Rompetechos lee un anuncio pegado al cristal de una tienda de zapatos: «Se necesita dibujante». Casualmente lleva un lápiz en el bolsillo y piensa: «Mmm, ¿por qué no?». Así que entra en la tienda y dibuja una caja de zapatos. El dependiente le mira asustado. «¿Qué hace?», pregunta. «¿No buscan dibujante?». El dependiente le mira todavía más extrañado. «¡Lo pone en el cartel!», dice Rompetechos. «No, en el cartel pone: Se necesita dependiente».
Esta escena no figura en ninguna de las historietas del mítico (y desorientado) personaje creado por Ibáñez, pero podría, y además probablemente estaría basada en un hecho real. No es que los dibujantes busquen trabajo en las tiendas de zapatos, sino que ya no saben bajo qué piedra encontrarlo.
La industria del cómic en España sigue sin levantar el vuelo, pese a los esfuerzos de los medianos, pequeños y diminutos editores del sector (en el que todavía no han entrado los grandes... ¿por qué será?). Y el pastel de los dibujantes es cada vez más pequeño.
El tsunami de revistas de historietas que arrasó los kioscos de los 80 se retiró en los 90 dejando huérfana a una industria que había despegado sin tener en cuenta la caída. La mala fama del tebeo (que no supo llenar el vacío adolescente, pasando de publicaciones para niños a cómics de adultos sin enlace) y la poca cultura plástica española hicieron el resto.
La fiebre coleccionista de nostálgicos y no tan nostálgicos y el auge del manga (sobre todo entre las chicas) parecen ahora dispuestos a rescatar al tebeo de la travesía en el desierto que supusieron los 90.
En Japón, el cómic es como aquí una revista del corazón o un diario gratuito: de usar y tirar. En Francia, un objeto de culto, ¿y en España? «Puedes tardar cuatro o cinco años en vender 4.000 ejemplares», explica Oscar Valiente, responsable editorial de Norma Cómics. «El mercado es muy pequeño y hay que trabajarlo mucho», añade. José María Berenguer, editor de La Cúpula, dice que las tiradas han bajado considerablemente. «Antes, las tiradas eran de 8.000 o 10.000 ejemplares y ahora no pasan de los tres mil». Este hecho hace que los precios suban y los lectores se asusten. «En poco tiempo hemos pasado del tebeo de 20 duros al cómic de 30 euros y eso ha desorientado un poco al lector», considera Oscar.
La cantidad de novedades en un mercado de demanda limitada (casi limitadísima) también desorienta. El 80% de la industria del cómic en España se encuentra en Barcelona y sólo tres de las al menos cinco editoras catalanas (Norma, Devir y La Cúpula) publican ya más de 500 títulos al año. «Está claro que sobra oferta», sentencia Berenguer. Está claro porque estamos en España, porque, sin ir más lejos, en Francia se editan más de 3.000 títulos nuevos cada año.
Así, «se tardan años en dar a conocer autores», añade Berenguer.Sin ir más lejos, Ralph König, el conocido autor de El condón asesino, ha tardado entre 12 y 14 años en hacerse un hueco en el mercado español. «Ahora algunos de sus libros van por la quinta edición y ha llegado a vender hasta 200.000 ejemplares, pero ha costado mucho hacerle un hueco». El hueco antes lo hacían las revistas, cantera de dibujantes sin hadas madrinas. «Con las revistas probabas al autor y su conexión con el público.Ahora arriesgas porque le publicas directamente un álbum», explica Oscar Valiente.
Ocurre a menudo últimamente, pero no siempre, puesto que todavía la mayor parte de los publicados son ilustradores con historia.Jóvenes como Carlo Hart habían dado mil y una vueltas por fanzines antes de publicar su propio minivolumen. Ocurrió en las todavía recientes ediciones de grapa de La Cúpula, que irán desapareciendo en pro de un mercado que prefiere la tapa dura y la edición cuidada.«Las librerías ya no quieren grapa, y tampoco los lectores», dice José María Berenguer.
Otro caso de autor que se estrenó no hace mucho en la novela gráfica después de haber pasado por un sinfín de publicaciones es el de Sebas Martín. «Empecé en fanzines con cómic erótico y hace seis años que me dedico al cómic gay.La verdad es que nunca antes había hecho algo tan extenso como Estoy en ello, álbum del que estoy preparando ya la segunda parte», dice el dibujante, que prefiere «el degoteo» de la revista a la vida de dibujante de álbum. «No todos los autores están capacitados para proyectos grandes», añade. Y dice que casi ningún dibujante puede vivir de lo que publica, si es que publica. «Lo nuestro es economía subterránea», bromea. Y lo cierto es que no miente, porque si le preguntas a un dibujante quién vive de sus dibujos, te dirá: «Los que trabajan en El Jueves».
La revista semanal (que sale los miércoles) El Jueves nació hace casi 30 años (en 1977) y sigue tan en forma como el primer día.Sus ventas oscilan entre los 75.000 y los 100.000 ejemplares (a veces llegan a los 120.000) y, hoy por hoy, es la única publicación periódica que permite vivir a los dibujantes. Emplea a unos 40 (60 contando los que forman la plantilla de Míster K) y no descarta incorporaciones. «Normalmente son buscados, aunque tenemos en cuenta todo lo que nos envían», explica Albert Monteys, director de la única revista de historietas que se vende en kioscos. «La gente ha perdido la costumbre de comprar en kiosco», dice Albert.Ellos han intentado devolverla a su lugar con Míster K, publicación que pretendía atraer a un nuevo público infantil y juvenil a las historietas pero que no ha acabado de pisar el acelerador.«Sí, puede que las películas sobre superhéroes ayuden», según Oscar, pero está claro que no son suficientes.
«El problema está en los medios. No se toman al cómic en serio.Nos gustaría que nos trataran como a la música, con críticas y otras historias. ¿Por qué no? Ahora es el momento. Algo está cambiando y nadie parece darse cuenta», presiente Berenguer.Rompetechos puede dormir tranquilo, entonces. Se van a seguir necesitando dibujantes.

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