HAY ocasiones en que el Estado, ese concepto tan vapuleado por la retórica centrífuga del nacionalismo, se manifiesta a través de algún símbolo histórico impermeable a las coyunturas, a las modas, a la fiebre neoestatutaria, a la alharaca diferencialista. Por detrás de toda esta calentura de autonomías disfrazadas de realidades nacionales, de este fragor reivindicativo de identidades, de este elástico tironeo del tejido constitucional, aparece de vez en cuando el viejo perfil jacobino de alguna emblemática institución refractaria a las querencias circunstanciales determinadas por la conveniencia política, y surge de la memoria colectiva el sustrato sentimental que identifica la médula de una nación. El más clásico de esos elementos que permanecen anclados más allá de los vaivenes circunstanciales de la Historia es la Guardia Civil, referencia figurativa del prestigio de un Estado vertebral que se resiste a la demolición y permanece de algún modo erguido bajo los escombros de su maltrecha estructura.

Ha bastado que cunda en Cataluña la alarma popular ante una oleada de bárbaros y violentísimos asaltos a viviendas para que desaparezca por ensalmo el orgullo ante la flamante policía autonómica, el fragor entusiasta del Estatuto confederalista y soberano, y surja de las entrañas ciudadanas un clamor desasosegado en demanda de la protección de la Benemérita. El publicitado y costoso despliegue de los mossos d´esquadra por territorio catalán ha tropezado a la primera de cambio con la elemental muralla de la inquietud de la gente bajo la amenaza inmediata y tangible de esas bandas cuya alta peligrosidad requiere una respuesta a la altura de su desafío. Sometido al test primario e inapelable del miedo, el pueblo ha dictado veredicto: nada de mossos, que venga la Guardia Civil. Y la Guardia Civil ha ido.

Es decir, ha ido el Estado. El viejo, maltratado, despreciable Estado ha acudido una vez más en socorro de una ciudadanía agitada por los demonios viscerales de la intranquilidad y el pavor. Interpelado directamente por el pueblo, el Gobierno se ha visto obligado a olvidarse de la Generalitat, del Estatuto, de las competencias exclusivas, de la miope autosuficiencia territorial, y ha decretado a bombo y platillo la expedición inmediata de trescientos picoletos para recomponer la serenidad perdida del vecindario. He aquí la metáfora de un fracaso: todo el solemne triunfalismo soberanista desmoronado ante el reto de su propia ineficacia, toda la grandilocuencia artificiosa del nacionalismo puesta en solfa por su incapacidad de resolver un problema real, toda la soberbia presunción autocomplaciente del orgullo autonómico de hinojos ante trescientos cadetes de la Academia de Baeza, cuyo solo anuncio presencial inyecta un bálsamo de alivio en la conciencia ciudadana.

Dicen que la vieja España está cosida por hilos invisibles que aprietan el tejido de la memoria común. A veces, esa etérea hilatura de símbolos adopta los ribetes de un uniforme verde enhiesto en el paisaje de esta nación zarandeada.