El devenir vital del escritor Dionisio Ridruejo está indefectiblemente marcado por la integridad moral, ya que procuró no apartarse del camino que desde su juventud le trazaron sus convicciones liberales, y ello pese a los vaivenes de la Historia y al alto precio que hubo de pagar por servir a unos postulados de los que luego se alejaría por la perversión y falsificación que de los mismos perpetrarían los ganadores de la guerra civil.
La obra poética de Ridruejo enmarcada en los años de guerra civil se agrupó en el libro «Poesía en armas», publicado por la madrileña editorial Jerarquía en 1940. El corpus de este libro sufriría, sin embargo, un severo recorte de contenidos cuando su autor, en 1949, y distanciado abiertamente del franquismo oficial, afronte la recolección de sus poesías completas de juventud. Ridruejo señaló que «Poesía en armas» había sido drásticamente adelgazado porque en aquellas piezas circunstanciales sobre la guerra, y de inequívocos títulos por otra parte («La victoria», «Al Ebro», «Al destino de España»), primaba, a juicio del poeta, la «superficialidad evasiva». Acerca de los poemas, escribió que eran «muy retóricos (É) y ya escasamente representativos de mis sentimientos y convicciones». Se lamentaba entonces, más de una década después de redactados los poemas, de que parecían tener un referente irreal, no poseer un anclaje en un contexto tan dramático como el del enfrentamiento armado; afirmaba Ridruejo que el libro «más parece aludir a cosas ocurridas en el país de los sueños que a furias, dolores y esperanzas encarnizadas en un pueblo real». Semejante rigor en la autocrítica queda un tanto desdicho al leer los poemas que integran «Poesía en armas», en los que el fragor de la confrontación, y el entusiasmo que cabe suponerle al poeta que defiende a uno de los dos bandos en liza, no minó la calidad literaria de los poemas, lo cual no dejó de sorprender al propio poeta, que en más de una ocasión se interrogó acerca de cómo había sido posible que una experiencia traumática como la de una guerra civil no le hubiera calado hasta los tuétanos en lo que atañe al resultado artístico de su obra. Y es que prevalece en la producción de Ridruejo la serena reflexividad de lo vivido antes que el desbocado sentimiento partidista.
Uno de los poemas salvados de la purga por Ridruejo cuando revisó «Poesía en armas» es el titulado «El 18 de julio», compuesto en los primeros compases de la guerra civil y donde se recoge, alegóricamente, la situación del país cuando tiene lugar el Alzamiento. En el mismo se pasa de una atmósfera asfixiante a otra esperanzadora, de lo conocido a lo que está por venir pero que se intuye lleno de bienaventuranzas. El contrario, el estallido de la guerra y el advenimiento de otra realidad que se intuye más provechosa, provocan una transformación total de la misma naturaleza. La vitalidad que introducen los elementos que entran en escena, henchidos de valor positivo y renovador, se contrapone a la negatividad y tristeza de lo establecido, por lo cual la entrada en combate es interpretada, al final del poema, como una bendición y una suerte de la que todos habrán de beneficiarse: «Alcemos el fusil sobre la aurora / rasgada contra el odio y el desvío / por el intacto sable del futuro, / y entremos, ¡oh laurel de los peligros!, / para cumplirnos amorosamente, / con delirios de paz en el combate».
En 1937, Ridruejo, que confiaba todavía en Franco como guía de la revolución preconizada por los falangistas, le dedicó al Generalísimo un soneto cuyo remate era más que elocuente expresión de su pleno convencimiento en el cambio que se avecinaba, aunque no fuera en el sentido que a Ridruejo le hubiese confortado: «Padre de Paz en armas, tu bravura / ya en occidente extrema la sorpresa, / en levante dilata la hermosura, / al norte es muro y en el sur empresa, / mientras reclama toda su aventura / al pueblo que acompaña tu promesa». Esos versos propagandísticos disuenan totalmente de estos otros que, veinte años más tarde, en agosto de 1957, va a escribir Dionisio Ridruejo desde la cárcel de Carabanchel, adonde lo recluyó el Régimen por alentar protestas estudiantiles. Allí se dirigirá al autoproclamado «Caudillo por la gracia de Dios», y lo hará en un tono bien distinto del empleado en 1937. Aquí el ensalzamiento de entonces ha sido sustituido por un deje acusador, retador e imprecativo, donde no faltan las ironías hacia las aficiones cazadoras y pescadoras del dictador o una alusión implacable a la voluntad criminal y deshumanizada del jefe del Estado, por no hablar de una indisimulada referencia a la supuesta inteligencia de Franco: «Despierta Francisco Franco, / aviva el seso y despierta: / no todo es gamo en el monte / ni salmón en la ribera, / no todo el pueblo es rebaño / ni prado toda la tierra. / Donde siegas reverdece, / lo que humillas se rebela. / Cuando la sangre estancada / va rompiendo su corteza / y la impotencia, despacio, / va limando las cadenas, / hasta la guardia que tú / corrompiste en tu defensa / y los flojos mercaderes / que te compran la cosecha / ya sienten la náusea al fondo / de su entraña verdadera. / (É) / Despierta, pero no puedes; / que aún querrías si pudieras / entenebrecer las aguas / que van subiendo serenas / y removiendo los posos / revolver sangre con ellas. / Sigue durmiendo; tu suerte / está echada y es severa».
Lamentablemente para Ridruejo, el anciano general le sobreviviría unos meses, ya que el poeta moriría en Madrid el 29 de junio de 1975 y Franco no lo haría, como es sabido, hasta el 20 de noviembre de ese mismo año. Las antipatías del antiguo colaborador de Franco estaban más que justificadas: en 1942 Ridruejo había renunciado, al volver de Rusia, a todos sus cargos dentro del Régimen, y le había dirigido al dictador una carta nada timorata en la que, entre otras lindezas, le decía que «no tenemos Régimen que valga, salvo en sus aspectos policiales», y le hacía ver que «la Falange es simplemente la etiqueta externa de una enorme simulación que a nadie engaña». Además, en 1955 había criticado sin paños calientes al Movimiento delante de ex combatientes de la División Azul en la que él había servido con las mejores ilusiones. Un año después, esto es en 1956, el reformismo liberal y de ansias democráticas de Dionisio Ridruejo le había llevado a fundar una agrupación política clandestina (el Partido Social de Acción Democrática) con la que buscó denodadamente restaurar unas libertades quebradas tras el final de la guerra civil; sobre esta senda volvería en el verano de 1974 con la fundación de la Unión Social-Demócrata Española (USDE). Y por si las desavenencias, desacuerdos viscerales y tiranteces con el franquismo no fueran pocas, Ridruejo conocería la cárcel en varias ocasiones, además de participar en el famoso «Contubernio de Munich» de 1962, donde las principales fuerzas opositoras del franquismo se reunieron para ver posibles salidas a una situación que se alargaba ya demasiado.

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