¡Ah, los liderazgos! ¿Qué seríamos los electores sin el sermoneo cada día y a cada hora de nuestros guías y mentores? El primero es, como debe ser, el presidente de la Generalitat, el cual acusa a tres presidentes del Gobierno español, Suárez, González y Zapatero, de confundir Catalunya con los nacionalistas, o sea, Tarradellas y Pujol, y pactar con ellos. Lo que resulta curioso, pues el gran lío armado por el mismo Maragall con su Estatut en relación con España ha residido en meter y sacar el término nación... Luego, Maragall exculpa a Aznar del error nacionalista, pero éste con quien también pactó fue con CiU. Y ahora el PSC tiene otro embrollo al dirigir su campaña a favor del referéndum con la acusación al PP de ir contra Catalunya, cuyo mayor pecado consiste en considerarse una nación, como no se cansan de repetir Aznar, Rajoy compañía.

Luego, el líder de ERC afirma que Montenegro es el luminoso ejemplo en el que debiera contemplarse Catalunya. Antes, fueron las repúblicas bálticas. O sea, que para que un sector de los catalanes se sienta más genuino -el partido tiene el 16% de los votos- toda la población debe cerrar sus mentes posiblemente occidentales, olvidar su ubicación y tradición, para inspirarse en los pueblos europeos que han padecido más atrasos, altibajos institucionales, cambiazos. Pero en nuestro caso sólo quedándonos con lo que nos gusta, la independencia. A la carta, como en el restaurante.

Después, Artur Mas anuncia que si en el referéndum "no triunfa el sí, quien está triunfando es la España más intransigente y más intolerante, la que nos cierra la puerta". Por tanto y dicho en cristiano, esto significaría que ha ganado el voto del PP. Sin embargo, ¿cómo puede ocurrir esto, cuando electoralmente este partido está en Catalunya a un paso del furgón de cola, con un 12% de los votos? Por lo que si ganara el no se debería a otras causas y paradójicamente las que se reclaman más catalanas, a ERC en primer lugar, cuyo voto se hermana en la práctica con el del PP -los extremeños siempre se tocan-, y a la propia CiU, que antes de su último noviazgo madrileño también cabildeaba con el rechazo al Estatut.

Sólo PSC e ICV pueden tirar la primera piedra, según parece nunca han querido abortar el Estatut. No obstante, constituyendo ambos la mayoría del pacto del Tinell, en el que estaba también ERC, que no es nacionalista sino a ratos independentista, y verificados sobre el terreno social y estatal los resultados del mejunje, se patentiza como lógico que los presidentes españoles prefirieran pactar con Pujol y Tarradellas, ahora con Mas, y no con los otros líderes catalanes.