Ayuntamiento. Ruiz-Gallardón convierte una reunión del grupo municipal en un balance exitoso de su Gobierno en el que se evidenció la tensión entre él y Aguirre.
Ni con Mariano Rajoy delante son capaces de disimular Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón el desamor que se profesan.Es tal la intensidad del enfrentamiento entre ambos que ni las sonrisas postizas ni los elogios obligados y obvios disimulan en los discursos los reproches y las puyas constantes.
Era ayer el día del alcalde. El día que, con la excusa de celebrar una reunión del grupo municipal, convocó al presidente nacional del PP para que participara en ella. Se enteró Aguirre, apeló a su condición de máxima responsable del partido en Madrid y pidió estar. Se enteró Ruiz-Gallardón y convirtió la reunión de grupo en un acto de balance de sus tres años de Gobierno municipal. ¿Quién osaría criticarlo?
De ese escenario se partió, y, así, no era previsible nada diferente a lo que sucedió: la cascada de elogios y flores no ocultó los reproches.
Abrió el fuego Manuel Cobo como portavoz del grupo municipal.Harto debe andar de que algunos afines a Aguirre reiteren -desde el día en que Ruiz-Gallardón osó decir que quiere ser número dos de Rajoy en la lista al Congreso en las próximas generales- que los dirigentes electos deben cumplir el mandato íntegro.
Cobo hizo un recorrido por la carrera política de Aguirre y le recordó que estuvo en el Ayuntamiento tres legislaturas y un poquito: el año que fue desde 1995 a 1996, cuando dejó su responsabilidad municipal para ocuparse del Ministerio de Educación en el primer Gobierno de José María Aznar. O sea, que no cumplió los cuatro años para los que había sido elegida, le vino a decir. Le dijo.
Habló Ruiz-Gallardón y también sacó la fusta, en un reconocimiento quizá más explícito -aunque sutil también- de los enfrentamientos.
Así, al referirse a la magna obra de la M-30, explicó que, «superados todos los obstáculos», la reforma será un éxito. «Nunca se ha intentado poner tantas trabas y obstáculos a un proyecto tan transformador». Aparte de los problemas con la Confederación Hidrográfica del Tajo, la mayoría de los inconvenientes y los más importantes se los ha puesto Esperanza Aguirre: exención de impacto, afectación al Puente de Toledo, reforma en Embajadores...Lo sabe el alcalde y por eso lo dijo.
Pero es que a esto precedió una increíble declaración en la línea del «trabajo conjunto» (sic) que hacen las dos administraciones con expresiones como «hemos querido hacer juntos» o «lo tenemos que hacer juntos», que fueron rematadas con toda una declaración de intenciones: «No sólo hay que coordinar los esfuerzos, sino hacerlo en la misma dirección».
Le tocó el turno a Aguirre y marcó territorio. Dejó claro que el mérito de Ruiz-Gallardón en 2003 fue obtener la cuarta mayoría absoluta consecutiva del PP en el Ayuntamiento. Vamos, que Manzano ha ganado tres veces y que nadie se crezca.
Luego, discurso nacional o referencias «al PP de Madrid». El único elogio directo fue general, no al alcalde, sino a todo el grupo municipal. «Gracias al trabajo que habéis desarrollado y que vais a hacer este último año, estoy segura de que vamos a seguir siendo el partido favorito de los madrileños».
Las guerras administrativas (que si las alcantarillas, que si los árboles, que si el Albéniz...) se mezclan estos días con el conflicto político: desde el partido en Madrid se lanza insistentemente el mensaje de que será la organización la que designe al candidato a la Alcaldía.
A preguntas de los periodistas, Ignacio González, en calidad de presidente del Comité Electoral del partido en la región, entró ayer nuevamente en la polémica: «Los candidatos a alcalde los designa el PP de Madrid y eleva esa propuesta a la dirección nacional». El sistema, explicó, «es claro y transparente y ha sido fijado por la Junta Directiva Nacional». Así se pronunció tras el Consejo de Gobierno de la Comunidad, a la misma hora que se realizaba el balance del Gobierno Gallardón.
El acto, a mayor gloria del alcalde, fue, sencillamente, un pastel.Un repaso de éxitos y un recorrido virtual de 20 minutos -sólo el discurso de Rajoy duró tanto- por la M-30; a estas alturas, la razón de ser del Ejecutivo municipal.
El alcalde recurrió otra vez -segunda en cuatro días- a Lewis Carrol y Alicia a través del Espejo para decir que hay que correr el doble de rápido para avanzar y no quedarse en el mismo sitio.«No vinimos para estar cómodos, a dejar las cosas como estaban».De ahí, a un discurso que fue de lo municipal a lo nacional: «Frente al inmovilismo de los que sólo se dirigen a los españoles en términos de identidad con la mirada en el pasado, nosotros tenemos que trabajar hacia el futuro».
Curiosísima su referencia a la novísima Ley de Capitalidad, mérito de ¡José María Aznar! O su único elogio a Aguirre: la riqueza económica de la región en la que, claro, la capital es elemento clave.
Reclamó un cambio de Gobierno en Moncloa -«no es que lo queramos, que también, sino que los madrileños lo necesitamos. Necesitamos gobiernos nuevos, ideas nuevas para desperezar los retrocesos históricos que se han producido»- y se comprometió a estar «a la altura de la confianza que el partido ha puesto» en él y los suyos.
No se esperaba de Rajoy una designación directa de Ruiz-Gallardón como candidato a la Alcaldía. Eso le toca en septiembre. Sí un apoyo, un respaldo explícito a su labor, como lógicamente se produjo. «Han acreditado que están a la altura de la ciudad, de lo que una capital como Madrid requiere».
El presidente del Partido Popular remarcó en varias ocasiones que el criterio es ingrediente básico para el buen Gobierno.«Aquí hay criterio», dijo. En lo que muchos quisieron ver como una designación inmediata de su jefe, afirmó: «Madrid necesita un equipo tan competente e inteligente como el que tenemos en el Ayuntamiento».
Con viajes continuos a la política nacional, Rajoy paró unos segundos en la ciudad y elogió hasta el extremo la reforma de la M-30 -«la obra de infraestructura más importante de Europa»- y esas obras que «generan molestias, pero son el futuro. Cuando no las hay, es el regreso al pasado, al colapso. Son [las de Madrid] un ejemplo para muchas ciudades». ¡Qué mejor elogio al alcalde de la capital!
Lo hubo. Al cerrar su intervención. «El Ayuntamiento es un buen escaparate de lo que son las políticas del PP, como es la Comunidad».Rajoy estuvo en el papel de árbitro, de parachoques, compensando cada elogio a Ruiz-Gallardón con el pertinente guiño a Aguirre.
Ellos -se trataron de «compañeros»- se sonrieron. De mentira y menos que otras veces.
ELOGIO DE BOTELLA Y LA PETICION DE PAZ
En su sucinto repaso a la gestión del PP en el Ayuntamiento de Madrid, Mariano Rajoy se detuvo especialmente en una Concejalía: la de Empleo y Servicios a la Ciudadanía. Dicho de otra forma: en la de Ana Botella. La puso como ejemplo de eficacia en la gestión y atención de los vecinos dependientes -«aquí se atiende a más de 100.000 personas»- y de políticas de inclusión de la inmigración. Rajoy se mostró «orgulloso» de todo el equipo municipal y confrontó de forma permanente la política del PP en la Comunidad y el Ayuntamiento con las del PSOE en el Estado. La reacción al acto de grupo/balance de tres años llegó de IU y de los socialistas.Izquierda Unida criticó que el alcalde utiliza el Ayuntamiento para celebrar «sus performances electorales» y preguntará oficialmente de dónde ha salido el dinero para organizar el evento. La coalición le recordó, además, que la campaña electoral no ha comenzado aún. El PSOE, por su lado, interpretó la presencia de Rajoy en el Ayuntamiento como «un espectáculo más para intentar frenar las evidentes tensiones» entre la presidenta regional, Esperanza Aguirre, y el alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, informa Efe. Así, ironizaron que «entre ambos dirigentes son motivos de conflicto hasta las tapas de las alcantarillas». El PSOE pidió paz y consideró que si Mariano Rajoy no media entre ambos líderes, «el conflicto puede llegar más lejos». Añadió que el PP está «más roto que nunca».

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