La mezcla de verdades y falsedades con una finalidad buenista, vendida en formato audiovisual sobre la base de unos hechos desgraciados, asegura que el producto resultante sea comprado como bueno por una inmensa mayoría. El ser humano no es especialmente imbécil, pero a veces se lo ponen difícil en el quehacer cotidiano de desentrañar la madeja.

Michael Moore alumbró en 2002 una película documental con la pretensión de condenar el tráfico legal de armas existente en USA. Si es legítimo criticar ese modus operandi que ha acompañado al pueblo americano desde la conquista del Oeste, no lo es mentir para hacerlo, y la manipulación es una forma de mentir. Viendo Bowling for Columbine, ¿quién criticaría su condena de la tenencia legal de armas? Y, ¿cómo evitar asociarlas con la muerte de alumnos del Columbine High School en 1999 a manos de un compañero? Más aún si en el camino entre este dato terrible y aquella finalidad loable se teje una red indistinta de verdad (hay proporcionalmente más asesinatos en USA que en la vecina Canadá, a igual número relativo de armas) y ocultación (las armas de fuego que causan las muertes son en su mayoría del tráfico ilegal). Y no digamos si a todo ello le añadimos alteraciones conscientes de datos: rayando el delito, y a mayor gloria del tío Oscar, extrae fragmentos de diversos discursos de Charlton Heston y los une para que parezca el racista que nunca fue. Que fuese un actor mediocre no legitima obviar que durante años y junto a Luther King fue activista destacado en la lucha por los derechos civiles de los negros en Hollywood.Pero es imperdonable su presidencia de la Asociación del Rifle.

Dentro del pseudodocumental de Moore, un breve relato en dibujos animados muestra de forma sesgada pero divertida, los modos de ese pueblo emigrante que ha dado en una suerte de masoquismo violento para la consecución de sus objetivos, pues no en vano son sobre todo hijos desahuciados del más belicoso y fecundo pueblo de Europa, los ingleses, con perdón de los sajones. Un pueblo acuciado por el miedo hasta límites sorprendentes. La cruzada personal de Moore contra Bush pasa por decir que ese miedo se origina en el racismo y en la falta de un buen sistema de Seguridad social, con la tesis inicial (la de la culpa de los rifles) desplazada así hasta la trastienda. En cambio deja sin justificar el catastrofismo y el alarmismo que ve especialmente graves en su país, pero que se van haciendo endémicos en los medios de comunicación de todo el mundo.

El poder de la manipulación es endeble porque es rastrero, pero obliga al esfuerzo de atención: una matanza escolar en representación de las muertes violentas, el miedo secular, las armas legalizadas y el Estado liberal. Datos para la tesis (no contrastada aunque lo parezca) de que legalizar las armas genera mayor violencia de la que pretende evitar en un Estado que ha permitido que la libertad sea eso. Pero también podrían decir que de entre las muertes violentas producidas en un pueblo atenazado por el rentable alarmismo de los medios de comunicación, una ínfima parte tienen su origen en armas legalizadas, en la mayor parte de los casos sin mayor trascendencia que una legítima defensa que, de otro modo, habría sido imposible. Un orden de factores que aquí sí altera el producto.