Es ya un tópico en el mundo educativo: lo importante es aprender a aprender, el aprendizaje debe ser continuo, para lo cual hay que interiorizar los instrumentos y las aptitudes de aprendizaje.Aplicado a la democracia, ese lema rezaría como la crítica a tanta afirmación de ser demócrata desde siempre, al igual que significaría que no es aceptable la idea de que sólo lo nuevo es lo democrático, pues el aprendizaje se construye sobre lo sabido, sobre la memoria -de otro modo no sería continuo, sino discontinuo-. Por eso la democracia o es aprendizaje continuo, o deja de ser democracia.
Parece que el presidente vasco Ibarretxe tiene dificultades con esta comprensión de democracia. Desde que accedió al poder sus discursos han estado caracterizados por el recurso retórico al conjuro de los nuevos comienzos, de las nuevas historias, de los nuevos tiempos: el pacto de Lizarra era el comienzo de una nueva historia, la tregua de 1998 era un nuevo comienzo de la Historia, la ruptura del pacto de Lizarra era de nuevo una nueva historia, los anuncios de la propuesta que lleva su nombre iban unidos a la invitación a comenzar un nuevo camino, y el momento actual de alto el fuego permanente implica la existencia de nuevos tiempos.
Estos nuevos tiempos, que en el discurso político de Ibarretxe conviven con el recurso permanente a una historia milenaria, casi eterna, con la afirmación de un conflicto vasco que dura siglos, con la pretensión de una identidad y de un pueblo igualmente milenarios amenazados por una falta de reconocimiento secular, poseen casi la eficacia que en el Apocalipsis de San Juan se otorga al cordero sentado en el trono: he aquí que hago nuevas todas las cosas.
Pues los nuevos tiempos requieren, según Ibarretxe, nuevas políticas -pocas veces ha cumplido la contraposición pasado versus futuro tanta virtualidad retórica, y no sólo en los discursos de Ibarretxe-, nuevas actitudes, y sobre todo, una nueva justicia: los jueces, todo el sistema judicial, deben actuar desde la conciencia de que nos encontramos en unos tiempos nuevos, no pueden seguir condenando a los terroristas como si el Estado de Derecho siguiera siendo el mismo ahora que existe una esperanza de que ETA pueda dar el paso definitivo de disolverse para siempre.
Los nuevos tiempos crean nuevos parámetros para la justicia; el código penal queda en suspenso. Nuevos tiempos, nueva justicia, nuevo marco jurídico para Euskadi, una nueva historia. El pasado borrado, porque implica conflicto. Un futuro nuevo sin pasado alguno, sin referencia alguna al pasado. Él mismo se puede proyectar a ese futuro sin pasado porque ha sido el profeta de esa nueva historia. El mundo nacionalista radical, el entorno de ETA debe participar en ese futuro porque es precisamente él el que, al aceptar las vías exclusivamente políticas, abre su posibilidad.Los socialistas vascos pueden participar en ese futuro si, con la trasversalidad que representan, legitiman el nuevo marco de convivencia que rompe con el pasado -aunque en este caso uno se pregunta si seguirían representando la trasversalidad o se sumarían a la mayoría nacionalista-. Y los demás, el PP y los que no se suman a ninguno de los grupos citados anteriormente, son simplemente el pasado que ya no cuenta, que no debe contar.
Sólo hay un problema: es imposible acercarse a ese futuro sin una mínima vergüenza dejando de lado a las víctimas, a los asesinados.Esta memoria no se puede abolir por decreto. No será, pues, un futuro totalmente nuevo, sino que deberá incorporar la memoria de los asesinados. Y aquí radica la dificultad de la voluntad de renovación absoluta del discurso de Ibarretxe: la memoria de los asesinados, de las víctimas de ETA, es imposible sin la memoria de los verdugos, sin memoria del mal causado por ETA, sin la memoria de que ese mal fue causado por una idea de Euskadi, por un proyecto para Euskadi.
Por eso Ibarretxe pretende recordar a las víctimas sin recordar a los verdugos, porque si lo hiciera se le acaba todo el discurso de novedad absoluta, y tiene que empezar a pensar que la construcción democrática del futuro sólo es posible asumiendo el pasado y la responsabilidad que cada cual tiene en ese pasado. Sólo así se produce el aprendizaje continuo que es la democracia. Lo demás es totalitarismo puro.
La política española ofrece otro ejemplo de la dificultad de entender la democracia como aprendizaje continuo. Portavoces del partido en el Gobierno han repetido demasiadas veces que las leyes aprobadas por este Gobierno, sean leyes normales, leyes orgánicas, o incluso leyes que afectan al corpus constitucional en su vertiente territorial, no van a poder ser derogadas por el hoy partido principal de la oposición.
Conviene recordar que la democracia implica que la mayoría nunca decide la verdad o la justicia. Lo que decide la mayoría que ha sido encargada de gobernar durante un tiempo limitado es lo que debe ser aceptado o acatado durante ese tiempo limitado para convivir. Para ello no es preciso estar de acuerdo con las leyes que se aprueban. Esta idea de democracia implica que puede haber otra forma de ver y entender las cuestiones reguladas en esas leyes, que las aprobadas pueden ser derogadas. Negarlo es negar la democracia: negar la parcialidad y la particularidad de las ideas propias, negar la parte de verdad de las ideas de los otros.El meollo de la democracia.
Si las leyes se refieren a cuestiones que afectan a las reglas de juego, la afirmación de que la oposición no las va a poder cambiar a pesar de no estar de acuerdo con ellas, significa que se asume con tranquilidad que el corpus constitucional, o partes significativas de éste, sólo son aceptadas por más o menos la mitad de la sociedad, y que ello es indiferente para la salud de la democracia. Pero basta una mirada a la Historia de España y a la Historia de Europa en el siglo XX para percatarse de la frivolidad de este planteamiento.
La afirmación citada implica practicar la democracia como si los chantajes fueran posibles: ¡A ver si te atreves a cambiar aquello con lo que no estás de acuerdo! Esta idea de la política democrática invita a responder con un órdago: ¡Pues ya vas a ver cómo lo cambio!, con la consiguiente desestabilización; o al bloqueo administrativo de las leyes -que hagan las leyes que quieran mientras las administremos nosotros, frase de tradición en la política española-, o a impulsar medidas administrativas que neutralicen los efectos de las leyes no asumidas. Todo ello en detrimento de la democracia.
La idea misma de creer que el paso de un partido por el Gobierno, el paso de una visión parcial de las cuestiones a decidir, pues no otra cosa significa partido político, pueda dejar una huella indeleble en la naturaleza de la democracia es bastante poco acorde con la idea misma de democracia. Y es igual que quien lo pretenda o haya pretendido, sea un partido llamado de derechas o de izquierdas. Elevar la parcialidad y particularidad desde la que indefectiblemente se gobierna en democracia a la categoría de absoluto incambiable es contrario a la democracia como aprendizaje continuo.
Cuando en un estado se afinca la costumbre no de criticar a otro partido, sino de tacharlo de extremo, sea como extrema derecha o como extremismo de izquierda, se está abandonando el único campo de juego en el que puede sobrevivir la democracia. Y es de una contradicción manifiesta pretender que todo es cambiable, incluso la Constitución, pero no lo son las leyes ordinarias y las leyes orgánicas.
Joseba Arregi es autor del ensayo La nación vasca posible y fue portavoz del Gobierno vasco con el lehendakari Ardanza.

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