelta en la solemnidad retórica de una definición identitaria convertida en un hueco desvarío.

Lo más doloroso es que esta nueva inmolación colectiva, que nos ofrece ante la ciudadanía española como burlesca caricatura voluntaria de nuestras más rancias presunciones, ha partido del más alto nivel de la dirigencia publica, convertida en una élite autista sin el más mínimo sentido del pudor. Una casta enrocada sobre sus propios privilegios, capaz de organizar un cambalache de sentimientos e identidades en el mercadillo ambulante del poder, aislada desde el mediocre confort de sus poltronas en una petulancia blindada ante cualquier tentación de decoro. Han sido ellos, los gobernantes y parlamentarios de una autonomía que nació para acabar con los pertinaces convencionalismos históricos del ser andaluz, los que han elevado a la enésima potencia la vieja farsa rancia del engreimiento sobre nuestras miserias. Ellos los que han perpetuado sin recato el mito negativo de nuestra inconsciencia colectiva y nuestra trivialidad esencial. Ellos los que se han ofrecido a España como bufones de una torpe parodia estatutaria. Ellos los que han proclamado -sin creérselo, claro, que es lo más triste, lo más cínico- que somos una especie de nación sobrevenida cuyo hecho diferencial más señero es el subdesarrollo y... la deuda histórica, es decir, la triste y prosaica reivindicación de que nos deben dinero.

Y ahora, de nuevo, por su culpa, nos toca sufrir la sonrisa suficiente, la broma condescendiente, la chanza sorda de otros tiempos, actualizada con el agravante de boato histórico y etiqueta legal que nuestros propios gobernantes han impreso sobre sus más descarnadas conveniencias. No les ha resultado suficiente apoderarse del sueño de la autonomía para tejer un manto de sumisiones con el que guarecer su propio modo de vida; tenían que dejar claro ante toda la verdadera nación que en Andalucía ya sólo creen los que viven de ella.