Exposición. La Residencia de Estudiantes acoge una exhaustiva muestra sobre la obra y la figura del filósofo y la importancia que la ciudad tuvo en la confección de su pensamiento, que hoy mantiene intacta su vigencia.
Hay ciudades que se convierten, de tanto pisarlas, de tanto vivirlas, de tanto pensarlas, en una idea. Sucedió con el Londres de Virginia Woolf, con el París de los Surrealistas y, también, con el Madrid de José Ortega y Gasset, uno de los filósofos que inauguraron el pensamiento europeo del siglo XX, siempre con el cabo echado en Madrid, como si ésta fuera el muelle con embarcadero de casi todas sus iluminaciones.
Ahora, en el 50º aniversario de la muerte del autor de La rebelión de las masas, la Residencia de Estudiantes -a la que tan unido estuvo en su proyecto intelectual- acoge una muestra esencial que recorre los distintos costados de la obra de Ortega y su vínculo a esta ciudad, organizada por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC) y la Fundación Ortega y Gasset, que preside Antonio Garrigues Walker.
La curiosidad insaciable del filósofo encontró en lo que dio en llamar «este poblachón manchego» el epicentro de su biografía, salteada de viajes encadenados y descubrimientos constantes que venían todos a concretarse en sus paseos por la Gran Vía, por la plaza de Oriente, en sus acercamientos hasta la ribera del Manzanares, «líquida ironía que lame los cimientos de nuestra urbe», escribió; en sus contemplaciones de las sierras pacientes; en sus discursos de Ateneo; en las tertulias adobadas de humo de café y un puntito de bohemia... Todo esto, más el ancho torrente de su limpia y exacta escritura, recorre la exposición de la que es comisario José Lagasa.
Ortega vivió los momentos más intensos de un Madrid que era un corazón con hipo. Lideró distintas generaciones, empezando por la suya, la del 14, se rebeló pronto como un instigador de ideas y proyectos en la España del 98 y se erigió como brújula de «aquella primera generación europea de escritores y pintores que condujo al periodo cultural más luminoso de la primera mitad del siglo XX por estas tierras, conocido después como la Edad de Plata», subrayó el comisario.
De hecho, no hay ámbito de la cultura y la sociedad en la que no entrase con fino bisturí Ortega y Gasset. De ahí, por ejemplo, la cuidadosa selección plástica realizada por el crítico Fernando Huici para vertebrar una mirada más ancha sobre el tiempo del autor de La deshumanización del arte, con obras de Zuloaga, Darío de Regoyos, Benjamín Palencia, Maruja Mallo, Rafael Barradas, Braque, Picabia, Kandinsky, Vázquez Díaz y Bores, entre otros.Alternadas con fotografías, manuscritos, libros...
El primero de los cuatro apartados, El Madrid de 'Meditaciones del Quijote' (1898-1916), recorre los años de formación del filósofo, su intervención como polemista en prensa discutiendo con Unamuno y Joaquín Costa, con Maeztu y Maura. Andaba ya su pensamiento en formación erigiendo ese ensayismo creativo que gastaba, aplicado primeramente a los males de la España de la Restauración: «Queremos ser, ante todo, la verdad de lo que somos, y muy especialmente nos resolvemos a poner bien en claro qué es lo que sentimos del mundo», escribió en 1916.
En este trasiego de ideas que iba ordenando Ortega mientras se iba desordenando la Península, viajó, leyó, descubrió, se puso el ropón del magisterio desde la cátedra universitaria que ganó y se iba adentrando con su reformismo de primera hora en el Madrid de las vanguardias (1917-1928), segundo de los apartados de la muestra.
Son ya años en los que funda la Revista de Occidente, vuelve su interés a la vida y el arte, girando el monóculo de su voracidad intelectual. Advierte de que nace una nueva sensibilidad desde el «arte joven» de la Generación del 27, aplica sus teorías a la política y a la intuición de la llegada del hombre-masa: «Europa padece una extenuación en su facultad de desear», apunta.
La desembocadura de la exposición toma su segundo tramo bajo el lema de El Madrid de la República, los más convulsos años vividos por Ortega, donde su madurez filosófica toma forma de púlpito viviente, con afán de claridad sobre las cosas. El estallido de la Guerra Civil, después de sus advertencias de fractura de España, le obligan a abandonar el país con su familia. «Este fracaso rotundo y perfecto me da derecho a un silencio cuando menos transitorio», apuntó en el diario La luz.
Ésa fue su melancolía, el gasógeno de su prolongada angustia, y la que revisa el Epílogo de la exposición (1936-1955), hasta el regreso de Ortega a Madrid en 1946, alternado con viajes por el mundo y estancias en Alemania. «Lo más valioso que hay en el hombre es su eterno y como divino descontento».
Este excelente regreso a Ortega que acoge la Residencia de Estudiantes viene apuntalado por un excelente catálogo que reúne no sólo textos y ensayos de Mario Vargas Llosa, Eugenio Trías, José Luis Molinuevo, Santos Juliá, José García Velasco y Azucena López Cobo, Fernando R. Lafuente y Carlos Peredas, entre otros; sino también con la recuperación de una conferencia inédita del filósofo madrileño: ¿Qué pasa en el mundo?, junto a una intensa selección de instantáneas de Madrid y del protagonista, de sus coetáneos, de sus amigos, de sus libros y sus rincones.
A la vez, un ciclo de conferencias dará luz a los muchos frentes que abarca la obra fundamental del autor de Ideas y creencias.Esta tarde -a las 19.30 horas- inaugura las sesiones Mario Vargas Llosa con El rescate liberal de Ortega y Gasset; el próximo 5 de junio será el turno de Fernando Savater, con La vida como tema filosófico; el 20 de junio será el director de la Fundación Juan March, Javier Gomá, quien se adentrará en el corpus intelectual de Ortega bajo el lema de Ejemplaridad pública; y clausurará las conferencias, el próximo día 21, el catedrático de Historia del Arte Francisco Calvo Serraller con La perspectiva de las artes.

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