COMO SI no tuviéramos bastante con los problemas interiores, ahora vamos a buscarlos a casa del vecino. A veces hay diputados que hacen bueno aquel refrán que dice: 'qui no te feina, el gat pentina'.

Entre vecinos hay que ayudarse y evitar los roces. Parecía que el buen rollo empezaba a ser la norma de las relaciones entre Catalunya y Aragón. Lejos quedaba aquella demagogia sobre el agua del Ebro en la que se acusaba a los catalanes de bebérsela toda. Precisamente gracias al agua y a la resistencia al Plan Hidrológico Nacional de Aznar coincidimos en que el río no era una frontera, sino una patria común de los ribereños.

Y de pronto llega un conflicto mínimo, simbólico, artificial como el de la creación de una nueva diócesis segregada de la antigua diócesis de Lleida. Cosas de la Iglesia que no deberían importar al poder político. El obispo de Barbastro-Monzón reclama las 113 obras de arte sacro que se encuentran en Lleida y que originalmente pertenecían a las parroquias aragonesas. Y, de pronto, se produce en las filas catalanas una extraña irritación por el destino de esas piezas. No estamos hablando de La Pietà de Miguel Ángel ni de la sábana santa de Turín. Se trata de antiguas muestras de la utillería religiosa y de tres o cuatro retablos de valor destacable. El obispo de Barbastro-Monzón considera que esas 113 piezas pertenecen a su gente. Pues que se las lleve. ¿Viviremos peor los catalanes porque esas piezas se vayan unos kilómetros más lejos? Hubiéramos vivido peor si el agua del Ebro se hubiera ido a llenar las piscinas y los campos de golf de Levante.
Pero por un cáliz de más o de menos no hay motivos para tanta escandalera. La mera ensoñación de que alguien pudiera comparar a mi Gobierno con Julián Lanzarote, el alcalde de Salamanca que se negó a devolver los papeles de su archivo, me llena de vergüenza íntima.

Los museos tuvieron su sentido en el siglo XIX. Gracias a ellos buena parte del patrimonio mundial pudo ser salvado de la barbarie o de la desaparición. Pero ahora, cuando vemos el expolio cometido por las tropas norteamericanas en el museo de Bagdad, nos da la sensación de que ya ha llegado la hora de restituir el arte a quienes le dieron sentido. Cuando llegó el Guernica a Madrid, se produjo la superación de una anomalía. Pero la anomalía se superará definitivamente cuando el Guernica vaya a Gernika; cuando la Dama de Elche, en vez de ir de vacaciones a Elx, se quede allí donde nació, o cuando los frisos del Partenón dejen el British y regresen al Partenón.

En tiempos de la reproductibilidad técnica del arte y de enorme movilidad de la gente, ¿tiene sentido el museo decimonónico entendido como un almacén más o menos dignificado? Y, en el caso que ha ocupado al Parlament de Catalunya, ¿tiene sentido ese bloqueo de fronteras por unas obras de arte que solo han cobrado interés en el momento en que otro las pretende? Las relaciones entre los pueblos y entre sus instituciones son valores más útiles para los ciudadanos que ese apego por símbolos menores. Para sentirme heredero de Goya, de Mozart o de Rodin, no necesito vivir en Madrid, en Salzburgo o en París. Lo importante del arte es la obra hecha, no el lugar en el que se conserva. Lo importante de la política, en cambio, es precisamente ese difícil lugar de encuentro entre gobernantes lúcidos.