Cuando Larra observó que no se levantaba la Nación para ahogar de una vez para siempre el monstruo que en el norte nos devoraba, en la Guerra Civil, escribió desde las posiciones de un liberal resignado: «Recorre la Historia: en ella aprenderás que un asesino nunca puede ser justo, pero cuando es una parte del pueblo la que está con los que asesinan, rara vez dejan de matar».
Zapatero ha anunciado en Baracaldo que en junio iniciará el diálogo con ETA. Y ha sonado como una copa de frío. Desde la mayoría de los medios acusan al presidente de atropellar temerariamente las leyes y de rendirse. El presidente va a tener que escuchar las pedradas en los cristales y cómo gruñen los vientos. Si se equivoca porque cree que la paz es el mayor bien del que pueden gozar los últimos españoles, que queden, después de estatutos, lo echaremos; el pueblo es más fuerte que el Gobierno; hoy no le podemos negar el derecho a intentar que se acabe la costumbre de matar. Reconozcamos que ha sido el primer presidente que ha puesto la mesa de las negociaciones ante la Nación. Todos comprobaremos si se ha producido ya la metamorfosis del vampiro.

Después de leer el magnífico libro de Carlos Fonseca Negociar con ETA, sé que los etarras han rondado siempre por Moncloa.Ya se conocen los recovecos de los fondos reservados y los jergones, antes y después de que Felipe González autorizara las conversaciones de Argel.

Claro que hay dos maneras de entender el final: la de los que piensan que no hay más política que la dirigida a acabar con ETA y la de los que se han convencido de que la lucha no se limita a un partido entre la Guardia Civil y ETA. Uno de los dos partidos y la mitad del otro cree, como Santiago Abascal en otro libro reciente, que la autodeterminación es una ofuscación absurda, porque si cualquier comunidad tuviera el derecho a separarse bajo la influencia de los rebeldes, cualquier pueblo, cualquier granja podría declararse independiente.

Fonseca se limita a enumerar la épica sucia de los zutabes, la creciente desmoralización de presos, como cuando Eugenio Etxebeste, Antxon, que fue jefe etarra en Argel, dice: «El otro día, sentado en el pórtico de la casa, llegué a la conclusión de que vivo atormentado. Me siento un árbol desarraigado que dolorosamente sigue generando ramajes estériles. ¿Hasta cuándo podré resistir esta situación». Durante muchos años la muerte me ha pisado los talones; tampoco temo a la cárcel. Lo que me aterroriza es la pérdida de fe en los principios». Están a punto de aullar el arrepentimiento.

Hoy es Ternera uno de los interlocutores de los contactos entre José Luis Rodríguez Zapatero y ETA organizados por Center for Humanitarian Dialigue. Esperamos que los árboles desarraigados, las vidas convertidas en ruinas y el sacrificio de las víctimas tengan algún sentido bajo una lápida que diga paz.