Catalunya está avanzando, insisto. No estamos paralizados ni damos marcha atrás. De ninguna manera. Todo lo contrario.

Avanzamos como sociedad en la mayoría de aspectos cruciales.

Quien lo niegue es un embustero o un enemigo incluso de España.

Ahora bien, estamos en una crisis política que presenta varios aspectos: de liderazgo, de confianza, de estrategia, incluso de meta. Todo eso anda mezclado e interviene en el referéndum, que de este modo tendrá lugar en medio de un torbellino de viento, entre polvo y hojarasca. La inmensa mayoría de catalanes no van a estar muy seguros de su voto. Ni serán, seremos, capaces de explicarlo con nitidez sencillez, claridad y pocas palabras. Votaremos pues con los ojos entornados. Algo confusos. Es inevitable. Es culpa del momento político. No hay que lamentarse sino afrontarlo de este modo, tal como viene. Si hay ventolera, se sale a votar igual. Mano delante de los ojos, para protegerlos, y allá vamos. (Ah, y de parte de Brutus D el Magnánimo, que no es mal presagio.).

No estoy de acuerdo con quienes anuncian imposibilidad de calibrar el resultado, dadas las complejas razones de los votantes, la proporción de no que habrá en mucho sí y al revés, etcétera. También parecía, días después de la foto de la Moncloa entre Mas y Zapatero que no habría modo de ponerse de acuerdo en la valoración del Estatut resultante. Luego, en pocas semanas, llegamos los catalanes a una conclusión consensuada: positivo pero insuficiente. Eso fue bueno, muy bueno. No era fácil. Ahora está asumido. Positivo pero insuficiente. Vote usted lo que vote, con el ánimo que lo vote, tiene nueve posibilidades contra una de compartir el diagnóstico: positivo pero insuficiente. Después añada, quite o matice. Pero sin salir de ahí.

Bueno, pues con este precedente ya estamos preparados para interpretar de modo consensuado el resultado del referéndum. Salga lo que salga. Diga lo que diga el recuento matemático (a condición de que salga el sí, sobre lo cual no conozco a nadie que tenga dudas), lo relevante es el significado que demos los catalanes a la cifra, no la cifra en sí. Es pues mejor, y más pertinente, más pragmático, avanzarse a sacar conclusiones consensuadas que forcejear después con las cifras. La propuesta que les hago, que ya les hice en estilo sibilino, proviene de un ejercicio en tres partes. Una, hacer como si el resultado fuera tal. Dos, prever la vía de aplicación, el rumbo que debe tomar Catalunya en términos políticos e institucionales. Tres, a la vista de tales previsiones, confirmar o retocar el resultado, a fin de acabar de perfilar el que más nos convenga como comunidad. Les ahorro los pasos del ejercicio y voy a la conclusión. A la conclusión como propuesta de consenso ciudadano. Si ando errado, algún colega me lo dirá. Si hay que afinar más, retocar, pensarlo mejor, no deseo la exclusiva. Mi finalidad, y la de la mayoría de comentaristas e intelectuales, no es otra que preparar territorio y camino de amplio consenso para los próximos años. No es tarea fácil, por lo que no podemos caer en la irresponsabilidad. En el error, sí, pues no somos inmunes, pero no en frivolidades.

¿Vaticiné un sesenta cuarenta? Creo que es exacto. No en matemáticas, que puede rebajar el no, pero sí en actitud. Pues bien, en aras de este mismo consenso, quito cinco puntos al no. Quedémonos en que el rechazo social a este Estatut, no el de las papeletas, ronda el treinta y cinco por ciento. Si quieren, hasta algo menos. Bueno, en todo caso es demasiado como para ignorarlo. Lo primero que significa esto es la negación del inmovilismo. La historia va demasiado rápida como para que podamos permitirnos el lujo de diez años más de espera y aguarda. Caminan, tanto la historia general como la ebullición interna del nacionalismo. En el conjunto de nuestra sociedad algo más se mueve. El Estatut, una vez aprobado, no va a ser parada y fonda. Descarten la vuelta al lago catalán, porque es contraproducente para todos. No puede ser y además es imposible.

Lo más prudente y sensato, gobierne quien gobierne luego, es combinar la entrada en marcha del Estatut con la exploración y preparación, pausada pero no aplazada, de nuevas vías para ampliar el autogobierno. Por un lado, amueblar el Estatut, probar su consistencia, observar los cambios reales. Por otro, en paralelo, ir anotando sus carencias en la pizarra grande. Todo en debate público. Es lo mejor. Madrid no es imparcial, y si Catalunya sucumbe a la tentación de volver al lago pujolista, la aplicación será mucho más cicatera, la insatisfacción será mayor, con lo que aumentará el riesgo de convulsiones posteriores. En síntesis: hay que hacer la digestión del Estatut en marcha, no parados.

Nada, pues, de encallarse en discutir el resultado. Pasar página del capítulo y manos a la obra en seguida. Catalunya dará un sí insatisfecho al Estatut. No nos paremos. No corramos. Hagámoslo mejor en el futuro, que tampoco cuesta tanto.