Amo a Laura en un “corrá”, de Incitatus en El Confidencial
Por razones de edad, exceso de trabajo y, en buena medida, de salud mental (trato de conservar la que me queda más o menos como está), hace tiempo que no sigo con demasiado interés la llamada “música popular”, por apócope pop, ni apenas sus variantes. Ya saben, lo que escucha la chavalería por ahí. Siento admitir esa laguna en mi orografía cultural. No se puede estar en todo.
Pero es que ya son once de ustedes los que me han mandado, vía correo electrónico, un par de videoclips inenarrables, como quien le pone la muleta al toro para que embista. Y muchos más me han invitado a que los comente. Reconozco que habría de tener el corazón de piedra para no hacerlo. Además, yo me debo a ustedes.
Lo que pasa es que me piden, casi me exigen, que yo ponga verde, en primer lugar, al videoclip interpretado por el grupo Happiness (“felicidad”), que se titula Amo a Laura pero esperaré hasta el matrimonio. Pues no pienso hacerlo. Lo siento si les decepciono. Eso es una obra maestra de las que hace años que nadie es capaz de lograr. Musicalmente, admitámoslo, es conmovedora. El shalalala no se oía desde los buenos tiempos de Camilo VI. En lo conceptual, la alabanza de la castidad, de los crucigramas, del asco hacia el sexo fuera de las estrictas prohibiciones de la Iglesia (que son todas menos las esencialmente reproductoras; el ideal católico de la sexualidad viene a ser el conejo que va a misa), me parecen la recuperación de tradiciones que parecían perdidas desde que subieron al cielo Franco, Guerra Campos y el padre Remigio Vilariño. No puedo criticar eso, siempre he tenido debilidad por la arqueología. El único defecto que le encuentro al vídeo es que, de los dos chicos del cuarteto, el moreno muy bien pudiera ser sustituido por monseñor Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal, y el resultado ganaría notablemente.
Amo a Laura pero esperaré hasta el matrimonio (título breve que no me termina de gustar: yo lo cambiaría por Amo a Laura pero esperaré hasta el matrimonio, no voy a arrancar esa flor, quien la destruya no seré yo, shalalala, que se entiende mucho mejor) tiene todas las posibilidades de convertirse en el gran éxito del verano, como sucedió, hace ya unos años, con el disco de obras gregorianas que grabaron los monjes del Monasterio de Silos: permaneció durante una increíble cantidad de semanas en el número uno de las listas de ventas, lo cual provocaba cólicos nefríticos en los presentadores de esos programas de televisión en los cuales un chaval modernísimo va enumerando y haciendo sonar los grandes éxitos del momento. Era más o menos así: “Y ahoraaa, después de Madonnaaaa, el número uno; lo más, tío; lo más marchoso, lo más guay, lo que no te puedes perder, lo que se baila en todas las discooos: ¡Te Deum laudamus Domine, yeaaah, por la banda más jevi de España: los tronkos de Silooos!” Luego, al pobre presentador modernísimo tenían que llevarlo al psicólogo.
Amo a Laura, etc. etc. etc., tiene una virtud (aparte de las cristianas) insuperable: que mucha gente, en los foros religiosos de Internet, no se ha dado cuenta, o no ha querido admitir, que es una broma, una parodia, una genial campaña publicitaria de la empresa MTV. Y se lo han tomado en serio. Busquen ustedes por ahí y lean las cosas que dicen los píos internautas (que se pasan unos a otros la canción como si se prestaran el Kempis) sobre las indiscutibles ventajas físico-espirituales que tiene el que los novios hagan crucigramas juntos en vez de darse besos o disfrutar de sus cuerpos.
La otra noche veíamos el videoclip de esta canción, en mi ordenador, mi hijo Carlitos, su novio José Luis (se casan en un mes: Dios nos asista porque nos vamos a arruinar) y yo. Silencio total. Hasta el final, cuando Carlos comentó, lacónico: “El rubio del jersey amarillo tiene un polvo, ¿no, cariño?” “Yo diría que dos”, respondió Cariño.
Les costó trabajo convencerme de que me estaban tomando el pelo. Hay cosas de estos nuevos modelos de familia a las que me cuesta trabajo acostumbrarme, ¡serán golfos! En fin, ya sólo queda un mes. Luego se van a vivir al pisín que se han comprado (que les hemos comprado, habría que puntualizar) en el barrio de Chueca. Demasiado cerca me parece. Venga, Inci, ánimo, ¡que sólo queda un mes!
EL TRIUNFO DE DARWIN
El otro videoclip, Opá, yo viazé un corrá, es todavía mejor. Lo canta un malagueño que se hace llamar El Koala (fíjense ustedes en su cara y comprenderán a qué viene el mote) y que procede, en términos musicales, de la recordada Tengo un tractor amarillo, que cantaba Zapato Veloz, y de la perpetuamente inolvidable Ramona que perpetraba Fernando Esteso en los tiempos de don Carlos Arias Navarro. Pero hay una diferencia importantísima. Esteso y los del tractor amarillo eran unos tipos corrientes, de asfalto, que se disfrazaban de gañanes y los parodiaban. El Koala, no: el Koala es un gañán auténtico, genuino, un cateto en estado puro cuya creación musical, desde el punto de vista antropológico, me parece trascendental. Se pongan como se pongan Bush y los “creacionistas” norteamericanos, este señor Koala ha demostrado para siempre jamás que Charles Darwin tenía razón: los seres humanos actuales descienden de los grandes simios de la antigüedad. Y aún más: ha dejado claro para la Ciencia que no todos descendieron a la vez. Unos lo hicieron hace cientos de miles de años y otros han descendido muy recientemente.
La canción, compuesta en la tradicional tonalidad de La Mayor y organizada conforme a la nada revolucionaria estructura del “Rondó con variaciones”, cuenta la historia (se lo digo yo por si ustedes no lo sabían) de un servicial y bien dispuesto muchacho que pone en conocimiento de su padre la intención que tiene de construir, en las inmediaciones de Benamargosa (llamado “Gibraltar el Chico”), un cercado rústico que piensa dedicar a la cría de diversos animales domésticos y de granja que, en circunstancias favorables, podrían llegar a reproducirse: “Opá, yo viazé un corrá / pashá gallina / y pashá minino / (…) pashá cabrilla / y sacá shiviyo (…) pashá guarriya / y sacá guarriyo”. Son obvias las conexiones del argumento con la mejor Literatura del viejo género de los Apólogos en incluso con la Sagrada Biblia: sirvan como ejemplo El cuento de la lechera (Samaniego) o lo del Arca de Noé. Sigamos con el argumento.
El joven garantiza a su padre que esa iniciativa agropecuaria no significa, en modo alguno, que tenga la intención oculta de abandonar la empresa unifamiliar e independizarse. Es un buen hijo que no tiene empacho en rogar obedientemente la autorización paterna para llevar a cabo su proyecto: “Con tu permizo, jago un corraliyooo”. Incluso garantiza que la construcción del nuevo recinto no le quitará tiempo para cumplir sus habituales obligaciones en la granja de la familia ( “Yo tayúo a sacá las papas (…) yo tayúo a barré lo shumbo” ), granja que se adivina hasta cierto punto próspera: dispone de variados vehículos de tracción mecánica, aunque no estén en perfecto estado. Así, el joven asegura que seguirá colaborando con toda abnegación, entre otras cosas, a la hora de poner en marcha la vieja motocicleta (“Yo tayúo arrancá la Guzi”) o de adecentar el todoterreno (“Yo tayúo a pintá Lanrrove”).
Informa el muchacho a su padre –lo cual es, sin duda, una agradable noticia– de que no serán precisos gastos extraordinarios para poner en pie la nueva instalación: ya dispone de los materiales de obra (“Tengo la maera / y tengo lo tabloneee”), obtenidos a veces de manera improvisada y no escasa de ingenio (“La shapa der tejao / l’he sacao d’uno bidoneee”).
Asegura el emprendedor jovencito que tiene la firme determinación de llevar a término su ilusionado proyecto, pero en un momento dado se sincera noblemente ante su padre, le abre su corazón –es un pasaje conmovedor– y admite que, a veces, su alma flaquea, que no se siente del todo seguro de sí mismo, que quizá la alegre voluntad que le anima no baste para coronar la empresa: “Er domingo empieso, / a vé si tengo cohone”.
La obra concluye, en medio de un tutti orquestal que recuerda los memorables finales sincopados de Sibelius, con el triunfo de la voluntad creadora sobre la triste rutina cotidiana, de la determinación (véase Parsifal) sobre el fatum, del espíritu indomable sobre la materia: “Opá, Opaíto”, dice el protagonista, “yo viazé un corrá”. E insiste, remacha en la frase final, que no deja en el corazón del espectador la más leve sombra de duda: “Yo viazé un corrá, yo viazé un corrá, ¡via-zéun-co-rrá!”.
Yo es que no entiendo por qué a ustedes no les gusta esto. Antropológicamente, el cantante es un inestimable hallazgo de la Ciencia. Musicalmente, la canción le da ciento y raya al cretino del Melendi; a la sotabarbada chica, Dominatrix afflictorum, de Amaral, y a las felizmente descacharradas Ketchup, que ya es decir. En lo ideológico estamos, como acabo de exponer, ante un verdadero compendio de tradiciones literarias que van desde la parábola del Hijo Pródigo hasta Wagner, bien es verdad que con una ortografía algo rupestre.
El Koala es, por demás, buen cristiano donde los haya. Mi inminente yerno José Luis, que me enseña mucho sobre música pop (o como rayos la llame él), me sacó de Internet unos vídeos en los que Andreu Buenafuente y Jesús Quintero entrevistaban a este Koala: el tipo no hacía más que dar gracias a Dios, a la Virgen y a los santos por el golpe de suerte que había tenido con la canción (luego he sabido que este señor, que siempre lleva los mismos pantalones, formó parte de grupos como “Santos Putos” y cantó canciones como Ostia) y rogaba al Plenario de la Corte Celestial que le reservara el éxito obtenido por partituras que ya están, junto a las de Granados, Falla, Albéniz, Rodrigoy los Halffter, en la historia de la música española, como el Aserejé y la Macarena.
Miren, yo también se lo deseo.
Pero, ahora que está tanto de moda eso de la fusión musical, yo propondría una versión mezclada de ambas partituras, la de los Happiness y la del Koala. Lo suyo sería amar a Laura en el “corrá”. Y solucionamos todos los problemas a la vez. Más que fusión, síntesis se llamaría eso. Me pregunto qué dirían la gayina, lo shiviyo y el buen Opá. Y, ya puestos, el rubio del polvo. Pero no hay más que verle: seguro que éste es de los que cambia el polvo por brillo, como la Iglesia. Y como el Pronto.
