El presidente del Gobierno nos lanzó ayer dos pepinazos políticos en forma de pensamiento poético - Zapatero se mete en arenas movedizas por su afán impenitente de producir adagios sin sentido - De su desdén por el significado de las palabras se han derivado ya efectos perniciosos para el país.

Ha llegado el momento de pararse a examinar la facilidad extraordinaria con la que el presidente del Gobierno se mete en pantanos políticos de arenas movedizas por su impenitente afán de soltar adagios sin sentido.
Si la semana pasada levantó de sus asientos a los poquísimos y heroicos espectadores que seguían el debate sobre el Estatuto de Andalucía cuando, al filo de las 10 de la noche, se marcó aquel pensamiento excelso según el cual «la cintura es la esencia de la democracia», ayer nos lanzó contra las paredes de nuestro propio cráneo cuando nos anunció que «la gran poesía enseña que la generosidad justa es el rasgo más sólido de democracia madura, el cimiento más firme de la paz». No contento con eso, nos hizo saber además que «las patrias poéticas, es decir, vitales, se amplían cuando lo hacen los lectores de versos y en esa acción se demuestra la artificialidad de las fronteras» y remató -nos remató- informándonos de que «la Justicia debe estar siempre por encima de las ataduras que imponen la tradición y la costumbre, las fronteras y el servilismo».

No estaba Zapatero participando en un maratón de adivinanzas, ni estaba de concursante en Pasapalabra, ni tampoco, y esto es esencial, inauguraba ningún seminario de gestión de conflictos.

No, no. Zapatero sólo estaba entregando el premio Leonés del Año a un poeta de esa tierra, Antonio Colinas. Por lo tanto, si se hubiera limitado a ensalzar la mágica pluma del escritor, la universalidad de su pensamiento poético o el inmenso potencial que León tiene en sus gentes y en sus tierras, nadie le habría pedido cuentas. Al contrario, habría sido muy aplaudido y todos se habrían marchado a sus casas tan contentos. Pero no pudo ser.El presidente del Gobierno aprovechó el homenaje al poeta leonés para mandarnos dos formidables pepinazos políticos en forma de pensamiento pretendidamente poético que nos han dejado casi sin sentido.

Porque es precisamente ahora, cuando los señores de la muerte están intentando empujar al Gobierno para que se someta a sus exigencias a cambio de no matar, ahora es cuando Zapatero nos habla de la generosidad justa; de lo artificial de las fronteras; y nos suelta algo sobre la Justicia, que parece ser que él la quiere alada, etérea, grácil y extraterritorial, sin códigos que la esclavicen, sin atención a las tradiciones y, contri más motivo, sin atenerse ni lo más mínimo a la prevalencia de esas fronteras, que ya se sabe que no deben ser tenidas en cuenta porque, al ser artificiales, ya se comprende que no son naturales.Si lo dice ello mismo, si se deduce de lo que es la misma palabra.Artificial. Velahí.

Y, sin embargo, en las delicadas circunstancias presentes, todo ese cóctel incomprensible y sin sentido aparente tiene la suficiente carga política como para que las agencias recojan su mensaje en clave de estrategia antiterrorista.

¿Será posible que esté mandando a la población un mensaje político con un formato así? ¿Será cierto que está insinuando, aunque sea en un lenguaje tan impropio y en un acto en el que se premia a un poeta, que ha llegado el momento de que los demócratas empiecen a rascarse la cartera de sus convicciones para ejercer la generosidad imprescindible para cimentar esa paz que los terroristas siguen sin garantizarnos?

No es afán de buscarle las vueltas al presidente. Es que ocasiones como ésta ya las hemos vivido antes. Cuando el señor Zapatero se preguntó un día, indolente, qué diferencia podía haber entre nación y nacionalidad, muchos no dieron la menor importancia a tal pregunta y hasta se rieron de los alarmados. Pero de aquella dejadez conceptual, de aquel desdén por el significado de las palabras, se han derivado unos efectos políticos perniciosos para nuestro país y para el entendimiento entre los ciudadanos que lo habitan. Es decir, que puede que el señor presidente hable en vano, en el más completo sentido de la palabra vano, pero es que ya hemos comprobado que lo que dice acaba teniendo traducción concreta y, en muchos casos, grave.

Así que se imponen varias preguntas más. ¿Alguien le escribe esos textos al presidente o se le ocurren a él y los elabora en solitario? Si se los escribe alguien ¿quién es y en qué departamento sirve? Porque es imposible imaginar una ristra tal de palabras inconexas que compongan frases que, al final, acaban teniendo un sentido que nada tienen que ver, o nada deberían tener que ver, con lo que se supone que es la idea inicial que las ha inspirado.¿Es que alguien se ha querido poner poético y ha acabado, tras una extraña transmutación, dando tumbos por los arrabales del mensaje político? ¿Estamos ante una mente que ha abrazado la vía plateresca de la comunicación con el propósito de inocular en el personal opiniones y estados de ánimo sin que el público se dé cuenta de que le están colando toda una nueva teoría de la negociación y del pacto? ¿O es que el señor Zapatero está enviando mensajes encriptados a destinatarios desconocidos -quizá a un Goldfinger de Arrigorriaga- y sólo él y Goldfinger saben lo que se está diciendo ahí? Son hipótesis delirantes, cierto, aunque no más que la intervención del jefe del Ejecutivo en los premios de León.

Pero, dado que el patio está todavía muy oscuro en lo que al final del terrorismo se refiere, resultaría muy conveniente que sus intervenciones fueran visadas por alguien con cabeza fría y un adecuado domino del lenguaje. Sería la única manera de evitar que acabemos volviéndonos todos locos.

victoria.prego@elmundo.es

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