François Villon, el maldito, de Luis Antonio de Villena en El Mundo
Por supuesto que maldito y malditismo no son conceptos aplicables a la literatura medieval, en sentido académico, pero cuando leemos estos versos del parisino François Villon se nos vienen a la cabeza: «Os hablo a vosotros, compañeros de jarana:/ mal del alma y bien del cuerpo ».
Como estudió en la Universidad y fue hombre de cultura, ha sido tradicional presentar a Villon como el último de los poetas goliardos que, mediando ya el siglo XV, no escribe en latín. Aparece entonces la imagen de un poeta fullero y trapisonda, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Y claro que la viva, directa, culta y jergal poesía de Villon nos presenta a un buen tipo juerguista y putañero, siempre arrepintiéndose, que se entrega a la mala vida, casi con la dulce salacidad del adolescente Rimbaud. Pero Villon estuvo en la cárcel, acusado de robo. Mató a un hombre, tuvo numerosísimas pendencias y perteneció a una organizada banda de malhechores llamada La coquille (La concha) porque sus integrantes a menudo disfrazados con el hábito de los peregrinos a Compostela asaltaban a los devotos para robarles y, si el caso llegaba, liquidarlos.
Villon escribió para ellos algunas baladas intraducibles hasta hace muy poco, en una jerga propia de estos coquillards, para quienes probablemente Villon era Simón Le Double, el del labio rajado, pues al poeta le habría quedado así el labio tras alguna de sus peleas.
Condenado a la horca en 1462, en enero del siguiente año un tribunal al que había apelado le conmuta la pena por 10 años de destierro absoluto. Villon parece feliz y se larga de París. Está al filo de los 32 años (probablemente no los había cumplido) y así acaba su historia. Nunca más se volvió a saber de François de Montcorbier -su verdadero nombre- adoptado y educado por el canónigo Guillermo Villon.
¿Huyó? ¿Lo mataron? ¿Escribió con otro nombre? ¿Abandonó la poesía? ¿Se dedicó, por fin y sin complejos cultos, a la vida golfa y hampona? ¿Le protegieron sus putas? Rimbaud y aún Genet parecen más mansos, pero en la dura Edad Media el individuo -pese al rigor de la ley- era más libre en la huida.
Lo que no obsta para que Villon sea uno de los mejores poetas de su tiempo, con Jorge Manrique, y en otro estilo, con Ausias March. Pero éstos anduvieron por los parajes de la nobleza y las justas de amor, y Villon prefirió las tabernas, la vida fuera de la ley y el meretricio. Sabemos que Aristóteles atribuye el genio a un desorden. Y Sándor Márai, el húngaro, escribe: «No puede haber energía espiritual sin locura». El artista que acepta los preceptos del orden (que a ratos admite juegos heterodoxos) termina con los lauros del éxito momentáneo. El díscolo, el verdadero rebelde lo pasa peor, y su presente es menos envidiable. Pero el último suele hablar e intrigar al futuro, y el primero raramente.(Viene esto porque Visor ha reeditado, bilingüe, la clásica traducción que de Villon hizo su también biógrafo Gonzalo Suárez Gómez, creo que emparentado con el cineasta y novelista. Villon, maldito y moderno, sin duda).
