Alberto Ruiz-Gallardón es muy fino, Esperanza Aguirre muy liberal y Rafael Simancas muy prochino, pero ellos y Trinidad Jiménez, si la nombran candidata, tendrán que tener muy en cuenta el batallón de reserva electoral, esos niños y niñas extravagantes, con escapularios Spiderman, a los que se la suda los estatutos, que hacen cola en los estrenos de las películas de ciencia ficción y que pueden aguantar vírgenes hasta los 74 años: los frikis.
Son legión, han sucedido a los pichis, las manolas, los majos, los chisperos, los republicanos, los haraganes, vagabundos y capeadores. No van a los bodegones de puntapié, pero comen y consumen galletas frikis, compresas frikis, condones con sabores a yogur y gambas de Antonio que pican como el demonio.
Los políticos, que son los últimos en enterarse de lo que ocurre en la pomada, ignoran que son millones, que no van de castizos y aunque les acusan de extravagantes y casposos, ellos contestan que no son raros, sino nuevos peripatéticos. Antes los freakies eran personas de anomalías físicas, hoy son gente de consola y de weblog que consumen y votan. No van de adultos aniñados, sino de únicos, de gente original que no se dejan arrastrar por las modas. Constituyen un poder. El lado oscuro del dragón; compran en sus tiendas, van a sus bares y aún no saben a quién votar, pueden trastocar las mayorías, y más en Madrid, la batalla clave anterior a las generales, donde los dos partidos se juegan el porvenir y los chóferes.
Los partidos se acuerdan de los retroprogres y los neocom, de los gays y los puretas, y olvidan que hay una inmensa masa de esqueleteadores, ginesitos, bujarrones y majaras con espadas láser. Anteanoche tomaron la plaza de Callao para conmemorar el día del orgullo friki, como en otros tiempos los merengones tomaban la Cibeles. Iban disfrazados de Indiana Jones, cada uno a su aire. Cuenta Celia García: «Decidieron hacerse visibles bajo el cartel de Schweppes, templo pagano de su devoción desde que Santiago Segura se colgó en El día de la bestia».
La Guerra de las galaxias guía sus vidas; enloquecen con los videojuegos, los comecocos, la telebasura o El señor de los anillos, con las películas que han sucedido a los libros de caballerías que secaron el cerebro a Don Quijote. Don Quijote perdió el juicio, con las pendencias y disparates inverosímiles «aquellas ficciones gustosas y artificiosas de mucho entretenimiento y poco provecho», según Covarrubias.
No me extrañaría nada que en Callao se escondieran un isidro y un sonaca, un cateto y un hombre seco de carnes y enjuto de rostro, con almillas de bayeta verde bonete colorado de Toledo.No sé por qué utilizan la liturgia y los iconos de El señor de los anillos, teniendo como tienen a Don Quijote, el que deshizo con una sonrisa, la retórica y la épica del imperio, el más friki de todos los frikis, que ahora llevaría una lanza con pilas.
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