Quién no intentó alguna vez aprenderse de memoria alguno de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda? Incluso hubo quien se los sabía todos, en un ejercicio de entrenamiento para cuando apareciera una pasión desenfrenada, que a buen seguro tardaría tanto en llegar que se perdió el trenzado de los versos en los entresijos del mejor recuerdo, y se quedó como yo ahora, evocando a duras penas uno de ellos y rescatándolo de tanto polvo acumulado en la memoria. Había un poema que tenía entonces nuestras preferencias. Exactamente aquel que empieza rompiéndonos el esternón de tanta pena, quizá fingida - es sabido que Neruda fue amante muy taimado-: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche". ¿Se acuerdan? Pues ahí mismo, en ese poema tantas veces frecuentado y que hace el número veinte, hay un verso abrumador, tan sólo un verso, sobre el que pasamos intactos tantas veces y que se me cayó de pronto sobre la memoria. "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". ¿Cómo es posible que durante tantos años me pasara desapercibido este verso brutal?

Me vino según salía de ver una película impresionante.

Se titula Remake y es un filme español, hecho por un catalán, Roger Gual, donde no se habla de política, ni de España, ni de Catalunya, ni del conflicto de lenguas, ni del carácter identitario de los castellers y los calçots.Y sin embargo no hay película cuya carga política sea tan explosiva como Remake,porque expresa las relaciones de cada individuo con los demás, que no otra cosa es, creo yo, la política. Y aquí estamos frente a unas historias delirantes que suceden ante nuestros ojos como si fuera lo más común, sencillo y cotidiano del mundo.

Un grupo de amigos que compartieron una comuna hippy a finales de los setenta vuelve ahora, treinta años más tarde, a la misma masía donde estuvieron, para despedirse de ella y acompañar durante un fin de semana a su último habitante, el superviviente de aquel naufragio, que se propone venderla.

Una historia muy convencional, diríamos, convertida en un drama donde uno no deja de reír con las entrañas, quizá porque los viejos hippies, como los viejos rockeros, nunca mueren dada su inmarcesible querencia hacia el ridículo que los mantiene en eterna adolescencia; podrán estar viejos, achacosos y con esas ojeras grabadas a hostias, pero aseguran que por dentro están como siempre; es decir, mal y sin voluntad para decirlo. Ese par de matrimonios en barbecho, con hijos talluditos y aventados, que vuelven al lugar del naufragio más estúpido de su vida, como pecios rescatados que se niegan a reconocerse hundidos y exigen el mismo respeto que se concede a los capitanes muertos en combate. ¡Qué película demoledora en su sarcasmo! Media generación se habría de ver reflejada en este espejo, nada extorsionador sino preciso, en la semipenumbra de un periodo histórico en el que se podía ambicionar todo y se escogió hacer boberías con trascendencia. Media generación, digo, mirará con desdén ese retrato de época contado por un grupo de estúpidos con ambición de futuro. Y sin embargo, en un plano, en un fragmento de diálogo, en una conversación de un padre o una madre con esos hijos, brillantes desastres con aspiración a jubilados, ahí estamos todos los que ya no volveremos a cumplir el medio siglo.

Y si digo que media generación debería sentirse aludida es porque la otra media se queda en personajes del Berlanga tardío, esos que ahora se hacen pasmos ante el imaginario de Almodóvar, o se hacen cruces, nunca mejor dicho, de su modernidad sin corsés, donde las palurdas fuman mejor marihuana que Joan Baez y los catetos van más colgados que Jimmy Hendrix. Me ocurre que cada dos o tres películas de Almodóvar suelo intentarlo de nuevo, y me pasa que no consigo llegar al final; me aburro, y me ocurre como con las zarzuelas, que la esplendidez de un dúo o una escena de género, no es suficiente para aguantar el pestiño íntegro. Pocas cosas me placerían más que me gustaran las películas de Almodóvar, más allá de una de cada cinco, porque es de esos personajes que te caen simpáticos de natural. Pero veo Volver y empiezo a sufrir desde el principio, con esas lavanderas de sepulcros, que sólo faltaba que se pusieran a cantar, y sería algo así como La verbena de la Paloma o La rosa del azafrán,muy corales. Y luego viene la trama, que tiene el mismo ingenio que Corin Tellado alimentada con realismo mágico, y empiezo a bostezar hasta que suspendo la sesión y me salgo. Pero como hay gente para todo, no pasa nada, y seguiremos felices. Desaparecidos Paco Martínez Soria y Lázaro Carreter, ya quedan pocos creadores cinematográficos que alimenten con harina de engorde la autoestima general española; catalana incluida, por supuesto.

Sufrientes y ansiosos de la autoestima, absténganse de ver Remake.Es para gente adulta. Aquí no hay estereotipos; esos arquetipos del progre o del hippy de aquellos sosísimos años setenta, donde la versión hispana, ya fuera en Torrelodones, Ibiza o la Sierra del Cadí, consistía en experimentar sobre lo desconocido, que a decir verdad era todo: el sexo, la naturaleza, las drogas... Apenas si hay literatura de valía en torno a esto, y si la hay, la desconozco, pero este filme brillante hasta apabullar es una aportación capital en el entendimiento de una generación y de un momento. El que vivimos, sin ir más lejos. Creo que desde que vi, a mediados de los sesenta, La caza de Saura, en un cine de aquellos imperiales en el Madrid de la Gran Vía, con telones que se corrían y estucos que decoraban, en butaca de general,que se decía, tan arriba tan arriba que feliz vista la de entonces, porque hoy necesitaría prismáticos para llegar a la pantalla. Desde La caza de Saura no me había producido una impresión tal una película española, no porque considere sólo que son magníficos filmes, sino porque marcan como el jalón de una época. Prodigiosa como guión, espectacular como ejercicio de actores, soberbia en la utilización de la cámara y la humildad de los recursos, como en un intento de expresar "esto es lo que tenemos, esto es lo que queremos y no vamos a engañar a nadie". En ocasiones me evocaba un filme demolador de los daneses de Dogma, que pasó entre nosotros con más pena que gloria, pero que no podrá olvidar nadie que lo haya visto. Me refiero a Celebración;y lo digo en un sentido total, de estilo narrativo y de conjunto. Porque no es una historia de cincuentones frustrados, sino de familias establecidas que tienen un fin de semana de esos que recordarán de otra manera: ¿Te acuerdas de aquella vez que fuimos a ver a Max, el superviviente, y nos divertimos haciendo memoria de nuestros antiguos entusiasmos?

Pues no hay memoria sin extorsión, ni superviviente sin trampa. Y por si faltara algo, los chavales se comportan como deficientes mentales con alto grado de astucia, de lucidez y de consumo. El diálogo de los dos jóvenes en el coche que los lleva a la casa de campo es un retrato tan feroz de dos bobos, como lo es la obsesión del chico brillante, futuro director de cine, con sus proyectos de guiones sobre marcianos. Vivimos en un mundo de locos, en el que los peores son aquellos que se creen no sólo cuerdos, sino además lúcidos. La autocrítica de Damián (Juan Diego) ante su hijo Víctor (Juan Navarro) y su promesa de cambiar de vida debería repetirse varias veces, como se hace con algunas arias operísticas; debería bisarse para que no se nos olvidara nunca esa mezcla de cinismo y desvergüenza que caracterizan al que manda, en la familia, en la empresa o en la política. Yo me quedo pasmado no obstante con las recomendaciones de Álex (Eusebio Poncela) a ese compañero de peleas, ahora empastillado por las depresiones y la soledad, ese esplendoroso Damián-Juan Diego, que debe recuperar la autoestima con las tres opciones posibles para un cincuentón derrotado: apuntarse a un gimnasio, tener un hijo y echarse una amante.

Si el anterior filme de Roger Gual fue aquel Smoking room,junto a Julio Wallovits, que narraba con talento el eclipse de toda reivindicación en un mundo de trepadores sin montañas, en Remake hemos vuelto a casa, y tras abrir la puerta y echar una ojeada al piso, nos acercamos al espejo y nos miramos. Cada cual dirá de sí lo que quiera, pero en el azogue descascarillado del marco está algo de nosotros mismos. Quizá el versito de Neruda, como grande y tramposo que era, sea falso y "nosotros, los de entonces, somos los mismos". Lo cual no sé si es aún peor, porque me trae a la memoria esa expresión tan repetida por los políticos tramposos, los empresarios aventureros y los escritores falsos, esa frase que me subleva: "No tengo nada de qué arrepentirme y volvería a hacer exactamente lo mismo que hice". O idiotas o cínicos.

Si hubiera que ponerle colofón musical a ese retablo trabajado con escalpelo, yo propondría una canción de un disco reciente de Jerónimo Granda, que con toda seguridad no conocerán, porque esas cosas de provincias no llegan a las metrópolis. Se titula Grillos y, conservando el lenguaje popular asturiano, dice así: "No queden praos, no queden grillos, sólo cemento, sólo ladrillos. Viva el parque jurásico. Vivan los dinosaurios. Este mundo es fantástico, gracias a los mandatarios, que comen y beben como gochos, igual que dinosaurios. Y desaparecerán como gochos. También como dinosaurios".