En la actualidad, a la gente le cuesta distinguir el carácter y función de Estados Unidos en relación con Oriente Medio salvo a través de un prisma por el que cree detectar un error tras otro. Pero lo cierto es que tanto ésta como la apreciación subsiguiente de que Estados Unidos ha sido siempre impopular entre los árabes constituyen, en realidad, observaciones equivocadas.

La reputación estadounidense entre los árabes en Oriente Medio se divide en dos periodos diferenciados, antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos era muy popular; después, las cosas cambiaron drásticamente y se tornó impopular. En el transcurso de los últimos cuatro o cinco años se ha convertido en objeto de odio.

Durante y después de la Primera Guerra Mundial, el presidente Woodrow Wilson abanderó la oposición a los planes de británicos y franceses de repartirse entre ellos la parte árabe de la Turquía otomana. Wilson detestaba el colonialismo y deseaba que la Liga de Naciones tomara en consideración los deseos de independencia y democracia de la población árabe autóctona. Envió una delegación (la comisión King-Crane) para estudiar e informar sobre la capacidad de los árabes a la hora de manejar sus propios asuntos.

Por entonces, el grado de implicación estadounidense en Oriente Medio era escaso; los estadounidenses regían más de cien escuelas misionales, pero no sólo no abrigaban designios de tipo colonial, sino que tampoco participaron en la explotación de los recursos petrolíferos de Oriente Medio hasta los años treinta, cuando Estados Unidos hizo frente a Gran Bretaña y Francia exhortando a una política de puertas abiertas y libre comercio en las relaciones internacionales. Tal política ponía en guardia contra los monopolios petrolíferos británicos y franceses, con el propósito de garantizar la participación de empresas de todo el planeta en la explotación de los yacimientos petrolíferos de Oriente Medio, y resultó como consecuencia en la obtención de mayores ingresos por parte de los países árabes.

La política de Woodrow Wilson contó hasta tal punto con el fervor popular que las sociedades árabes de Oriente Medio desearon entonces que Estados Unidos participara en mayor medida en la orientación de su futuro. En lugar de que Gran Bretaña y Francia dirigieran sus asuntos, trataron de influir en los protagonistas del tratado de Versalles y la conferencia de San Remo a fin de que Estados Unidos actuara como su protector. Querían vivir bajo administración y mandato norteamericanos en lugar de franceses y británicos.

Pero Gran Bretaña y Francia consiguieron salirse con la suya y, después del presidente Woodrow Wilson, Estados Unidos se replegó adoptando una postura de no compromiso hasta principios del decenio de los años treinta del siglo XX.

Sin embargo, un energético secretario del Interior, Harold Ickes, convenció posteriormente al presidente Franklin Delano Roosevelt de que prestara interés en esa área. Ya en aquellas circunstancias, Ickes cayó en la cuenta de que Estados Unidos llegaría a depender del petróleo de Oriente Medio para sus necesidades energéticas.

Tal reconocimiento de sus futuras necesidades en materia de petróleo incitó a Estados Unidos a asegurarse la concesión del petróleo saudí ofreciendo ayuda económica a Arabia Saudí durante la Segunda Guerra Mundial.

Al mismo tiempo, el presidente Roosevelt prometió al rey Ibn Saud salvaguardar los derechos de los árabes en Palestina. En realidad, la política estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial acrecentó su arraigada popularidad.

Sin embargo, el término de la guerra modificó enteramente este panorama. Roosevelt había muerto y los horrores del periodo hitleriano encontraron un mundo comprensivo con las ansias de los judíos de fundar un suelo patrio en Palestina.

En segundo lugar, Gran Bretaña y Francia estaban exhaustas, en tanto Estados Unidos asumió la responsabilidad de la guerra fría sin disponder de tiempo ni de coyuntura favorable para promover la causa de la democracia o impulsar políticas desfavorables o contrarias a los gobiernos árabes ya constituidos. Y, en tercer lugar, la necesidad de petróleo era de importancia tan primordial que reemplazaba a la mayoría de las restantes consideraciones.

Ya a principios del decenio de los cincuenta, el respaldo a los judíos (por la cuestión de Israel), la guerra fría y el petróleo caracterizaron la fisonomía de los intereses nacionales fundamentales de Estados Unidos en Oriente Medio. Estados Unidos no podía permitirse por más tiempo el lujo de los principios wilsonianos... Comenzó, pues, a seguir la senda de las políticas de Gran Bretaña y Francia, las políticas que apelaban a un control indirecto sobre la región mediante la cooperación interpuesta de jeques, emires y reyes impopulares.

Si se juzga según el criterio de que el comuninismo no logró penetrar las tierras de Oriente Medio y de que Estados Unidos sigue obteniendo petróleo a precios comparativamente razonables, las políticas de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial constituyeron un éxito. Si se juzga por el fracaso a la hora de dar fin al conflicto árabeisraelí, no lo fueron.

El factor que ha tornado la afección árabe en tanta enemistad y animadversión radica en el problema de Palestina y el respaldo de Estados Unidos a Israel. Dos presidentes estadounidenses -Dwight D. Eisenhower (1890-1969) y John F. Kennedy (1917-1963)- trataron de invertir el sentido de la marcha. Eisenhower se enfrentó a Gran Bretaña, Francia e Israel cuando invadieron Egipto en 1956, y posteriormente Kennedy se carteó frecuentemente con Nasser, presidente de Egipto, en un intento de reconciliar los puntos de vista estadounidense y árabe acerca de Palestina.

Eisenhower y Kennedy detuvieron el declive de la imagen de Estados Unidos en Oriente Medio... pero sólo durante algún tiempo. Todas sus iniciativas de buena voluntad, cualesquiera que fuesen, fueron hechas trizas por obra y gracia de otros presidentes. El abierto respaldo de Lyndon B. Johnson a Israel en 1967 constituye un hito histórico. Richard M. Nixon, por su parte, insistió en la misma dirección en el año 1973. En cuanto a los presidentes Ford, Reagan, Bush padre y Clinton, no llegaron a adoptar una postura imparcial sobre la cuestión árabe-israelí. Bajo la Administración del actual presidente, George W. Bush, el punto de vista árabe, sencillamente, se pasa totalmente por alto.

Y, sin embargo, curiosamente y desde el 11-S y la invasión de Iraq, Estados Unidos es aún capaz de salvar algunos triunfos en la región... Dada la ausencia de la amenaza comunista, se halla en condiciones de apoyar la democracia sin poner en peligro por ello la posición estratégica de Occidente. Por otra parte, la superioridad militar de Israel se halla tan consolidada que Estados Unidos puede presionar a Israel en materia de territorios y otras concesiones sin que su supervivencia se vea amenazada. En tercer lugar, dado su fracaso a la hora de detener la propagación del extremismo musulmán antinorteamericano, Arabia Saudí y otros países podrían ser eventualmente criticados o combatidos sin que tal opción o actitud entrañara una acusación de traición.

Alguna o la totalidad de tales iniciativas podrán demandar que transcurra mucho tiempo antes de que se granjeen las simpatías de los árabes. Si el deslizamiento actual de la fortuna estadounidense en Oriente Medio sigue su curso por la pendiente, este punto será exactamente el mismo en que se hallaban Gran Bretaña y Francia tras la Primera Guerra Mundial: aquel al que se opuso y resistió el presidente Wilson hace casi cien años.

SAÏD K. ABURISH, escritor y biógrafo de Saddam Hussein. Autor de ´Nasser, el último árabe´
Traducción: José María Puig de la Bellacasa